Es la Fiesta de San Fermín. Lo que el mundo conoce como “Pamplonada”. Una corretiza de individuos entre la multitud huyendo desaforadamente entre calles estrechas seguida de cerca por los toros. Todos, humanos y animales, provocando en su organismo desacostumbradas cantidades de adrenalina. Evitando, o tal vez facilitando, morir entre los cuernos de los toros. Algunos lo consiguen. Pero también los personajes de esta novela se la pasan en una prolongada fiesta. Van por las ciudades de Europa de un café a otro o de bar en bar. Hacen un grupo de “amigos literarios”.
Hemingway guarda un cuidadosos equilibrio de elementos en esta obra, como sólo se logra si el escritor posee un amplia cultura y, también, si se encuentra alejado del espíritu de la secta. Jake Barnes, el alter ego de Hemingway en esta novela, el que cuenta en primera persona el relato, es católico, muy amigo de otro personaje central de la obra, Robert Cohn, judío. Amigos que andan de Nueva York a Paris y de aquí a España, en plena fiesta. El autor no aprovecha la tinta para estigmatizar a algunos de los dos por sus preferencias espirituales. Mike, uno del grupo de juerguistas, insulta fuertemente a Robert Cohn. Pero no es por motivos raciales y confesionales, sino por líos de faldas. Ambos se andan “tirando” a la encantadora Brett Ashley. O por mejor decirlo: ella se anda tirando a los dos.
Brett es una mujer que forma parte del grupo, con la suficiente hermosura y liberalidad, como para dar y repartir sin prejuicio alguno. Brett y Mike se trataban como pareja sexual. Ella había tenido que ver ocasionalmente con Roberto Cohn, pero más con Jake Barnes. Por alguna cuestión que nunca se aclara, Jake no puede ya acostarse con Brett, aunque ambos lo desean. Cohn está prendido de ella y la sigue por todos lados, provocando la ira de Mike. En cierta ocasión alguien le dice a Cohn, refiriéndose a Brett, tratando de molestarlo: “Se ha acostado con un montón de tipos mejores que tú”. Brett se refiere a una disposición para el sufrimiento que tiene Cohn. La muchacha le confiesa a Jake: “Odio su maldito sufrimiento”.
Pedro Romero es el joven torero que conocen en Pamplona, guapo, exitoso como torero y por el que Brett también acaba sintiéndose loca. Los dos enloquecen uno por el otro y al final cada quien se quedará con su narcisismo. Ella no es para uno ni él es para una ni para otra cosa que no sea su arte de torero. La filosofía de este artista del ruedo era: “Mato a mis amigos (los toros) para que ellos no me maten a mí.”
Hemingway no dice directamente que Brett es una mujer atractiva. Lo hace de la manera cuando el grupo de amigos va caminando por la calle, rumbo a los corrales para ver le ceremonia de corrida de los toros. Pasan frente a una bodega que vende vinos baratos. Una mujer llama a tres jóvenes para que se asomen a la ventana y vean pasar a Brett: “La mujer que estaba en la puerta del establecimiento se nos quedó mirando cuando pasamos por delante de ella. Llamó a alguien que debía de estar dentro de la casa y aparecieron tres jóvenes que se asomaron a la ventana a mirar a Brett”.
Brett es lo suficientemente abierta para conocerse a sí misma. Enseguida le dice a Jake: “No puedo evitarlo. Soy una perdida. Es como si algo me estuviera desgarrando las entrañas…De todas maneras ya soy una mujer descarriada…He perdido todo el respeto hacia mí misma.”
Es deliciosa la descripción que Hemingway hace de la pesca en el río Irati, Burguete, España, en el momento que Jake Barnes pesca seis truchas. Los movimientos, simples, para colocar los peces en la cesta, puede hacerlos sin precipitaciones de redacción: “En poco rato pesqué seis, casi todas del mismo tamaño. Las coloqué una al lado de la otra, con las cabezas en la misma dirección, y las miré detenidamente. Tenían un color esplendido y el agua fría las había hecho firmes y duras….tomé unos helechos que metí en la cesta, coloqué sobre ellos una capa de tres truchas, que cubrí también con helechos. La bolsa abultaba bastante y la coloqué a la sombra de un árbol”.
Enseguida describe un detalle perfectamente insignificante que, por lo mismo, adquiere importancia. Después de pescar, en el almuerzo, él y su amigo Bill, se toman una botella de vino y la otra botella: “la dejé apoyada contra el tronco de un árbol”. ¿A quién se le ocurre describir que dejó la botella apoyada contra el tronco de un árbol?
Al comienzo del almuerzo uno de ellos desenvolvió una pierna de pollo que llevaban envuelta en papel periódico. Esta sola descripción daría material para la antropología. Y, en seguida, de la manera más coloquial, esos dos aficionados a la pesca en el río, nos mencionan que al menos hay dos teorías de por qué existen las cosas y la vida: la creacionista y la evolucionista. Están pelando huevos cocidos y se pregunta qué fue primero si el huevo o la gallina. Y Bill, mientras chupaba el resto del muslo del pollo, respondió: “Cómo vamos a saberlo.” Después de echarse un generoso buche de vino, para bajar el bocado de pollo, el otro dijo: “No dejes que la duda se adueñe de nosotros, hermano. No dejes que nuestros dedos de simios burgueses escarben en los sagrados misterios de la cría de aves. Aceptémoslo todo con la fuerza de la fe”.
Hemingway describe el ambiente de la fiesta pamplonada o Sanfermines. Es un ambiente de fiesta que contiene todos los elementos posibles en el humano. Sibarita, pecuniario, artístico, sado-masoquista, espiritual y altamente báquico. El camarero que le servía una taza de café a Jake Barnes hizo la semblanza de la Pamplonada. Lo hizo sin el menor entusiasmo por todo aquello que volvía locos a los miles, tal vez millones, de participantes del lugar y de los extranjeros conocedores y villamelones que asisten a la misma cada año. Lo hizo como lo hubiera hecho un contador o un agiotista. Moría la gente entre los cuernos de los toros por pura locura, sin sentido práctico: “No veo dónde está la diversión en una cosa como esa.”
Al final de la semana de los Sanfermines la ciudad queda vacía y el grupo de amigos “literarios” también se disgrega. La última escena es cuando Jake Barnes y Brett van en un automóvil. Momentáneamente van juntos para separarse en breve. Ella irá a vivir con Mike. Otra vez le dice Brett a Jake que ella, que todo eso, hubiera sido diferente si los dos vivieran juntos. Sí, dice él, todo hubiera sido diferente…
Mark Twain y la rana saltadora del condado de Calaveras
La célebre rana saltadora del Condado de Calaveras
Simón Wheeler era un viejo bonachón que atendía una cochambrosa taberna del ruinoso campamento minero de Ángel ´l s. Era gordo y calvo y que en su semblante había una tranquila expresión de amabilidad y sencillez.
Poseía la habilidad del viejo Homero, el de la Ilíada, para repetir de memoria relatos mil veces, sin variar, ni siquiera una letra. Inicio, desarrollo y final, siempre eran los mismos, invariablemente. Con un tono en la voz y un ritmo en el relato absolutamente sin prisas, como corresponde a individuos habitantes del campo o de la etapa pre- industrial, antes de conocer la neurosis. De sus relatos orales bien podría decirse, como dice el Corán, este relato tiene tantas palabras y tantas letras.
Sólo que Simón Wheeler no gusta de contar cosas terribles como la conquista de una ciudad o las tragedias de Eurípides o cosas así. Contaba cuentos de animalitos. Y es que el tal Simón Wheeler es, en este cuento, el alter ego de Mark Twain. Ese escritor estadounidense que atizó la imaginación cuando éramos niños. Viajábamos hacia las islas ignotas que sólo estaban del otro lado del río o formando parte de un grupo de niños que, una noche, armados de palas y picos, se escapan de la vigilancia de la mamá para ir a buscar tesoros entre las ruinas de una casona abandonada al final de la calle.
Wheeler le contó que en cierta ocasión, allá por el verano de 1849, había conocido a un tal Jim Smiley, que era un apostador empedernido. Apostaba por todo pero no con lo que s e apuesta en los casinos. Es decir con cartas o ruleta. Apostaba con las peleas de gallos o perros o alacranes o pulgas. Dijo que era capaz de apostar en una carrera de chinches y seguirlas hasta llegar a México: “Si veía a una chinche caminando sin rumbo fijo, apostaba sobre cuanto tardaría en llegar adonde fuese y si le aceptabas la apuesta, seguiría al chinche hasta México, pero averiguaba dónde iba el bicho y cuánto tardaría en llegar.”
Una vez tuvo un perro muy bravo para pelear y ganaba las apuestas que Jim Smiley hacía. El perro se llamaba Andrew Jackson. Finalmente se topó con una rana y se le ocurrió que podría enseñarla a hacer cosas para después apostar con los incautos que creyeran que era una rana común y corriente. Se pasó tres meses haciendo que brincara más que cualquier otra rana.
Cuando Dan ´l Webster, que así se llamaba la rana, estuvo lista Wheeler hizo su primer demostración en la taberna: “La puso en el suelo, como decía, y exclamó;”moscas, Dan ´l, moscas”. Y en un abrir y cerrar de ojos la rana dio un salto, atrapó una mosca que había encima del mostrador y volvió a saltar al suelo, sólida como una pella de barro. Se quedó rascándose la cabeza con una de las patas de atrás, tan indiferente como si lo que acaba de hacer pudiera hacerlo cualquiera otra rana.”
El caso es que Smiley guardaba la rana en una cajita de malla y a veces la baja al pueblo para apostar. En una ocasión un forastero que se hallaba en el campamento le preguntó que guardaba en esa cajita. Smiley le contó de su rana que tenía habilidades especiales. Sin revelarle todo el secreto que él la había sometido a un entrenamiento largo y disciplinado. Finalmente logró hacer que el forastero apostara. Si tuviera una rana apostaría, dijo el otro. Eso no es problema. Smiley, en el afán de ganar la apuesta, se ofreció a ir al estanque cercano por otra rana. Le encargó a Dan ´l Webster al forastero. Este se quedó intrigado: “pensando y pensando y luego sacó la rana de su caja , le abrió la boca y con una cucharilla empezó a meterle perdigones dentro. L a dejó llena hasta casi rebosar. Y luego la colocó en el suelo.
Al regreso de Smiley empezó la competencia de las ranas: “Él y el forastero empujan a las dos ranas por detrás y la rana recién atrapada pega un buen bote. Y Daril hace un buen esfuerzo y trata de saltar pero nada…no pudo ni moverse”.
El forastero cogió su dinero y se marchó. Un poco después Smiley descubrió la trampa del forastero, lo buscó pero ya no lo encontró…
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| Mark Twain |
Poseía la habilidad del viejo Homero, el de la Ilíada, para repetir de memoria relatos mil veces, sin variar, ni siquiera una letra. Inicio, desarrollo y final, siempre eran los mismos, invariablemente. Con un tono en la voz y un ritmo en el relato absolutamente sin prisas, como corresponde a individuos habitantes del campo o de la etapa pre- industrial, antes de conocer la neurosis. De sus relatos orales bien podría decirse, como dice el Corán, este relato tiene tantas palabras y tantas letras.
Sólo que Simón Wheeler no gusta de contar cosas terribles como la conquista de una ciudad o las tragedias de Eurípides o cosas así. Contaba cuentos de animalitos. Y es que el tal Simón Wheeler es, en este cuento, el alter ego de Mark Twain. Ese escritor estadounidense que atizó la imaginación cuando éramos niños. Viajábamos hacia las islas ignotas que sólo estaban del otro lado del río o formando parte de un grupo de niños que, una noche, armados de palas y picos, se escapan de la vigilancia de la mamá para ir a buscar tesoros entre las ruinas de una casona abandonada al final de la calle.
Wheeler le contó que en cierta ocasión, allá por el verano de 1849, había conocido a un tal Jim Smiley, que era un apostador empedernido. Apostaba por todo pero no con lo que s e apuesta en los casinos. Es decir con cartas o ruleta. Apostaba con las peleas de gallos o perros o alacranes o pulgas. Dijo que era capaz de apostar en una carrera de chinches y seguirlas hasta llegar a México: “Si veía a una chinche caminando sin rumbo fijo, apostaba sobre cuanto tardaría en llegar adonde fuese y si le aceptabas la apuesta, seguiría al chinche hasta México, pero averiguaba dónde iba el bicho y cuánto tardaría en llegar.”
Una vez tuvo un perro muy bravo para pelear y ganaba las apuestas que Jim Smiley hacía. El perro se llamaba Andrew Jackson. Finalmente se topó con una rana y se le ocurrió que podría enseñarla a hacer cosas para después apostar con los incautos que creyeran que era una rana común y corriente. Se pasó tres meses haciendo que brincara más que cualquier otra rana.
Cuando Dan ´l Webster, que así se llamaba la rana, estuvo lista Wheeler hizo su primer demostración en la taberna: “La puso en el suelo, como decía, y exclamó;”moscas, Dan ´l, moscas”. Y en un abrir y cerrar de ojos la rana dio un salto, atrapó una mosca que había encima del mostrador y volvió a saltar al suelo, sólida como una pella de barro. Se quedó rascándose la cabeza con una de las patas de atrás, tan indiferente como si lo que acaba de hacer pudiera hacerlo cualquiera otra rana.”
El caso es que Smiley guardaba la rana en una cajita de malla y a veces la baja al pueblo para apostar. En una ocasión un forastero que se hallaba en el campamento le preguntó que guardaba en esa cajita. Smiley le contó de su rana que tenía habilidades especiales. Sin revelarle todo el secreto que él la había sometido a un entrenamiento largo y disciplinado. Finalmente logró hacer que el forastero apostara. Si tuviera una rana apostaría, dijo el otro. Eso no es problema. Smiley, en el afán de ganar la apuesta, se ofreció a ir al estanque cercano por otra rana. Le encargó a Dan ´l Webster al forastero. Este se quedó intrigado: “pensando y pensando y luego sacó la rana de su caja , le abrió la boca y con una cucharilla empezó a meterle perdigones dentro. L a dejó llena hasta casi rebosar. Y luego la colocó en el suelo.
Al regreso de Smiley empezó la competencia de las ranas: “Él y el forastero empujan a las dos ranas por detrás y la rana recién atrapada pega un buen bote. Y Daril hace un buen esfuerzo y trata de saltar pero nada…no pudo ni moverse”.
El forastero cogió su dinero y se marchó. Un poco después Smiley descubrió la trampa del forastero, lo buscó pero ya no lo encontró…
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reseña de libros
Shakespeare en Medida por medida
Ángelo, juez en Viena, sentencia a muerte a Claudio, hermano de Isabela. Ángelo está dispuesto a perdonar la vida del sentenciado sólo si Isabela acepta sus pretensiones sexuales. Este juez es un enamoradizo pues ya antes había empeñado su palabra con Mariana. Esta muchacha está enamorada de Ángelo pero este se negó a casarse con ella.
Este es el leit motiv de la obra. ¿Cómo salvar a Claudio del verdugo sin que su hermana tenga que entregarse al juez?
La pieza central de los acontecimientos es el Duque, suprema autoridad pero, a fin que los caracteres se manifiesten tal como son, el Duque se viste de fraile (fray Ludovico) y se desplaza en medio de la trama sin que nadie lo descubra. Así va conociendo de cerca de qué mezcla están hechos esos humanos.
Con las excepciones de Isabela y el Duque, el resto de los personajes de esta obra son deshonestos, licenciosos y libertinos. Hay leyes pero, empezando con el juez, sólo sirven para pasara sobre ellas. El autor introduce un relato para dar a entender la trampa en la que la aparente rectitud del juez se escuda. Cuenta que un pirata santurrón se hizo a la mar llevando los diez mandamientos pero, “raspó uno en la tabla”. En vista de este panorama tan corrupto, el Duque se ve en la necesidad de componer las cosas por mandato suyo: “No hagamos de la ley un espantajo para asustar al ave de rapiña, permitamos que se conserve idéntica hasta que la costumbre la convierta en percha, no en objeto de terror.”
Es la idea de sanear los rincones de la autoridad corrupta y lo demás se curará en consecuencia. Alguien le dice al Duque: “Si su excelencia toma medidas contra las prostitutas y los libertinos no necesitará preocuparse por los proxenetas”.
De lo contrario, la negligencia o la componenda deja pasar una falta y lo demás vendrá en cascada: “La ley no estaba muerta, aunque dormía. Esos muchos nunca hubieran osado si aquel primero que infringió el edicto hubiera respondido por su acción.” A esto, dice Shakespeare, sigue la imitación: “El ladrón a robar tiene derecho ahí donde los mismos jueces roban.”
Cuando los personajes deshonestos quedan al descubierto, el Duque sentencia que se aplique, en la misma medida, a los ejecutores del daño cometido. Si a Claudio lo sentencian a muerte el juez deberá morir también, etc. Por eso la obra se llama: Medida por medida. Es la sentencia que se da en algunas religiones de la antigüedad: “¡Ojo por ojo!”. Sin embargo el Duque, de Viena, que es, como se dijo, el que administra la justicia observando las leyes, da una solución del Nuevo Testamento. Busca el arreglo de lo desarreglado y perdona: “El cielo hace lo mismo con nosotros que nosotros hacemos con la antorcha porque no la encendemos para ella; pues si nuestras virtudes no trascienden sería igual que si no las tuviéramos”.
Hay otro pensamiento que presenta el error como una posibilidad de elemento didáctico: “Hay quien dice que los mejores hombres son modelados por sus propias faltas, y que en su mayoría son mejores por haber sido un poco malos.”
Uno de los mensajes de este trabajo de Shakespeare es que si las leyes, emanadas de la democracia, mediantes los representantes del pueblo, no se respetan, puede dar ocasión para que aparezca la mano dura de alguien. Pero también, si esa mano dura aparece, tendría que ser ésta tan atenta de las necesidades del pueblo que, como en las Mil y una noche, el príncipe tendría que convivir de incógnito entre la gente para conocer sus necesidades reales y no las que le cuenten o le oculten sus incondicionales. Esta es la idea que el Duque se haga pasar por fraile: “Pronto veremos si el poder modifica a los mejores o tenemos acá simuladores”. Sin embargo el Duque está consciente de su responsabilidad y sabe que tiene que poner el ejemplo haciendo lo que dice, no nada más diciéndolo: “Quien esgrime la espada de los cielos tan santo habrá de ser como severo.”
A instancias del Duque, se arma una estratagema para salvar a Claudio del hacha del verdugo, que Ángelo, el juez, se case con Mariana y al final, conocedor el Duque de los sentimientos nobles de Isabela, éste le pide que lo acepte como su esposa. Este final feliz es necesario después de haber atravesado el lector por un texto lleno de deshonestidades. La enseñanza de la obra está en el desarrollo de la misma, no en el final.
Este es el leit motiv de la obra. ¿Cómo salvar a Claudio del verdugo sin que su hermana tenga que entregarse al juez?
La pieza central de los acontecimientos es el Duque, suprema autoridad pero, a fin que los caracteres se manifiesten tal como son, el Duque se viste de fraile (fray Ludovico) y se desplaza en medio de la trama sin que nadie lo descubra. Así va conociendo de cerca de qué mezcla están hechos esos humanos.
Con las excepciones de Isabela y el Duque, el resto de los personajes de esta obra son deshonestos, licenciosos y libertinos. Hay leyes pero, empezando con el juez, sólo sirven para pasara sobre ellas. El autor introduce un relato para dar a entender la trampa en la que la aparente rectitud del juez se escuda. Cuenta que un pirata santurrón se hizo a la mar llevando los diez mandamientos pero, “raspó uno en la tabla”. En vista de este panorama tan corrupto, el Duque se ve en la necesidad de componer las cosas por mandato suyo: “No hagamos de la ley un espantajo para asustar al ave de rapiña, permitamos que se conserve idéntica hasta que la costumbre la convierta en percha, no en objeto de terror.”
Es la idea de sanear los rincones de la autoridad corrupta y lo demás se curará en consecuencia. Alguien le dice al Duque: “Si su excelencia toma medidas contra las prostitutas y los libertinos no necesitará preocuparse por los proxenetas”.
De lo contrario, la negligencia o la componenda deja pasar una falta y lo demás vendrá en cascada: “La ley no estaba muerta, aunque dormía. Esos muchos nunca hubieran osado si aquel primero que infringió el edicto hubiera respondido por su acción.” A esto, dice Shakespeare, sigue la imitación: “El ladrón a robar tiene derecho ahí donde los mismos jueces roban.”
Cuando los personajes deshonestos quedan al descubierto, el Duque sentencia que se aplique, en la misma medida, a los ejecutores del daño cometido. Si a Claudio lo sentencian a muerte el juez deberá morir también, etc. Por eso la obra se llama: Medida por medida. Es la sentencia que se da en algunas religiones de la antigüedad: “¡Ojo por ojo!”. Sin embargo el Duque, de Viena, que es, como se dijo, el que administra la justicia observando las leyes, da una solución del Nuevo Testamento. Busca el arreglo de lo desarreglado y perdona: “El cielo hace lo mismo con nosotros que nosotros hacemos con la antorcha porque no la encendemos para ella; pues si nuestras virtudes no trascienden sería igual que si no las tuviéramos”.
Hay otro pensamiento que presenta el error como una posibilidad de elemento didáctico: “Hay quien dice que los mejores hombres son modelados por sus propias faltas, y que en su mayoría son mejores por haber sido un poco malos.”
Uno de los mensajes de este trabajo de Shakespeare es que si las leyes, emanadas de la democracia, mediantes los representantes del pueblo, no se respetan, puede dar ocasión para que aparezca la mano dura de alguien. Pero también, si esa mano dura aparece, tendría que ser ésta tan atenta de las necesidades del pueblo que, como en las Mil y una noche, el príncipe tendría que convivir de incógnito entre la gente para conocer sus necesidades reales y no las que le cuenten o le oculten sus incondicionales. Esta es la idea que el Duque se haga pasar por fraile: “Pronto veremos si el poder modifica a los mejores o tenemos acá simuladores”. Sin embargo el Duque está consciente de su responsabilidad y sabe que tiene que poner el ejemplo haciendo lo que dice, no nada más diciéndolo: “Quien esgrime la espada de los cielos tan santo habrá de ser como severo.”
A instancias del Duque, se arma una estratagema para salvar a Claudio del hacha del verdugo, que Ángelo, el juez, se case con Mariana y al final, conocedor el Duque de los sentimientos nobles de Isabela, éste le pide que lo acepte como su esposa. Este final feliz es necesario después de haber atravesado el lector por un texto lleno de deshonestidades. La enseñanza de la obra está en el desarrollo de la misma, no en el final.
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reseña de libros
Caminata para llegar al Campamento Base de la montaña
Tomado del libro Técnica Alpina, editado por la Dirección de Actividades Deportivas y Recreativos de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. Autores Manuel Sánchez y Armando Altamira Gallardo. Sánchez es el autor de los dibujos.
Se trata de una manera de ver la marcha de aproximación, de los miembros que componen una expedición. En especial si ésta se dirige hacia una montaña apartada y, por lo mismo, exenta de albergues o refugios de alta montaña.
Como se explica en la nota, la idea es tener en cuenta el factor de aclimatación a la altura. Esta requiere prolongados días de subir paulatinamente atendiendo a la producción de globulos rojos en la sangre. La otra intención es recuperarse de la vida muelle, prolongadas esperas de trámites y esperas obligadas de trasportes, etc. que siempre significa el viaje desde el lugar de orígen
Se trata de una manera de ver la marcha de aproximación, de los miembros que componen una expedición. En especial si ésta se dirige hacia una montaña apartada y, por lo mismo, exenta de albergues o refugios de alta montaña.
Como se explica en la nota, la idea es tener en cuenta el factor de aclimatación a la altura. Esta requiere prolongados días de subir paulatinamente atendiendo a la producción de globulos rojos en la sangre. La otra intención es recuperarse de la vida muelle, prolongadas esperas de trámites y esperas obligadas de trasportes, etc. que siempre significa el viaje desde el lugar de orígen
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alpinismo
E. O´Neill en Largo viaje hacia la noche.
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| Eugene O´Neill |
Una soleada mañana del año 1912 da comienzo los hechos de esta obra de teatro de E. O´Neill. Aun así, una pantalla verde ilumina parte de la sala.
Eugene O´Neill fue hijo del famoso actor norteamericano de teatro, de finales del diecinueve y principios del veinte, James O´Neill, y de Mary Ellen Quinlan.
Mary Cavan Tirone es un personaje creado teniendo enfrente a su propia madre del autor. Esta mujer es, como el eje central del relato. Se recordará que en Una gata sobre el tejado de zinc caliente de T. Williams, una mujer también es la pieza clave de esta obra de teatro.
La familia fracturada por el comportamiento del grupo familiar. La madre es drogadicta y el padre es alcohólico. Edmund Tirone, hijo menor del matrimonio, también es aficionado a la bebida. En un diálogo con su padre, recuerda a los personajes de Malcom Lowry (cita unos versos de Baudelaire): “Siempre has de estas embriagado. Lo demás carece de importancia: esto es lo único importante. Sino deseas sentir el horrible peso del tiempo sobre tus hombres…” Edmund estaba tuberculoso.
No está ausente la afición a los estupefacientes. Al final va a encontrar este grupo la unidad. No es el clásico final feliz. Se trata de un buen contraste frente a la soledad que viven sus personajes en lo individual. En el principio del tercer acto de la obra hay un diálogo entre Mary Cavan Tirone y Cathleen, una doncella de la casa, ambas dicen sus cosas pero cada quien refiriéndose a su mundo.
Singular modo en que el autor describe la soledad de nuestro tiempo: cada quien arrebatando la palabra pero sólo para decir sus cosas sin importar lo que el otro, o los otros, estén diciendo.
Matrimonio deshecho, hijos suicidas, una madre drogadicta y un hijo alcohólico, es en efecto, Un largo viaje hacia la noche.
Esta autobiografía familiar de O´Neill nos trae a la memoria los contextos en los que se desarrollan los grandes problemas de la sociedad de las lecturas de Ibsen, Strindberg, Conrad y Yeats. Desde luego Shaw. Pero su libro de cabecera era Zaratustra. Dice que aprendió el alemán sólo para leer a Nietzsche en su idioma.
Podemos asomarnos el espíritu abierto de O´Neill al conocer las lecturas en las que nutrió su cultura. No se le puede encasillar entre los “intelectuales unilaterales”. Era católico de origen irlandés, escribiendo en la sociedad de los cristianismos liberales de Estados Unidos y teniendo como autor favorito a alguien que mata a Dios en cada página.
En una carta escribió al crítico y ensayista Benjamín de Casseres: “La influencia Zaratustra ha sido mucho mayor que la de cualquier otro libro. Lo encontré en la librería de Benjamín Tucker a los dieciocho años y, desde entonces, siempre he tenido un ejemplar y lo releo cada uno o dos años… O’Neill aprendió alemán para poder leer a Nietzsche en el original”.
Por un lado la crítica literaria le reconoce la utilización del monólogo interior, dejando congelada la acción de cada personaje. El espectador tendrá que imaginar lo que el actor siente o decide.
Y por otra parte, como una contradicción, s e le critica que sea tan explícito y sus personajes explique todo, no dejando nada la imaginación. En otras palabras, se critica a O´Neill por no dejar hablar a lo no dicho. A lo implícito.
Al final O´Neill tiene un pensamiento que puede ilustrar, en este tiempo en que s e tiene la firme creencia que el humano, trasladado a otros planetas, será diferente a como es aquí en la Tierra: “El problema, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros”.
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Eurípides y Reso
Al aparecer las naves griegas en las playas de Troya, Héctor, hijo de Príamo y principal defensor de la ciudad, empieza a enviar mensajeros a otras ciudades para que vaya a pelear a su lado. Uno de los que acuden al llamado es Reso, rey de Tracia, y su ejército.
Entretanto, Héctor envía a Doblón, ciudadano troyano, al campo griego para que espíe los movimientos del enemigo. Va disfrazado con un cuero de lobo gris.
Esta idea de meterse al campo enemigo fue sugerida a Héctor por Eneas. Es el mismo Eneas que inspirará a Virgilio para escribir su Eneida. Poema que canta el éxodo de los troyanos que se salvan cuando los griegos incendian Ilión. Se irán a enfrentar y fundir con los grupos que ya viven en la Península Itálica y con el tiempo estos troyanos, guiados por Eneas, serán parte del poderoso Impero Romano. Andando los siglos, los descendientes de Troya, ya como romanos conquistarán Grecia. Esa es la vuelta que dará la historia
Pero la tragedia de Reso, última de las diecinueve tragedias de Eurípides, apenas se va a escribir. O a vivir. Estamos en el principio de los diez años que durará la guerra contra Troya.
Ulises y Diomedes, ambos capitanes griegos, descubren al espía Doblón y le dan muerte. A su vez aprovechan el disfraz que llevaba Doblón, de lobo gris, y se introducen en el campo troyano. Están enterados de la llegada del rey Raso, lo buscan y también lo matan. Ese es el tema de este poema.
En el cuerpo del relato van apareciendo criaturas del Olimpo. Principalmente la diosa Atena que tuvo que ver en el crimen del rey tracio.
Finalmente s e presenta la Musa de la Montaña y, como madre de Reso, se lleva su cuerpo para que reciba veneración en Tracia. Antes descubre a la verdadera autora de la muerte de Reso. Dice: “¡Atena, Atena cruel…Esto no es de Ulises ni de Diomedes: esto es de ti!”
Entretanto, Héctor envía a Doblón, ciudadano troyano, al campo griego para que espíe los movimientos del enemigo. Va disfrazado con un cuero de lobo gris.
Esta idea de meterse al campo enemigo fue sugerida a Héctor por Eneas. Es el mismo Eneas que inspirará a Virgilio para escribir su Eneida. Poema que canta el éxodo de los troyanos que se salvan cuando los griegos incendian Ilión. Se irán a enfrentar y fundir con los grupos que ya viven en la Península Itálica y con el tiempo estos troyanos, guiados por Eneas, serán parte del poderoso Impero Romano. Andando los siglos, los descendientes de Troya, ya como romanos conquistarán Grecia. Esa es la vuelta que dará la historia
Pero la tragedia de Reso, última de las diecinueve tragedias de Eurípides, apenas se va a escribir. O a vivir. Estamos en el principio de los diez años que durará la guerra contra Troya.
Ulises y Diomedes, ambos capitanes griegos, descubren al espía Doblón y le dan muerte. A su vez aprovechan el disfraz que llevaba Doblón, de lobo gris, y se introducen en el campo troyano. Están enterados de la llegada del rey Raso, lo buscan y también lo matan. Ese es el tema de este poema.
En el cuerpo del relato van apareciendo criaturas del Olimpo. Principalmente la diosa Atena que tuvo que ver en el crimen del rey tracio.
Finalmente s e presenta la Musa de la Montaña y, como madre de Reso, se lleva su cuerpo para que reciba veneración en Tracia. Antes descubre a la verdadera autora de la muerte de Reso. Dice: “¡Atena, Atena cruel…Esto no es de Ulises ni de Diomedes: esto es de ti!”
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Eurípides con Ifigenia en Tauris
Ifigenia en Tauris la construyó Eurípides con elementos de sus otras tragedias: Ifigenia en Aulis y Orestes.
Ifigenia en Aulis va a ser sacrificada por indicaciones del oráculo a fin de que la flota de mil naves pueda despegar del puerto cuando apenas se dirigen a Troya, al rescate de Helena, la esposa de Menelao que ha sido llevada allá por Paris. Ulises rescata a Ifigenia de ser sacrificada y, en su lugar, matan a una cervatilla para hacer creer al ejército griego que la sacrificada fue Ifigenia.
Artemis se la lleva al santuario de Tauris donde es sacerdotisa de esta diosa. Aquí empieza a tejerse la otra tragedia de esta mujer. La misión que tiene es sacrificar, a la diosa, todo griego que llegue a esta región:”Es rito antiguo que ya existía y a él habré de plegarme: todo griego que llegue a estos suelos tengo yo que inmolarlo”. Un día se verá en la situación de tener que sacrificar a su hermano Orestes y a Pílades, amigo de éste.
La manera como Orestes llega a Tauris es porque el dios Febo le ordena que vaya a Tauris y robe del santuario la estatua de Artemis. Sólo entonces Orestes quedará absuelto y libre de la culpa de haber matado a su madre.
Cuando los habitantes de Tauris apresan a Orestes y a Pilades los conducen al santuario para ser sacrificados por Ifigenia, hija de Agamemnon y de Clitemnestra. Ifigenia y Orestes son hermanos pero no se reconocen. En el diálogo que sostienen antes del sacrificio es cuando van concurriendo elementos de las otras dos tragedias mencionadas.
Estos sucesos tienen lugar después de la tragedia de Orestes, que como se recordará, mató a su madre Clitemnestra. Aquí en Ifigenia, cuan do éste y su amigo llegan al santuario de Tauris, Orestes hace esta reflexión: “¡Ha Febo, a nuevas redes me empujan tus oráculos…! Vengué a mi padre ya y para ello maté a mi madre. Y las vengadoras Erinas me van acosando por todas partes”. En su respectiva tragedia, Eurípides ya había arreglado las cosas para que Orestes viviera feliz. Pero en Tauris Orestes vuelve a parecer cargado de remordimientos. Todavía tiene que hacer algo para quedar ya definitivamente libre de culpa. Robará la estatua de la diosa Artemis.
Como sea, aunque sacerdotisa de Artemis, Ifigenia se siente prisionera en ese lugar y quiere regresar a Grecia. Propone salvar a Orestes (sin saber aun que es su hermano) a condición que lleve una carta a Argos. Pero como el pueblo necesita ver un sacrificio, Pílades debe morir. Orestes rechaza la idea ya que Pílades es para él como su hermano en la amistad. Cambian las condiciones y será Pilades el que se salve y Orestes el que sea sacrificado.
Pílades teme que el mal tiempo en el mar borre el contenido de la carta que lleva a Argos. Le pide a Ifigenia le revele el contenido de la misma. Para poder decirlo de memoria, si él logra salvarse. El contenido es un grito de auxilio que le hace a su hermano Orestes. L e pide que vaya por ella a Tauris y la rescate. Pilades le hace saber a Ifigenia que el otro griego que está presente, y es el que va a sacrificar, es Orestes. Sólo gira y le entrega la carta que va dirigida a él: “Orestes, esta carta yo te la entrego: te la envía tu hermana de quien la recibí”. Se ponen de acuerdo en escapar los tres.
Pero, por no haber guardado el santuario, el rey matará a Ifigenia. Las mujeres del coro le comunicarán la huida. Ifigenia decide intentar convencerlas de guardar silencio. Hasta donde sabemos, Eurípides es el primero, hace más de veinticuatro siglos, en que escribió una especie de manifiesto para que las mujeres se unieran y se apoyaran entre sí. O al menos una “carta de intención”. Más que ser un curioso dato antiquísimo es una interrogación por qué tardaron siglos las mujeres en intentar su organización.
Ifigenia pide a las mujeres del coro, también estar en el secreto:” Mujeres somos todas. Un género que se apoya mutuamente, con un amor común. Para lo que es salvación de una, se puede apoyar una en otra. Sólo pido que callen”.
Cuando llega el rey y pregunta por el sacrificio y por la estatua de la diosa, Ifigenia logra engañarlo. Le dice que los dos griegos están impuros debido a que uno de ellos es un matricida. Por eso es necesario purificarlos con el agua del mar. Y como la estatua de la diosa también se contaminó con su presencia, igualmente se la lleva a la playa. El rey acepta la explicación.
Los tres llegan a la playa en donde se encuentra el barco en el que ellos habían llegado a Tauris. Lo abordan y se disponen a hacerse a la mar. El mensajero enviado por el rey para ayudar a Ifigenia es el que va a dar parte de la estratagema al soberano. Taos, el rey, al enterarse hace un reconocimiento extraño a la inteligencia de Ifigenia: “¡Pérfida raza femenina!”
Pero el barco griego, aun con cincuenta remeros que trabajan para alejarse de la playa, no lo consigue y por dos veces regresar a la orilla. Así, la gente del rey puede apresarlos.
Pero en eso, como en casi todas sus tragedias, Eurípides recurre al deu ex machina. Aparece la diosa Palas Atena y le marca el alto al rey: “Deja de perseguir a los que huyen, refrena a tus soldados, Orestes va en acatamiento a los oráculos de Loxias…”
Y a los tres griegos les dice: “¡Vayan en paz por la llanura del mar en su tranquila nave!”
El rey acepta de buena gana y todo acaba bien. Lo único que Taos se pregunta resignado: “¿Es bueno contender contra los dioses?”
Ifigenia en Aulis va a ser sacrificada por indicaciones del oráculo a fin de que la flota de mil naves pueda despegar del puerto cuando apenas se dirigen a Troya, al rescate de Helena, la esposa de Menelao que ha sido llevada allá por Paris. Ulises rescata a Ifigenia de ser sacrificada y, en su lugar, matan a una cervatilla para hacer creer al ejército griego que la sacrificada fue Ifigenia.
Artemis se la lleva al santuario de Tauris donde es sacerdotisa de esta diosa. Aquí empieza a tejerse la otra tragedia de esta mujer. La misión que tiene es sacrificar, a la diosa, todo griego que llegue a esta región:”Es rito antiguo que ya existía y a él habré de plegarme: todo griego que llegue a estos suelos tengo yo que inmolarlo”. Un día se verá en la situación de tener que sacrificar a su hermano Orestes y a Pílades, amigo de éste.
La manera como Orestes llega a Tauris es porque el dios Febo le ordena que vaya a Tauris y robe del santuario la estatua de Artemis. Sólo entonces Orestes quedará absuelto y libre de la culpa de haber matado a su madre.
Cuando los habitantes de Tauris apresan a Orestes y a Pilades los conducen al santuario para ser sacrificados por Ifigenia, hija de Agamemnon y de Clitemnestra. Ifigenia y Orestes son hermanos pero no se reconocen. En el diálogo que sostienen antes del sacrificio es cuando van concurriendo elementos de las otras dos tragedias mencionadas.
Estos sucesos tienen lugar después de la tragedia de Orestes, que como se recordará, mató a su madre Clitemnestra. Aquí en Ifigenia, cuan do éste y su amigo llegan al santuario de Tauris, Orestes hace esta reflexión: “¡Ha Febo, a nuevas redes me empujan tus oráculos…! Vengué a mi padre ya y para ello maté a mi madre. Y las vengadoras Erinas me van acosando por todas partes”. En su respectiva tragedia, Eurípides ya había arreglado las cosas para que Orestes viviera feliz. Pero en Tauris Orestes vuelve a parecer cargado de remordimientos. Todavía tiene que hacer algo para quedar ya definitivamente libre de culpa. Robará la estatua de la diosa Artemis.
Como sea, aunque sacerdotisa de Artemis, Ifigenia se siente prisionera en ese lugar y quiere regresar a Grecia. Propone salvar a Orestes (sin saber aun que es su hermano) a condición que lleve una carta a Argos. Pero como el pueblo necesita ver un sacrificio, Pílades debe morir. Orestes rechaza la idea ya que Pílades es para él como su hermano en la amistad. Cambian las condiciones y será Pilades el que se salve y Orestes el que sea sacrificado.
Pílades teme que el mal tiempo en el mar borre el contenido de la carta que lleva a Argos. Le pide a Ifigenia le revele el contenido de la misma. Para poder decirlo de memoria, si él logra salvarse. El contenido es un grito de auxilio que le hace a su hermano Orestes. L e pide que vaya por ella a Tauris y la rescate. Pilades le hace saber a Ifigenia que el otro griego que está presente, y es el que va a sacrificar, es Orestes. Sólo gira y le entrega la carta que va dirigida a él: “Orestes, esta carta yo te la entrego: te la envía tu hermana de quien la recibí”. Se ponen de acuerdo en escapar los tres.
Pero, por no haber guardado el santuario, el rey matará a Ifigenia. Las mujeres del coro le comunicarán la huida. Ifigenia decide intentar convencerlas de guardar silencio. Hasta donde sabemos, Eurípides es el primero, hace más de veinticuatro siglos, en que escribió una especie de manifiesto para que las mujeres se unieran y se apoyaran entre sí. O al menos una “carta de intención”. Más que ser un curioso dato antiquísimo es una interrogación por qué tardaron siglos las mujeres en intentar su organización.
Ifigenia pide a las mujeres del coro, también estar en el secreto:” Mujeres somos todas. Un género que se apoya mutuamente, con un amor común. Para lo que es salvación de una, se puede apoyar una en otra. Sólo pido que callen”.
Cuando llega el rey y pregunta por el sacrificio y por la estatua de la diosa, Ifigenia logra engañarlo. Le dice que los dos griegos están impuros debido a que uno de ellos es un matricida. Por eso es necesario purificarlos con el agua del mar. Y como la estatua de la diosa también se contaminó con su presencia, igualmente se la lleva a la playa. El rey acepta la explicación.
Los tres llegan a la playa en donde se encuentra el barco en el que ellos habían llegado a Tauris. Lo abordan y se disponen a hacerse a la mar. El mensajero enviado por el rey para ayudar a Ifigenia es el que va a dar parte de la estratagema al soberano. Taos, el rey, al enterarse hace un reconocimiento extraño a la inteligencia de Ifigenia: “¡Pérfida raza femenina!”
Pero el barco griego, aun con cincuenta remeros que trabajan para alejarse de la playa, no lo consigue y por dos veces regresar a la orilla. Así, la gente del rey puede apresarlos.
Pero en eso, como en casi todas sus tragedias, Eurípides recurre al deu ex machina. Aparece la diosa Palas Atena y le marca el alto al rey: “Deja de perseguir a los que huyen, refrena a tus soldados, Orestes va en acatamiento a los oráculos de Loxias…”
Y a los tres griegos les dice: “¡Vayan en paz por la llanura del mar en su tranquila nave!”
El rey acepta de buena gana y todo acaba bien. Lo único que Taos se pregunta resignado: “¿Es bueno contender contra los dioses?”
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Justificación de la página
La idea es escribir.
El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.
Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.
En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.
Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.
Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.
Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?
Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.
Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).
Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.
Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…
Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.
El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.
Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.
En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.
Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.
Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.
Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?
Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.
Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).
Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.
Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…
Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.











