Desierto de Altar


A la entrada de todo desierto tendría que colgarse un letrero con la siguiente leyenda: "Es la consecuencia de un determinado principio".
Los criterios de la geología también tienen qué decir al respecto, pero la idea es hacer referencia a un comportamiento antropocéntrico.Vesánico, por cierto.
. 
En Altar tres vidas se salvan de morir de sed con la cantidad de agua que en la ciudad se lava un automóvil



Agradecimiento

La publicación de este trabajo se debe al ingeniero Alejandro Cadaval Torres  (1942-2003), entonces titular de la Dirección de Actividades Deportivas y Recreativas de la UNAM.

Sin conocerlo, coincidimos en una reunión de deportistas en la que él se dolía de la falta de interés de los responsables de los equipos representativos de la institución por publicar cosas de sus respectivos deportes.

Le comenté al azar que yo tenía un manuscrito de tal naturaleza. Un mes antes habíamos realizado, caminando, la primera travesía deportiva al Desierto de Altar, en el estado de Sonora.

-Yo te lo público- me dijo sin hacer aspavientos-. Lleva el manuscrito a mi secretaria.

Al día siguiente dejé  el trabajo y, al salir de la oficina, casi me despedí de mi amado manuscrito. La Universidad Nacional es una potencia editorial en el continente americano. Por lo mismo, muchos manuscritos están en espera. Y como esta universidad es el corazón vivo de la nación, el pulso de su compleja vida no se mide por años ni por meses ni por semanas y ni siquiera por días, sino por minutos. De un minuto para el otro minuto todo puede suceder aquí. Cambia el director de una dependencia, estalla un conflicto como el de 1999  que paralizó totalmente a la institución durante nueve meses o, dado que ciudad universitaria está construida sobre rocas ígneas, un nuevo aparato volcánico puede aparecer…

Tiempo después  me llamaron de la oficina de  Cadaval. Al entrar, el propio director me puso un paquete de libros en la mano:

-Aquí tienes tu “Desierto”. Son cincuenta. Cuídalos porque los otros 2,950 ejemplares ya volaron.
No podía creer  lo que estaba pasando. Habíamos cruzado el desierto en mayo y en junio del   año siguiente el trabajo salía de la imprenta. Como vi que Cadaval se daba la vuelta, pues tenía asamblea con otros deportistas, y sólo había salido de la sala de reuniones para entregarme personalmente él “Desierto”, apenas acerté a preguntar:
-¿Cómo que ya volaron?
-Desde la semana pasada  los hemos estado enviando, a todas partes del planeta, por medio de nuestros equipos representativos: China, Canadá, Brasil, Polonia, Sydney…
Desapareció tras la puerta. Ni siquiera tuve tiempo de darle las gracias.

 Por eso ahora, mediante este sitio web, le manifestamos que, donde se encuentre, estamos agradecidos, los cuatro que regresamos de las arenas del Desierto de Altar.

...hay un Desierto de Altar desconocido. En torno a él existe un vacío bibliográfico e ignoramos si alguien antes que nosotros lo recorrió. Sus referencias en el campo científico son muy generales. Asimismo, se asegura que, por desconocido y solitario, es uno de los desiertos más peligrosos del planeta. Por estos motivos, nos pareció interesante conocer dicho rincón de nuestro país. Para ello, nos organizamos bajo los auspicios del grupo alpino del Sindicato de los Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, al cual pertenecemos.

                                                                                                                       Armando Altamira Gallardo.


Armando Altamira. Desierto de Altar. Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas, UNAM, 1978. 56 páginas, S/ISBN.


La imaginación en Altar viaja
en la línea y velocidad del viento,
pasando solamente una vez de la misma manera.

El hombre, la desolación, el polvo, la sed,
son sus retos; pero su estoicismo
y su poder de mimetización lo impulsan,
—allí el espejismo es reflejo de la fe en el hombre—.

Que estas letras sean un homenaje,
que conforme y aliente, a los hombres que vivieron solos,
porque tenían todo.., soledad;
reflexionaron, fueron al encuentro
del Hombre con la soledad del hombre.

                                                                             Manuel Andrade.

Muy al norte de nuestro país, casi junto a la frontera con los Estados Unidos, se encuentra el Desierto de Altar, cuya extensión de 20 mil kilómetros cuadrados es desconocida para casi todos los mexicanos. Únicamente los habitantes de la parte noroeste se encuentran familiarizados con este desierto.

Dos carreteras permiten el acceso a dicha región del estado de Sonora. Una de ellas, próxima a la línea internacional, sigue al desierto en forma longitudinal. La otra, lo recorre transversalmente hasta llegar al Océano Pacífico.

Normalmente, sólo unos cuantos se aventuran a dejar la cinta asfáltica para internarse algunos centenares de metros entre la superficie arenosa; por lo regular, se trata de geólogos, cazadores, traficantes o enamorados.

Poco después de Sonoita hay un poblado llamado Vidrios, en donde prácticamente sólo hay un expendio de alimentos preparados. Aquí, un atento empleado registra el nombre, domicilio y teléfono de quienes desean “ir al desierto”.

Por nuestra cuenta tratamos de conseguir información sobre este desierto, pero, casi siempre, varias de esas personas que aseguran haber cruzado el Altar, no saben decir qué hay más allá de esos primeros kilómetros de planicie. Cuando preguntábamos sobre los médanos que aparecen señalados en las cartas topográficas, la respuesta siempre era la misma:

—No vimos ningún montículo de arena.

Debido a ello, inferimos que hay un Desierto de Altar desconocido. En torno a él existe un vacío bibliográfico e ignoramos si alguien antes que nosotros lo recorrió. Sus referencias en el campo científico son muy generales. Asimismo, se asegura que, por desconocido y solitario, es uno de los desiertos más peligrosos del planeta.

Por estos motivos, nos pareció interesante conocer dicho rincón de nuestro país. Para ello, nos organizamos bajo los auspicios del grupo alpino del Sindicato de los Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, al cual pertenecemos.

Y así fue como un día dejamos la confortable y húmeda parte del sur del Valle de México —donde están nuestras casas— para marchar hacia el noroeste, del país que ya antes del paralelo 25 de la faja costera de Sinaloa y Nayarit presenta una dramática aridez.

Pasamos la primera noche en el kilómetro 100, de la carretera Sonoíta-San Luis Río Colorado. En la mañana nos echamos al hombro las mochilas, caminamos en sentido perpendicular a la trayectoria solar y bajamos por el meridiano 113º 50’.

La razón que nos animó a realizar este viaje era absolutamente deportiva, de aventura y conquista; por eso pensamos en recorrer el desierto a pie, sin auxiliamos de ningún medio de transporte.

En el inicio de nuestro recorrido encontramos que en la misma proporción como avanzaba el día también subía la temperatura. A las 5:00 de la mañana nuestro termómetro registró 12º C y a las 13:00 horas la temperatura había subido hasta 39º C. Al caer la tarde el calor comenzó a disminuir y para las 20:00 horas el termómetro registraba 25º C.

Este primer día, al comienzo, caminamos sin ningún contratiempo entre los cactos gigantes llamados saguaros por los lugareños, así como entre colonias de cactos erizo, ocotillas —que aquí rebasan la altura de un hombre— y gobernadoras. A la izquierda de la ruta que seguimos se encontraba la zona conocida como El Pinacate, sitio que —aseguran— fue escogido para la ambientación de los astronautas estadunidenses enviados a la Luna. Al medio día vimos que en El Pinacate, en su azulosa y lejana serranía, había una tempestad de sol. En los frentes desprovistos de bosques, el terreno se veía muy accidentado y algunas congregaciones rocosas tenían sus aristas y bordes muy afilados. A esto se agregaba el que los cráteres y aluviales, fuertemente castigados por el sol, daban al paisaje un aspecto lunar.

Bernardo González y José Flores, en el centro del Desierto de Altar. Con temple de acero avanzan hacia la nada de 48 grados y nada de  agua. Tan incierto era ya  seguir como retroceder.. Siguieron....

Tiempo después, en las partes planas el avance se dificultaba porque ahí una multitud de roedores, a unos cuantos centímetros de la superficie, tenían su madriguera y habían perforado extensas redes de túneles, esto hacía que el terreno se rompiera con mucha facilidad al pisarlo, con lo cual a cada paso nos hundíamos; por ello, debimos tener mucho cuidado para no fracturamos un tobillo.

 Faltan 80 kilómetros de dunas de arena seca ( con 45 grados C) y ya sólo tenemos 5 litros de agua "¡Llegaremos!" pensamos de  manera  ilógica...

Con todas estas dificultades y los contratiempos que después tuvimos, nuestro recorrido desde un comienzo fue interesante, en especial porque ninguno de los cuatro integrantes del grupo teníamos experiencia en recorridos por lugares con topografía similar. Mientras nos internábamos más en el desierto descubríamos también un mundo distinto a todo lo que nosotros conocíamos; la aridez y sus distintas manifestaciones nos impresionaron enormemente.

El lugar nos pareció revestido de una singular belleza. Esto, con frecuencia, lo verificábamos al ver una águila inmóvil en lo alto de un saguaro, o bien, cuando un pequeño lagarto cornudo, del mismo color del piso, alarmado por nuestra presencia, se delataba y echaba a correr. Asimismo, la monotonía se alteraba cuando una y otra liebre del desierto desesperadas por alejarse de nosotros, sólo daban vueltas en círculos. Pero lo que más nos distraían eran las lagartijas cola de cebra que, también, con regular frecuencia cruzaban frente a nosotros.

Por cierto, en los primeros kilómetros hacia el interior del desierto, la fauna está muy expuesta a la acción depredadora de los cazadores, quienes en vehículos pueden desplazarse más o menos cómodamente. Los animales están a salvo a partir de donde las arenas comienzan.

En la primera parte de nuestro recorrido cruzamos por la zona semiárida, caracterizada por enormes e interminables mantos de cactáceas, de esas criaturas sabias en el arte de vivir en un mundo inhóspito, candente y falto de humedad. Y sentimos envidia de ellas, pues si hubiésemos tenido su epidermis nunca se nos hubieran presentado muchos de los contratiempos a los cuales nos enfrentamos.


De todos modos, ante la desventaja de carecer de un sistema protector para no perder los líquidos del cuerpo, nos alegramos de llevar una buena dotación de sueros para fijar el agua de nuestros tejidos y agradecimos a una doctora de la Facultad de Ciencias Químicas que nos hubiera preparado las fórmulas que de tanta utilidad nos iban a ser más adelante.




Frente a las dunas

Transcurrieron varias horas antes de que llegáramos a la primera gran barrera de dunas; ya antes habíamos franqueado un área de transición de matorrales semisepultados por la arena, esta zona era la división entre el desierto y el “mero desierto” que nosotros buscábamos. Cuando por fin quedamos frente a la primera línea de domos arenosos nos fuimos de espaldas, pues jamás pensamos que pudieran presentar allí semejantes proporciones, ya que las dunas tenían unos cincuenta metros de alto por unos doscientos de largo, por unos cien de ancho y todas perfectamente entrelazadas hacían varias crestas de fondo y formaban la gran cadena que, como todas las cadenas que seguirían, observaba un rumbo NW-SE durante varios centenares de kilómetros.

Por cierto, dudamos mucho de que los camellos, en el supuesto caso de que ahí los hubiera, pudieran avanzar por semejante lugar.

Para entonces, era ya la primera hora de la tarde y nos vimos definitivamente detenidos, no tanto por la arena, sino por el sol, por lo que buscamos una loma para levantar el toldo de la tienda, con la esperanza de alcanzar alguna corriente de aire que nos refrescara un poco. Cuando se localizó, instalamos nuestro improvisado refugio y sin perder tiempo nos metimos en su sombra, que de todos modos estaba caliente, pues todo ardía. Recordamos que Altar, con su precipitación media pluvial de 125 mm anuales, es uno de los desiertos más secos del mundo. Reaccionamos igual que los reptiles en busca de sombra cuando la temperatura llega a los 40º C; reflexionamos en que apenas ayer éramos orgullosos seres de los suburbios metropolitanos y ahora el saltador ratón jerbo, que puede vivir sin tomar agua, era superior a nosotros. Una confirmación de ello fue que tres auras nos creían muertos, dieron unas vueltas en el cielo arriba de nosotros, y después, decepcionados, se retiraron montados en alguna corriente de aire tibio.

Pero, como sea, las condiciones de aislamiento y dificultad que se encuentran una vez llegados a la zona de la arena, nos reafirmaron la idea de que allí la ecología está a salvo respecto del hombre que se ha constituido en el más grande depredador de la naturaleza.

Llevábamos diez litros de agua por persona, más cinco botes de jugos de frutas de medio litro cada uno, pero en lo que iba de la jornada habíamos dado cuenta ya de los botes y empezado con el agua del garrafón. Nos alarmamos por ello, sobre todo, porque teníamos la idea de que la sed que experimentábamos era insaciable.
Tomado de El magnetismo,de Raymond Holden

Por cierto, la ración de agua que se les daba al día a unos trabajadores de la región francesa del Sahara para beber y para preparar sus alimentos era de no menos de ocho litros; y por la evocación de ese dato venimos a cuenta que nos encontrábamos en los mismos paralelos que el Sahara en posición al Ecuador, sólo que en la longitud oeste del planeta. Por lo demás, se calcula que en el desierto el agua que el humano pierde por transpiración es aproximadamente de un litro cada hora. A. Starker Leopold, zoólogo que ha dedicado su existencia a estudiar la vida del desierto, dice en su obra El desierto: “En un día cálido y ventoso, siente uno que el calor del desierto lo asfixia, pero no ve que de sus poros brote una gota de sudor, cuando en realidad está uno sudando casi un litro de agua por hora: ¡así de rápida es la evaporación!”.

Nos sumergimos en un fuerte sopor, casi hasta dormimos, y a nosotros mismos nos costaba trabajo creer que alguien pudiera dormir en semejantes condiciones, pero en realidad era como una defensa, pues en ese tiempo reducimos al máximo el esfuerzo y consecuentemente eliminamos menos líquido; pero de todas maneras, al despertar el sudor nos escurría detrás de las orejas; luego sacábamos la mano al sol y sentíamos que nos ardía, y en la sombra la capa de aire era sofocante, además, abríamos la boca como peces fuera del agua.

Tres horas más tarde, la temperatura descendió cuatro grados y fue la señal para ponernos en marcha. Vimos que después de esos médanos seguían otros y otros; a pesar de que teníamos 36º C, debimos recordar que el desierto absorbe el 90 por ciento de la radiación solar, por lo cual el terreno se calienta mucho, lo mismo sucede con la capa inferior del aire, que era en la que nos movíamos.

A una barrera de altas crestas seguía un espacio hundido, cuya amplitud era de uno a dos kilómetros ocupados por lomas bajas de arena sobre las que se aferraban algunos arbustos.

Avanzábamos en fila india y en ratos un poco dispersos, con la vista hacia el piso, siempre enceguecedor, mientras el viento llevaba consigo un fino manto de arena y parecía que todo el horizonte se movía.



Un mapa topográfico de buena escala, una brújula y un altímetro nos conducían; sin embargo, al atardecer notamos una pequeña desviación hacia el oeste. Si hubiera sido en la dirección opuesta, le hubiéramos echado la culpa a lo que dijo Coriolis, aquel matemático francés quien descubrió que por efecto de la rotación de la tierra todo lo que se desplaza en el hemisferio norte es susceptible de desviarse hacia la derecha. Ahora no sabíamos a quién culpar, pues fue a la izquierda, por lo que marchamos muy próximos al meridiano 114. Nos preguntamos si no sería causa de la insolación, pues ¿para qué queríamos un dibujo topográfico y un altímetro, si allí todo era plano y las montañas, de arena, con frecuencia cambian de elevación y según dicen, hasta de lugar?

Pero, aún así, seguimos la marcha hasta que el rojizo sol se ocultó en las arenas del oeste. Un poco antes, al ganar la cima de la más elevada cresta de nuestra ruta, Bernardo González, de la Facultad de Ciencias Químicas dio gritos de júbilo, pues al fin había divisado el mar en el lejano sur; observando con detenimiento, José Flores, de la misma Facultad, descubrió en seguida la espuma de las aguas que se desvanecían “en el litoral de una azul y hermosa rada”; además, Francisco Mancilla, de la Hemeroteca, notó que el aire en ese momento nos traía una humedad salada y pegajosa.

La tienda de campaña de paredes de fina tela y bien hermética, con piso y su doble puerta de cierres, era un verdadero baluarte en medio del desierto plagado de auténticos peligros. Víboras, alacranes y, particularmente, los monstruos de gila, fueron indeseables compañeros de aventura. Los monstruos de gila, esos barriles de veneno para los que, según nos aseguraban los médicos, no existía todavía remedio. Aunque parece que hay una contradicción respecto a estos especímenes, pues también dicen que no se sabe que hayan causado la muerte de alguien, si bien la mordida de su poderosa mandíbula ha enviado a muchos al hospital.

Hicimos una lumbre frente a la tienda y asamos cecina para cenar; José excavó un hoyo en la arena y en él hizo la fogata, como lo hacen en su pueblo —allá por Cuautitlán— para proteger el fuego del viento. Nuestra despensa era muy simple; se componía de carne, chocolate, pan blanco, fruta fresca y agua. Como experimento llevábamos cuatro clases de carne roja; de burro (chito), de caballo, de res y de venado; en esos parajes, todas resultaron manjares suculentos y nos daban plena confianza en la recuperación de energía.



Notamos que el desierto pierde rápidamente el calor acumulado durante el día y pronto baja la temperatura; también nos dimos cuenta de que ahí se siente brutalmente el silencio, sobre todo, por las noches cuando aparece un cielo enorme de estrellas y constelaciones, y hacen que el viajero se vuelva presa del sentimiento de hallarse frente a una inmensidad.

Además, muy intrigados, observamos en tres ocasiones grandes estrellas que en término de cinco minutos descendían hasta desaparecer bajo la línea del horizonte, a veces se alejaban y se perdían en la distancia o seguían una línea en zig-zag. Acostumbrados como estábamos a observar satélites desde las altas montañas de la Sierra Nevada, no podíamos ahora encontrar una explicación, creímos que la sed nos hacía ver alucinaciones nocturnas; además, recordamos a los conductores del autobús que nos trajo, pues cuando les dijimos que necesitábamos bajarnos en el kilómetro 100 de la carretera a San Luis Río Colorado, nos preguntaron primero si íbamos de braceros —pues un poco al norte está la frontera— y al contestarles que no, que éramos alpinistas, el que manejaba miró a su relevo, abrió mucho los ojos y después movió la cabeza. Ambos creyeron descubrir el verdadero motivo de nuestro proceder, dijo: “Van a localizar la base de platillos voladores que hay en el desierto”, y aseguraban con mucha firmeza la existencia de esa base y también nos decían de autobuses de pasajeros, casas y gente que desaparecían sin dejar rastro en la región, y así una serie de relatos parecidos a lo del Triángulo de las Bermudas, pero como esos macroenigmas estaban de moda en el mundo y en el país no nos íbamos a quedar atrás, no les creímos.

Mientras tanto, era la tercera semana de mayo (de 1977) y la temperatura bajaba a 10º C a las cinco de la mañana; pero, como ropa de abrigo fue suficiente la funda de nuestros sacos de dormir, un suéter y una chamarra de pluma, probablemente, en invierno la temperatura al amanecer debe aproximarse bastante al cero.

Confirmamos que Altar es uno de los más solitarios desiertos de cuantos existen, ya que al este se encuentran las extensas llanuras desérticas de Chihuahua; al sureste la gran llanura semiárida conocida como “Desierto de Sonora”, del cual Altar (en el ángulo noroeste de ese estado) es una subprovincia fisiográfica; al norte los desiertos norteamericanos de Mojave y de la Gran Cuenca; al sur el mar; al oeste el Delta del Colorado y más allá, otra vez mar.

Las calcinadas, negras y deslumbrantes coordenadas de este desierto son, aproximadamente, entre los 31º y los 32º 30’ de latitud norte y los 113º y 115º de longitud oeste, naturalmente, arriba del Trópico de Cáncer.

Desierto, pero de seres humanos

Nos levantamos todavía de noche; echamos la cecina al fuego; tomamos un litro de agua de un sorbo; recogimos la tienda, y una hora antes del alba ya nos encontrábamos caminando. Nunca vimos más animales que los mencionados antes, pero, en cambio, encontramos una enorme cantidad de huellas de animales nocturnos, alimañas, reptiles y aves de presa; sus huellas nos indicaron que es en la noche cuando los animales despliegan mayor actividad; había que ver las pisadas de los búhos que estaban bien marcadas en la arena y se interrumpían en los matorrales en donde cobraban a sus víctimas; también encontramos con frecuencia rastros de animales de uña sobre todo, pudimos observar una enorme cantidad de huellas en forma de 5 del crótalo cornudo, del que se dice tiene locomoción lateral y su estela de surcos interrumpidos dan la impresión de que el animal saltara.

Total, llegamos a la conclusión de que si este lugar es desierto será de seres humanos, por lo demás, se trata del sitio más poblado de criaturas del reino animal que pueda uno imaginarse; esto último nos hizo suponer que aún en el corazón de los médanos debían existir depósitos de agua o quizá hasta veneros, pues siempre hay la probabilidad de que una falla en las capas impermeables del subsuelo libere un estrato acuoso y emerja hasta la superficie, o bien que una mano misteriosa desplace algún nivel freático hasta aquellos lugares.

Cuando el sol proyectó las más hermosas tonalidades anaranjadas del amanecer, llegamos a la cima de un complejo grupo de dunas, bruñidas por el viento de la noche que, sin impedimentos de la fauna y sin testigos geológicos verticales, había hecho los más variados y simétricos trazos en la superficie de la arena y el resultado fueron unas dunas festoneadas a la luz del sol naciente cuya observación nos gratificó enormemente. En la cumbre, José Flores plantó, sobre una larga vara que llevaba para el efecto, una camiseta suya a manera de banderín, al cual pronto las tormentas de arena derribarían, pero que, sin embargo, desde luego no borrarían el hecho de que una vez lo hayamos dejado allí.





Esta vez la elevada temperatura —45º C— nos hizo detenernos hacia las doce del día, por lo que armamos el toldo de la tienda y nos quedamos quietos durante tres horas, en ese tiempo notamos que aproximadamente a la hora que nos deteníamos también la fauna de Altar suspendía su actividad; entonces descubrimos la antigua ley del desierto, la cual consiste en que mientras en la superficie de la arena había 45 grados, diez centímetros abajo el termómetro baja hasta 30º, y por ello, los animales se metían en la arena cuando el calor aumentaba, pues bajo la superficie está el secreto de la sobrevivencia; y lo mismo en el día como en la noche, ya que en la madrugada, cuando la arena de la superficie se encontraba helada, la del interior se hallaba a una temperatura cálida y bastante agradable, entonces, más que nunca, la fauna volvía a hundirse en la arena para evitar, el frío. Esto nos tranquilizó porque, al menos en ese momento del cenit las culebras deberían estar metidas en la arena, ya que la temperatura crítica de su organismo no soporta los 45º C, y la que por accidente se encontrara en la superficie, seguramente moriría.

Por las elevadas temperaturas se podría pensar en caminar durante la noche para aprovechar así las horas frescas; de hecho no falta algún experto que lo recomiende. Pero, por nuestra parte, mejor nos cuidamos mucho de hacerlo, ni siquiera como aventura o para implantar un récord de tiempo porque en la noche es cuando empieza lo que algunos conocedores han llamado “la fúnebre quietud del desierto”; y aun cuando se tenga experiencia, siempre se requiere tantear el terreno con los pies, y, por si ello no bastara, queda el problema de la orientación, toda vez que, aun ayudándose con las estrellas, un solo segundo de grado que uno se desvíe puede traer consecuencias lamentables.

En vano habíamos buscado a lo largo de nuestra ruta “ciento trece cincuenta” un altar a Tonatiuh, dios del sol, pues es el lugar más apropiado para tal efecto, pero sabido es que los grupos prehispánicos buscaron siempre los climas templados de la Mesa Central; de cualquier forma, nos gustaría saber el origen del nombre de esta región, conocida por el Desierto de Altar; nos preguntamos si se deberá simplemente a los rasgos geológicos o a su característica respecto al clima.

Agua: verla y tomarla

Francisco Mancilla tuvo problemas con los garrafones en los que transportaba su agua. El primer día perdió dos litros debido a una fuga en uno de los recipientes; al segundo día el otro garrafón se perforó y toda el agua se yació, sólo se pudo aprovechar una poca, por lo que él y José se arrojaron sobre la arena para tratar de rescatar algo de humedad, pero fue inútil. Así, tuvimos que repartir la escasa agua de tres, entre cuatro.

Para entonces no nos bastaba ya beber directamente de la cantimplora, sino que necesitábamos ver el agua, y para ello vertíamos el líquido en un vaso y lo contemplábamos emocionados, porque mirar agua en el desierto, aunque sólo fuera en un recipiente, era ver ni más ni menos que el paraíso. Y medio litro que veíamos y tomábamos nos confortaba, más que cuando la tomábamos sin mirarla.

Cuando empezamos a caminar de nuevo y hubimos ganado la cima más grande de la siguiente barrera de dunas, sólo pudimos ver más y más barreras de dunas. El mar descubierto la tarde anterior, su espuma y su viento húmedo y salado, sólo habían sido un espejismo colectivo. Y es que el día caliente, la falta de viento, la reverberación solar y nuestra mente obsesionada por la sed, nos hicieron ver un extraordinario espectáculo.

Cuatro años atrás habíamos estado sobre el flanco oriental del Aconcagua y esta montaña argentina también es famosa por las frecuentes visiones que sufren los alpinistas, sólo que ahí no se deben a una ilusión óptica como en el desierto, sino a falta de glóbulos rojos en el cerebro por la altitud y la consecuente disminución de oxígeno en la sangre.



Después de este derrumbe de esperanzas fue cuando se dio el primero y único problema en la conducta del grupo, pues cuando en una ocasión puse el mapa sobre la superficie plana de un plato de cartón y sobre el mapa colocaba la brújula para checar una vez más el rumbo que seguíamos, en ese momento Bernardo me preguntó visiblemente molesto y lleno de escepticismo:

—¿Y sí ese plano está equivocado?

Por respuesta sugerimos que, en ese caso, si alguien lograba salir con vida de aquello, pues fuera a reclamarle al Departamento Cartográfico de la Defensa Nacional por haberse equivocado, pero nos apresuramos a agregar que no existía motivo de preocupación, ya que seguíamos un ángulo recto al camino del sol y mientras eso sucediera todo iría bien; pero que, sin embargo, también necesitábamos tener fe en que el sol debería salir por el mismo rumbo de siempre.

La obsesión de que pudiéramos pasar por una sed extrema empezó a apoderarse de nosotros. Comenzamos la travesía llevando diez litros de agua por individuo, a la cual le mezclamos un suero a base de glucosa, dextrosa y cloruro de sodio, lo que nos permitió que, sintiendo menos necesidad de agua, pudiéramos hacer rendir la cantidad inicial como si en realidad lleváramos unos veinte litros; pero con todo, ya para el segundo vivac sólo teníamos dos litros por hombre y al final de esa jornada en la cena y durante la noche, tuvimos que consumir otro litro y sólo nos quedó una cantimplora, y, para colmo no teníamos idea si habíamos avanzado algo, porque las montañas de arena y los miles de millones de partículas redondas de yeso y cuarzo que veíamos todo el día, nos hicieron perder la noción de la distancia, mientras caminábamos a barlovento, siempre a barlovento. Y por si no fuera suficiente, allí las dunas tenían más de cien metros de elevación pues era el centro del desierto donde seguramente el sol tiene su casa predilecta.

Jamás vimos otras clases de dunas que las llamadas transversales, sobre todo, en lo que se refiere a las grandes barreras siempre orientadas en dirección NW-SE, aunque, probablemente, desde una vista aérea, los nudos de médanos se acerquen un poco a la imagen de las “dunas estrellas”, pero ni las “longitudinales” ni las “medias lunas” aparecieron por ninguna parte, y en especial estas últimas que son propias de las áreas desérticas desprovistas de vegetación y con una escasez relativa de arena.

Mientras tanto, lo que más nos sorprendía era que hasta en las grandes dunas la flora tenía su representante, aunque fueran unas cuantas matas de pasto. Nos había sorprendido observar que los líquenes podían vivir en el cráter del Popocatépetl a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar, cercados por el hielo y la nieve, y sometidos a constantes y violentísimos cambios de temperatura. En cuanto a los grandes pastos se refiere, también son los que más avanzan por los flancos de las altas montañas nevadas dejando muy abajo el nivel del bosque; por ello, se deduce que sí no fuera por el humano, que se mete en todas partes, la flora sería lo más resistente de la creación de nuestro planeta, en esos niveles de altitud y ante esos cambios climáticos.

Repasábamos mentalmente las distancias y la travesía, desde la carretera hasta el mar era —en la línea recta del mapa— de 57 kilómetros, a lo cual había que agregarle otros 15 más del punto en donde tocaríamos mar hasta la estación ferroviaria Gustavo Sotelo, más otros 10 de, por lo menos, un 15 por ciento que se emplea en las vueltas y ascensiones obligadas por la topografía del terreno, especialmente en la zona de los promontorios, con lo cual el recorrido real del itinerario sería de unos 80 kilómetros de éstos, los primeros 57, idealmente lineales, por lo menos 30 eran de domos grandes, chicos y medianos.



Tirar lastre

Antes de reanudar la marcha, en la tarde del segundo día, economizamos peso en una medida que casi me dio pánico, pues jamás había visto hacer eso.

El pequeño frasco de café en polvo fue vaciado en una ligera bolsa de plástico para poder desechar el frasco de vidrio. Por su parte, José abandonó una camisa y Bernardo se deshizo de su pañuelo, de sus lentes de repuesto y de su peine.

Seguimos. Nuestros tanques vacíos nos hicieron forzar la marcha en lo que restaba de esa jornada.

Desde luego, el novelesco recurso de cortar cactos y extraer su agua no nos era permitido, pues en el reino de la arena no existen estos vegetales y nos encontrábamos a la sazón en el séptimo círculo de Altar. . . y ahí sólo vive el sol.



No recordábamos ya cuantas cordilleras móviles habíamos cruzado, quizá eran seis o diez o quince. Caminamos y más adelante subimos de nuevo hasta la cumbre más alta para escrutar el horizonte. Nos pareció que ya sólo faltaba una de ellas, pero era tan amplia que no sentimos ningún aliento.

En ese momento, el aire soplaba fuerte y volvía a llevarse la arena hacia adelante en un extenso manto móvil cerca de la superficie sin levantarla más alto de nuestras rodillas, porque, evidentemente, el grano allí era grueso.

Un poco más adelante, al pasar otra enorme duna a sotavento, un aluvión cuarcítico nos cayó casi verticalmente envolviéndonos hasta casi perder de vista a los compañeros; pudimos comprobar que los lentes y los tapabocas que llevábamos nos sirvieron maravillosamente. Luego descendimos hacia la zona intermedia de montículos, y como el sol poniente se encontrara ya muy bajo, apresuramos el paso, por lo que sin perder tiempo nos dejamos ir casi con desesperación sobre la enorme pendiente de la otra gran barrera y sólo nos detuvimos un momento al pasar por un campo de fragmentos fosilizados, probablemente tubos de anélidos.

Allí pudimos ver que, en efecto, era la barrera más grande que habíamos subido; afortunadamente, para entonces, el viento llevaba algo de frescura y la arena, tan sensible como la nieve a esos cambios, se presentaba un poco consistente y pudimos avanzar con ligereza.

Observamos que en verdad era el último obstáculo de arena, pero nos cuidamos mucho de creerlo pues podría ser otra ilusión y seguimos caminando hasta que cayó la noche y verificamos que, efectivamente, ya sólo quedaban promontorios chicos y que los arbustos empezaban a multiplicarse.

Todos coincidimos en que el desierto es deslumbrante, que es la casa del viento y el reino de la erosión, y que, para cruzarlo con éxito, un ejercicio ideal es bajar escaleras eléctricas que suben o subirlas cuando su movimiento es descendente; o bien, caminar durante horas sobre la arena candente de cualquier playa como nosotros lo habíamos hecho, primero en las escaleras del metro capitalino y después en los esteros de la Laguna de Chacagua. frente al Océano Pacífico, en Oaxaca.


Kilómetros de arenas movedizas


Esa segunda noche simplemente nos dejamos caer entre la arena, pues la caminata del día duró kilómetros a contra viento y siempre en una superficie exenta de suelo verdadero que, carente del humus más somero, nos obligó a marchar en casi toda la jornada, como la del anterior, sobre una superficie movediza donde los pies se hundían y las piernas veían sometidas a un enorme esfuerzo y no acababan de encontrar un punto sólido en dónde apoyarse.

Habíamos terminado con los labios partidos por la sed y la garganta llena de polvo. Sólo el temor a animales nos hizo parar la tienda. Mientras la instalábamos, nos pareció escuchar muy lejos un silbato de ferrocarril, pero no lo creímos, dado a que ya era muy grande. Mejor volvimos a prender la fogata, mientras arriba la noche era inmensa, silenciosamente callada. Inmensamente silenciosa. Inmensamente sola. Una luna oriental quería iluminarnos y en su interior un viejo dios cobarde permanecía encerrado como en una esfera de cristal, era la misma divinidad que en la noche teotihuacana había dudado un segundo frente a la hoguera y ahora vagaba sólo en la eternidad; nosotros, lo entendíamos, pues también vagábamos en la amplitud vacía de Altar ...

En la puerta de la tienda, y antes de irse a dormir, Mancilla recordó un pensamiento de Kayam que decía más o me
nos de la siguiente manera: "bebe, al mirar las estrellas piensa en las culturas que se tragó el desierto".

Recordamos que llevábamos una ánfora de brandy por lo que nos apresuramos a destaparla; pensamos que como en la alta montaña nos iba a reanimar, pero todo lo que sacamos fue una tremenda quemada en nuestra reseca boca mejor tiramos el ánfora para que se la tragara el desierto.

Ya descansados volvimos a revisar el contenido de nuestras mochilas con la idea de eliminar peso, no por el peso mismo, sino porque éste nos exigía mayor esfuerzo el cual nosotros traducíamos en eliminación de agua de nuestro cuerpo.

Vimos que como equipo de día llevábamos lentes polarizados muy necesarios para proteger los ojos del polvo, y de la intensa luminosidad, sobre todo para nosotros, habitantes de zonas fuertemente oscurecidas por el smog; paraguas cuyo uso fue un acierto extraordinario para defenderse del sol, pantalones cortos, que brindaban una enorme comodidad de ventilación y de movimientos, camisa blanca delgada que resultaría ideal por su propiedad de rechazar en buena medida el calor y por su corte holgado que aseguraba también la ventilación máxima a que se puede aspirar en ese lugar.

Nos envolvimos un rato, a la usanza árabe, para cuidar eso de la fuga de humedad del cuerpo, pero pronto tuvimos que volver a nuestra moda porque sentimos que nos incendiábamos (esto de la forma de vestir frente al calor no observa una regla invariable, pues en el mismo Sahara los habitantes de la parte norte acostumbran permanecer completamente cubiertos de largos y gruesos ropajes, en tanto los del sur andan casi desnudos).

Para proteger las vías respiratorias en caso de vendaval prolongado, llevábamos tapabocas de los que usan en los laboratorios químicos. En cuanto al calzado era un enigma, por lo que habíamos decidido experimentar por nuestra cuenta. Dos llevaban botas altas de cuero, tradicionales para la caza; José Flores unos mocasines bajos de calle con suela de hule y polainas cortas; yo unos tenis altos, sin polainas, de esos que se usan en el baloncesto. Todos encontraríamos aspectos a favor y en contra, pues los de las botas altas sufrirían de elevada temperatura y de todas maneras saldrían con ampollas  o lastimaduras; sus ventajas serían respecto a mordeduras de víboras, mientras que nosotros no sufriríamos de sobrecalentamiento en los pies, como era de esperarse, pero sí algunas molestias ligeras ya que la arena llenaba los huecos de los zapatos, pero en general, todo fue bien en este renglón.

Con medicinas varias confeccionamos un ligero botiquín en el que tenían lugar preponderante los sueros antialacrán y el antiviperino con sus respectivas hipodérmicas. En fin, que todavía esa noche nos pareció que el equipo que nos quedaba era indispensable.



Se agotó la reserva de agua

En el mediodía de la segunda jornada habíamos tenido 45º C y en la madrugada de ese tercer día el termómetro marcaba 10º C con lo que debimos experimentar una variación nada menos que de 35 grados.

Antes de reanudar la marcha por la mañana, bebimos el último medio litro de agua que nos quedaba como reserva. Después de tres horas de marcha descansamos un rato en la ilusoria sombra de una loma y vimos algunas rocas torturadas por el sol que, sometidas a dilatación diurna y a contracción nocturna durante siglos, habían acabado por resquebrajarse más arriba un buitre permanecía inmóvil en el aire, quizá era el mismo que el día anterior nos observara.

Un poco antes un remolino nos había envuelto; las partículas de arena chocaban unas contra otras, se ponían en movimientos ascendentes y nos golpeaban. Para colmo, cuando reanudamos la marcha, una turbonada de larga duración nos atrapó y levantó las partículas finísimas del terreno y por un rato se opacó el sol. Por las dudas, consultamos nuestra brújula, es decir el único implemento que nos conducía correctamente en el desierto, entre las fuertes insolaciones, las grandes tempestades de arena y los maravillosos espejismos.

Convencidos de que el rumbo era el correcto, recorrimos unos cinco kilómetros más por un suelo blanco que se movía al capricho del viento, aunque ya se veían algunos sotos, gobernadoras y hedondillas, que sostenían la más desigual y tremenda dé las luchas contra la arena que siempre amenazaba con sepultarlos y educar en su lugar un enorme médano.

Pero, por fin, al dar vuelta a una loma más alta divisamos una laguna casi seca, de la que, en su lado sureste, había agua como para alimentar a una ciudad, y aunque sabíamos que su lecho debía tener una gran cantidad de substancias alcalinas, aún así mantuvimos la esperanza de encontrar agua dulce; también pensamos en el enorme grado de contaminación que una charca en el desierto debe contener con tanto animal que ahí abreva así como los organismos, defecaciones y cuerpos en descomposición que encierra.

Nosotros hubiéramos pagado cualquier cantidad con tal de tomar agua, aún de la más sucia, pero resultó que la de ahí no era dulce ni salada, sólo capas de sal que a cierta distancia y en determinado ángulo parecían agua. El lado sur del vaso de la laguna lo formaba una elevación de terreno y cuando hubimos ascendido nos encontramos parados sobre la vía del ferrocarril, y fue tan de improviso que nos costaba trabajo creerlo.

Sólo faltaban veinte kilómetros

Cuando estuvimos sobre la vía supimos que nos faltaban unos veinte kilómetros, pues de ahí a la playa (para nosotros el desierto terminaba hasta la playa) quedaban cinco kilómetros, cinco de regreso y diez para llegar a la pequeña estación ferroviaria Gustavo Sotelo, en el este.

Gustavo Sotelo fue uno de los ingenieros que trazaron la vía del ferrocarril de Sonora; murió de sed entre las dunas de Altar. La vía era como la línea fronteriza entre el desierto y el ambiente marino, ya que nos pareció ver muy claros los límites de separación entre un ambiente y otro.

Sin pensarlo más, bajamos por el talud del lado opuesto y continuamos nuestro peregrinar rumbo al sur.

Hacía mucho que la última gota de agua se había terminado; la lengua se nos pegaba al paladar y la parte superior de la laringe parecía cerrarse y era difícil el paso del aire hacia los pulmones; más adelante encontramos una planta suculenta que pudimos masticar pero de inmediato la arrojamos pues su jugo era espeso, caliente y muy salado.

Al fin llegamos a la zona de las marismas y al avanzar más por esas planicies de inundación del litoral, divisamos a lo lejos dos pequeñas lanchas de motor estacionadas cerca de la orilla y más allá, tres barcos de gran tonelaje, por lo que en nuestra gran necesidad de agua pensamos en salvar a nado la distancia que nos separaría de ellas una vez que nos encontráramos en el borde del agua. Empero entre más nos acercábamos, las lanchas daban señales de actividad y notamos que se alejaban mar adentro. Era tanta la desesperación que hasta les gritamos; les decíamos que se detuvieran, que necesitábamos agua potable.

Estamos seguros de que nos escucharon, por eso, con más rapidez, desaparecieron de nuestra vista. Y allí quedamos, desconcertados y recordando que en estas latitudes el narcotráfico se hace en el menor tiempo posible y a la mayor cantidad imaginable y, tal vez, a ello se debía ese comportamiento.

Mientras tanto, tuvimos que recorrer un buen número de canales formados por las mareas y que a esa hora se presentaban vacíos de agua con puro lodo en su fondo en donde, por cierto, se movían miles de pequeños cangrejos.




En la tormenta. Según la sed que llevábamos nos parecía dificil de alcanzar; a nuestras espaldas, hacia el oeste, aparecía más próxima la estación López Collada pero caminar hacia ella era alejarse más de Punta Peñasco y caer en una trampa de distancia en el caso de que tampoco esta estación existiera ya. El desierto, que después de todo seguía aprisionándonos, no permite errores de cálculo; cuando tiraron la vía de ferrocarril de Sonora muchos murieron de sed en ese lugar en el que ahora nosotros nos encontrábamos, es decir, en el desierto y el mar. En principio habíamos vencido al Desierto de Altar, pero ahora era urgente resolver los obstáculos próximos antes de que llegara la postración y el fin a causa de la sed.


El espectáculo y los tiburones 

Ver a unos individuos que salen del desierto y se aproximan al mar es todo un espectáculo. En nuestro caso faltaban doscientos metros para llegar a la línea del agua cuando, a pesar del cansancio, empezamos a correr; sin parar, los de Ciencias Químicas se deshicieron de sus mochilas y se tiraron en clavado al agua. En cambio el de la Hemeroteca ni se acordó de la mochila, simplemente se impulsó y con todo y equipo se hundió entre las olas. Claro que desde unos kilómetros atrás el ambiente era marino, pues habíamos cruzado marismas, canales y playas de inundación; pero, por mi parte, no descartaba la posibilidad de que bien pudiera ser aquello otra ilusión, más grande todavía que las anteriores. Por eso, seguí caminando hasta que el agua me llegó a la cintura y aún permanecí en esa actitud durante cinco minutos y fue hasta al cabo de ese tiempo cuando acepté que verdaderamente habíamos llegado a las playas de la Bahía de Aduar, en el Golfo de California; entonces también me zambullí.

Pero la alegría nos duró poco, pues al sacar la cabeza del• agua, a unos quince metros de ahí, cuatro tiburones de más de tres metros de largo buscaban comida; su aleta dorsal cortaba el agua lenta y uniformemente y hasta parecía elegante, pero una vez localizada su presa se hundían con brusquedad y se agitaban en forma convulsiva hasta que su víctima cesaba de moverse. Lo que más nos alarmó fue que el sitio donde se encontraban tendría apenas un metro de profundidad y como la playa ofrecía allí una pendiente muy somera, en consecuencia era la misma profundidad a la que nosotros nos hallábamos. En un segundo entendimos nuestra comprometida situación; vimos como los de Química, igual que delfines, saltaban al mismo tiempo sobre la superficie del agua y prácticamente devoraban la distancia que los separaba de la orilla; Mancilla y yo también tratamos de ganar la línea de la arena dando brincos tan largos como podíamos, y el corto tramo se nos hizo infinito. Cuando por fin nos encontramos fuera sentimos que en nuestro cabello habían aparecido canas.

Se acabó y nadie se alegraba

Así de rápido fue todo al final. Habíamos dado cima a la empresa que nos ocupaba, pero ni siquiera tuvimos tiempo de felicitarnos mutuamente, como se acostumbra, por haber cumplido con nuestra misión. Sí bien era cierto que la travesía estaba concluida, aún quedaba por resolver el problema del regreso, lo cual era muy difícil pues la Bahía de Aduar está completamente deshabitada a lo largo de sus setenta kilómetros, salvo tres minúsculas estaciones ferroviarias de mantenimiento diseminadas a todo lo largo de su lado norte, pegadas al desierto, y su población Punta Peñasco en el extremo sureste de la Bahía.

A este lugar se le conoce como Bahía Aduar, Bahía Adair o Bahía López Collada. Parece ser que López Collada fue otro conquistador del desierto que también murió de sed entre las dunas cuando tendían la vía del ferrocarril de Sonora.

Descifrar los problemas de la retirada en lo que se refiere al terreno y el problema de la sed cuyos efectos en nuestro organismo habían llegado ya casi a su punto extremo, era nuestra preocupación.

La estación Gustavo Sotelo, en el kilómetro 205 de la vía de Sonora, aparecía localizada en el mapa a una distancia de unos quince kilómetros en dirección este y hacia allá debíamos dirigirnos.

Una duda nos golpeaba fuertemente respecto a nuestro plano, porque su edición databa de veinte años atrás, y si la referida estación no existía ya entonces deberíamos caminar hasta Punta Peñasco, es decir, unos cincuenta kilómetros, lo cual, según la sed que llevábamos, nos parecía difícil de alcanzar. A nuestras espaldas, hacia el oeste, aparecía más próxima la estación López Collada, pero caminar hacia ella era alejarse más de Punta Peñasco, y caer en una trampa de distancia en. el caso que tampoco ésta existiera ya.

José Flores frente a la inmensidad del Desierto de Altar


El desierto, que después de todo seguía aprisionándonos, no permite errores de cálculo. Cuando tiraron la vía del ferrocarril de Sonora muchos murieron de sed en ese lugar en el que ahora nosotros nos encontrábamos, es decir, entre el desierto y el mar. En principio habíamos vencido al Desierto de Altar, pero ahora era urgente resolver los obstáculos próximos antes de que llegara la postración y el fin a causa de la sed. En esos momentos recordábamos las palabras de Starker: “El hombre no está hecho para vivir en un medio árido. Perdido en el desierto, sin agua, en una calurosa mañana de verano, al principio no experimentará molestia alguna. Pero al cabo de una hora habrá sudado hasta un cuarto de litro de agua salada y sentirá mucha sed. A media tarde, cuando su sistema orgánico de enfriamiento se esfuerza por contrarrestar el calor, su peso habrá bajado de cinco a ocho kilogramos y se sentirá muy débil. Al caer la noche, si el termómetro subió hasta 48º C, puede haber muerto, pero si llegó solamente a 43º C a la sombra, entonces tiene probabilidades de sobrevivir otro día más. Aun si se le suministra una ración diaria de cuatro litros de agua, el sol lo matará en el término de una semana.



Esto se refiere a un hombre que, fresco, recién empieza a caminar por el desierto, pero nosotros llevábamos ya muchos kilómetros andados, mucha sed acumulada y todo ello a una temperatura muy alta. Debíamos apresurarnos.

El último recurso en ese momento fue almacenar en las cantimploras nuestros orines y ya sólo esperábamos que la concentración de urea no fuera demasiado alta; por cierto que nuestro organismo había aprovechado al máximo el agua, pues no obstante que tomamos más de diez litros de agua, lo expelido era mucho menos que la cantidad habitual.

Pero, además, teníamos encima otro peligro, dado que un rato antes, en nuestra desesperación por llegar al mar y refrescarnos en sus aguas, no habíamos reparado en que la marea empezaba a subir y en ese momento observábamos ya al agua inundar las planicies a una gran velocidad... Pensábamos en los canales que habíamos dejado atrás una hora antes...

Empezamos a caminar a un ritmo mayor al que desarrolláramos a la llegada para escapar del mar. Entonces, el cansancio y la sed que estaban a punto de doblegarnos habían quedado en segundo lugar por lo pronto, ahora sólo nos importaba salir de allí y la única línea en la que podíamos realizar una retirada efectiva era hacia el norte y así lo hicimos.



Mientras huíamos, caímos en la cuenta de que los barcos debían estar dedicados a la pesca del tiburón, porque, las aguas del Golfo están infestadas de escualos y pensamos que probablemente a ello se debió que las embarcaciones se retiraran cuando su tripulación observó que nos acercábamos; seguramente, así evitaron que nos lanzáramos al agua y cayéramos en una situación altamente peligrosa.

De todos modos, pensamos con nostalgia que también se nos había cerrado el apremiante recurso del que echan mano los náufragos y que consiste en agarrar un pez y comerse cruda la carne para extraer de esa forma el agua dulce de sus tejidos, pero con los tiburones allí no quisimos acercarnos más al agua y, además, ni siquiera disponíamos del más elemental utensilio de pesca como para intentarlo.

Prisioneros del mar

Media hora después llegamos a los primeros canales y apenas pudimos cruzarlos; para los demás canales fue necesario correr. Cuando llegamos al último, que presentaba una profundidad considerable, nos dimos cuenta de que ya era tarde; pero sin pensarlo, nos metimos en él resueltamente, aunque pronto las mochilas hicieron contacto con el agua.

Bernardo intentó llevar la mochila con los brazos en alto, pero cuando el agua le llegó al cuello tuvo que regresar pues, además de que. el terreno seguía descendiendo, la corriente era ya de tal fuerza que podía arrastrarlo.

Cada vez que nos internábamos en un canal lo hacíamos por turnos; mientras uno cruzaba, los otros nos dedicábamos a atisbar en todas direcciones tratando de descubrir la aleta del tiburón; de todas maneras luego sabríamos que en los canales el tiburón no siempre nada en la superficie, sino que con frecuencia permanece en el fondo esperando que pase algún pez de su agrado.

Por otra parte teníamos el doble problema de no mojar las mochilas en las que guardábamos ropa especial de abrigo, equipo fotográfico y, sobre todo, material fotográfico en el cual llevábamos en forma latente, la imagen del Desierto de Altar. El otro problema era afrontar al tiburón que, en apariencia ausente, intuíamos que podía aparecer de pronto. Cruzar a nado el canal era lo de menos pues todos sabíamos hacerlo y el albur de encontrar o no al tiburón también estábamos dispuestos a correrlo pero quedaba el asunto del equipo...



En esas circunstancias, todo se desenvuelve rápido y el canal acabó por llenarse hasta el borde y pronto se desparramó. Dos horas antes éramos prisioneros del desierto y ahora lo éramos del mar. Empezamos a retroceder y desesperados nos preguntábamos qué diablos íbamos a hacer pues huíamos, pero lo hacíamos hacia un peligro mayor que era el océano.

No lejos de ahí se veía un promontorio cuya altura sería de unos cinco metros; pasar la tarde y la noche allí no tenía problema en cuanto que llevábamos lo necesario para tal cosa y estábamos dispuestos, incluso, a entablar un gran combate con el número inmenso de cangrejos que habitaban el lugar y así esperar la mañana siguiente cuando los canales volverían a vaciarse.

Pero nos preocupaba el peligro de que en la noche la marea alta cubriera también la cima del promontorio.

Como de momento no nos quedaba otra solución, fuimos hasta lo alto de la loma y buscábamos afanosamente las huellas de los diferentes niveles de las mareas. Estábamos en eso, cuando Mancilla nos hizo notar, en medio de una ruidosa carcajada, por demás nerviosa, que no había por qué temer, ya que medio kilómetro hacia el este el canal daba vuelta como un laberinto y volvía hacia el oeste, por lo que la puerta de escape se nos presentaba en aquella dirección.

Corrimos, más que caminar, para cercioramos si era verdad. Nuestra alegría fue inmensa al corroborarlo.

En la otra orilla volvimos a quedar frente a la aridez del desierto. Sólo que antes de caminar nos llenamos la boca de dulces y luego nos inclinamos hacia las aguas del canal, que pensábamos había estado a punto de atraparnos, y bebimos dos grandes buches, aunque tomar éste líquido era un martirio y, además el exceso de sal parecía acrecentar más nuestra sed; y es que, en verdad, ni siquiera en el Mar Rojo hay una concentración de cloruro de sodio tan alta como en estas aguas que amenazaron con terminar nuestra existencia.

Otra vez el desierto

Volvimos a caminar por el desierto semiárido y ya excesivamente caliente a esa hora. Las preocupaciones y las prisas que acabábamos de pasar y la sed, que ahora era mayor, parecían haber acabado con nuestras reservas de energías.

Nos sentíamos muy débiles por lo que volvimos a llenar de dulces la boca y así activábamos nuestras glándulas salivales, pero sabíamos que nada de eso nos iba a sostener en pie por mucho tiempo.

En esta situación nos preguntamos si existiría algún recurso sencillo para desalinizar el agua en cantidades pequeñas pues, por ejemplo, llevábamos pastillas para purificar mil litros de agua y entre todas ellas no pesaban más allá de 50 gramos; ¿no existiría un recurso análogo para hacer potable el agua del mar que pudiera ayudar en la emergencia?, francamente lo ignorábamos y en la Universidad tampoco pudimos encontrar a alguien que contestara la pregunta.

El trauma de la sed perduraría aún cuando mucho tiempo después de reintegrados a la vida de la ciudad en donde, aún en la madrugada, abandonaríamos nuestro lecho para ir a beber un vaso de agua. Y es que quienes van al desierto en condiciones semejantes a las nuestras, es decir, caminando, sin unidades de auxilio en lugares estratégicos, la seguridad de un helicóptero, son los que sienten realmente la sed. Pero también existe la idea de la sed.

Más tarde pensaríamos mucho en esto y llegaríamos a la conclusión de que posiblemente se trate de una obsesión, como una idea inherente al desierto, a semejanza de la idea latente de una posible muerte entre los escaladores, soldados en plena batalla o en los toreros.

A la media hora, al bajar una larga pendiente, quedamos frente a una misteriosa laguna cerrada ‘de aguas oscuras. Sus playas también eran negras como el chapopote, tanto que llegamos a pensar que tal vez se tratara de un brote de petróleo o algo así; el caso es que nos quedamos grandemente impresionados por su aspecto pues parecía laguna de otro planeta. Del lugar se desprendía un fuerte olor como a organismos marinos en descomposición; estábamos seguros que su agua era salada pues, esporádicamente, en las mareas más altas seguramente el mar la surtía, y como después al parecer durante mucho tiempo, volvía a quedar expuesta a un proceso de evaporación, sus aguas debían tener un porcentaje de sal tremendamente alto; pero nadie en el desierto que esté agonizando de sed y se encuentre con una laguna dejará de por lo menos convencerse si en realidad es agua salobre.

Sin parar, con la caliente y vacía cantimplora en la mano, descendí hasta el espejo del agua mientras los otros me observaban entre esperanzados y escépticos; tenían razón, pues jamás pude llegar a sus aguas, ya que una zona extensa y profunda de fango negro me lo impidió y salí del lugar como pude y me reuní con mis camaradas.

Continuamos. Más adelante Bernardo dejó de distinguir los colores para ver todo aplastado con sólo grises en las formas, se restregó los ojos y volvió a ver el cromatismo del desierto hasta un rato después.

Francisco Mancilla, por su parte, que en su cinturón colgaba por un lado la Luger, por el otro una bayoneta, más dos cantimploras vacías con sus respectivos vasos metálicos, y quien además se había resistido a aligerar el peso de su mochila que parecía la de Pito Pérez por tanto trebejo—, arrastraba en forma dramática los pies, echaba la cara demasiado hacia el sol, oscilaba todo su cuerpo y parecía que de un momento a otro perdería la vertical.

Las primeras señales

Mancilla y Bernardo fueron quienes descubrieron entre la distancia y las vibraciones solares las primeras señales de civilización; pero no pudimos descifrar que era, sólo cuando nos acercamos más nos pareció que se trataba de un convoy de carros de ferrocarril que estaba estacionado y a la derecha había un grupo pequeño de casas alineadas a lo largo de la vía; también vimos que el caserío estaba sombreado por ‘altos y frondosos árboles y entre los árboles un tinaco blanco para abastecer de agua a los habitantes del lugar. En él vimos un salvoconducto para seguir viviendo.

Más allá, en todas direcciones, otra vez la calcinada llanura; ¡aquello era un verdadero oasis! y fue un supremo requerimiento el que exigimos a nuestros resecos tejidos para poder llegar al sitio de nuestra salvación.

Con la más grande de las melopeas solares alcanzamos la sombra de la primera casa; nos recargamos en su pared y no obstante que desde hacía una eternidad no velamos personas, permanecimos indiferentes, con aire idiotizado y la mirada fija, casi sin parpadear, cuando la gente de la pequeña villa ferroviaria empezó a rodearnos, alarmada y solícita.

Un anciano dijo:

—Por un punto se le escaparon al desierto.

Dos minutos después llegó Mancilla y, al verlo, un niño que permanecía bajo la ardiente sombra de una casa corrió a ponerle una silla en la que aquél se dejó caer, o más bien se derrumbó y el niño alcanzó apenas a meterle la silla; quedó con los brazos colgando, con la cara hacia arriba y la boca completamente abierta. Entonces pudimos ver que en el interior de su boca en lugar de saliva tenía arena y que salía sangre de sus labios agrietados; asimismo, las cuencas de sus ojos, como las nuestras, reflejaban la enorme deshidratación, todas se veían muy profundas, un color azul las destacaba de la piel ennegrecida. Otro niño le llevó pronto un vaso grande con agua y Mancilla pidió otro tras otro.

También nosotros pedíamos. Y aunque sabíamos muy bien que en estas condiciones el mecanismo de enfriamiento del cuerpo al ingerir en una cantidad excesiva de agua podía sufrir serios trastornos y hasta acarrear mortales consecuencias, no obstante seguíamos pidiendo más y más agua; hasta que finalmente escuchamos a la esposa de Don José Francisco Rodríguez García, habitante del lugar y quien fue la persona que desde’ el primer segundo se apresuró a auxiliamos, que decía:

—No les den más agua, voy a prepararles café negro con sal.

Hasta una hora después que transcurrió en tomar agua, café negro con sal y en descansar en la ardiente sombra, empezamos a volver a la normalidad.

Don José Francisco, nuestro anfitrión, más bien nuestro salvador, nos invitó a comer a su casa y en agradecimiento dimos los sueros anticrotálicos y antiviperinos que llevamos, así como la cecina y las latas que aún contenían nuestras mochilas e intentamos gratificarlo con dinero sobre ‘todo por sus atenciones, pero por esto último se mostró muy ofendido, dijo:

—En el desierto, unos y otros nos ayudamos a vivir y a sobrevivir, y cualquier interés material aquí está prohibido.

Hombres de la ciudad, nosotros casi no lo entendimos...

Ese fue el pago que hicimos por el primer recorrido de Altar, por hacer la primera ficha bibliográfica en los anales deportivos de este desierto.

Porque está ahí

Sólo en ferrocarril se puede salir de la estación Gustavo-Sotelo y como el próximo tren pasaba hasta las dos de la mañana del día siguiente, paramos la tienda de campaña en la orilla del caserío. En ese momento, Altar se encontraba sumido en el silencio y a la distancia sus médanos lucían enceguedores al sol de la tarde.

Muchachos y señores de edad se fueron a conversar con nosotros, todos ellos, trabajadores del riel, se rascaban la cabeza porque no encontraban el motivo por el cual habíamos cruzado el desierto; nosotros aplicábamos una respuesta tramposa que se usa en el alpinismo: “¿Por qué cruzamos Altar?; ¡bueno, porque está ahí”. Nos acordamos de lo que habíamos dicho a los conductores del camión, indagamos algo relacionado a naves que pudieran ser diferentes a las conocidas, algún movimiento, alguna rutina en el día o en la noche en Altar y su contestación fue unánime:

—Nada. Son cuentos o alucinaciones; allí enfrente hay sol y arena. Nada más.

Como esta gente, por necesidades de su trabajo y de la ubicación y orientación de sus casas se pasan 8,760 horas al año mirando hacia las soledades de Altar, les creímos.

Teníamos la piel bastante quemada no obstante que llevábamos crema antisolar y otra humectante con vitaminas para tratar de proteger del sol el funcionamiento de las glándulas sudoríparas, pero de todos modos resentiríamos al final los efectos de los abundantes rayos ultravioleta, de la sequedad extrema del aire y de la acción directa y próxima del sol reflejado y aumentado por los prismas cuarcíticos.

Despedida, mientras la arena y el viento

En la madrugada, Don José Francisco fue hasta nuestra tienda como habíamos quedado; nos dijo que en breve pasaría el tren, por lo que derribamos la tienda y acomodamos todo en las mochilas.

Un rato después se aproximó a toda velocidad el ferrocarril haciendo un enorme ruido en la noche, ante lo que nuestro amigo sacó una linterna e hizo señales hasta que el convoy se paró; nos despedimos emocionados en la oscuridad, en silencio, mientras el viento pasaba y movía las arenas.

 Desierto de Altar

APÉNDICE: TABLA CRONOLÓGICA

16 de Mayo de 1977. Salida de la ciudad de México a las 8:00 horas.
18 de Mayo de 1977. Llegada al kilómetro 100 de la carretera Sonoita-San Luis Río Colorado a las 2:00 horas. Primer vivac, en la zona semiárida. Recorrido del primer tercio de la caminata. segundo vivac entre las dunas.
19 de Mayo de 1977. Recorrido del segundo tercio de la caminata, tercer vivac entre las dunas.
20 de Mayo de 1977. Recorrido del último tercio de la caminata, llegada al mar. Se alcanza la Estación Gustavo Sotelo. Cuarto vivac.
21 de Mayo de 1977. Se aborda el ferrocarril a las 2:00 horas. Transbordo en Caborca y se continúa en camión.
23 de Mayo de 1977. Llegada a la ciudad de México a las 3:00 horas.

TEMPERATURAS
18 de Mayo de 1977 (5:00 horas     12°C; 13:00 horas 39°C; 20:00 horas    25°C),
19 de Mayo de 1977 (5:00 horas     10°C; 13:00 horas 45°C; 20:00 horas    23°C),
20 de Mayo de 1977 (5:00 horas 11°C; 13:00 horas 42°C; 20:00 horas 20°C).

VIENTOS
 Del 18 al 20 de Mayo de 1977 los vientos procedían del sur.

ALTITUDES
18 de Mayo de 1977: 175 m (próximo a la carretera Sonoita-San Luis Río Colorado),
19 de Mayo de 1977: 90 m,
20 de Mayo de 1977: 0 m.

BOTIQUIN
Sueros antialacrán (se consiguen con facilidad en las poblaciones norteñas),
Sueros anticrotálicos,
Pastillas para purificar el agua,
Sulfadiazinas compuestas,
Tabletas efervescentes,
Crema antisolar.

EQUIPO ESPECIAL
Lentes polarizados,
Tapabocas,
Paraguas,
Tienda de campaña ligera, hermética, con doble techo que pueda usarse por separado para procurar sombra en el día.



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 Una palabra sobre la luna en el mito mexicano.

En la leyenda teotihuacana del Quinto Sol la luna es masculino. Es Meztli-Tecuciztecatl (conejo-dios, animal y divinidad) La vanidad y el temor del dios  Tecuciztecatl no le permitieron lanzarse en primer lugar a la hoguera mítica. Por eso ocupa el segundo lugar en el cielo visto desde la Tierra. Es el Sol Nocturno. El dios Nanahuatzin se arrojó primero y de ahí salió el Sol de Día. Merced a la trasformación dejó de ser invocado como Nanahuatzin y ahora se le invoca como Tezcatlipoca “el más grande de los dioses”. Entonces había ya  dos soles que iluminaban igual de día que de noche. Los dioses teotihuacanos arrojaron un conejo a la luna y esta perdió brillo. Por eso la luna tiene la forma de un conejo visto desde el hemisferio occidental.

Para efectos prácticos de orientación, según hemos mencionado, los viajeros del desierto que están familiarizados con la luna encuentran en ella un buen referente de orientación geográfica. En el mercado se pueden encontrar “calendarios lunares” que ilustran las diferentes fases por las que pasa este satélite natural de la Tierra  en el transcurso del año.

Ahora bien, todo viajero del desierto descubre que  la luna del desierto no es la misma que la luna de la ciudad.  En la ciudad la luna apenas significa una luz más en el cielo. Es pálida, insignificante y esporádica.

En el desierto es una presencia deslumbrante de orientación geográfica pero, sobretodo, de profundo significado mítico y cultural para los pueblos de origen mesoamericano. En el desierto la luna no es parte del cielo, es parte del desierto.
El Sol de Día visto de frente quema la retina de los ojos. El Sol Nocturno se mete en la mochila del viajero y se viene con él a la ciudad. Para siempre.

Salambó, la heroína cartaginesa de la novela de Flaubert,  invoca a la luna  como diosa Tanit. Una parte de su oración dice: “¿A dónde vas? ¿Por qué cambias de forma perpetuamente? Tan pronto delgada y curva te deslizas  en el espacio como una galera sin mástiles, o bien en medio de las estrellas te pareces aun pastor  que guarda su rebaño. Luciente y redonda, rozas las cimas de los montes como la rueda de un carro.”


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Una cosa más y esta relacionada con los tornados.
En el año se producen muchos tornados en el sur de los Estados Unidos que afectan de alguna manera también el norte de México. Aquí es menos su impacto pero de todas maneras habría que familiarizarse con la mecánica del tornado.
La tercera vez que recorrimos el desierto de Samalayuca tuvimos nuestra experiencia con los tornados. Cruzábamos la parte alta del erg (dunas), del sector oeste, cuando divisamos a lo lejos, hacia la Sierra del Presidio,  un tornado más allá de Medanos Blancos, en el sector este de la carretera y la vía del ferrocarril  que van hacia Ciudad Juárez. No hicimos caso pues la distancia de donde nos encontrábamos  serían unos veinticinco kilómetros. Hasta nos pareció divertido como los remolinos de viento (todos los remolinos de este tipo son de viento) que se pueden ver en determinada época del año en la región de Teotihuacán. En ese momento el tornado se desplazaba hacia el sur y nosotros íbamos en dirección contraria. Y en la inmensidad del desierto un tornado se puede dirigir hacia cualquier lugar para donde se encuentren las condiciones de temperatura en sus componentes de aire caliente-frío.
Seguimos en dirección a la estación de servicio de ferrocarril Sapelló, en el noroeste. Cruzamos la pequeña sierra de Samalayuca, a través de un puerto que hay  en su extremo norte y llegamos a un pequeño oasis. Un espejo de agua somero redondo y en su orilla grandes árboles y un piso de pasto verde y fresco. Después el desierto infinito y ardiente  sigue en todas direcciones. Le pusimos por nombre “el oasis de las ranas y las hormigas” por la abundancia que hay de estos pequeños animales.
Esa era nuestra meta para acampar. Serían las dos de la tarde. Dejamos las mochilas recargadas en unas rocas de las que brotaba agua y nos disponíamos inspeccionar el oasis. Nos habíamos retirado veinte metros de las mochilas  cuando un golpe de aire frío que descendió, seguramente cuarenta grados en un segundo (media hora antes habíamos registrado cincuenta y un grado centígrados), nos golpeó.
Ni siquiera volteamos a indagar las causas del asunto. Corrimos hacia las mochilas. Ya un chubasco de agua violentísimos nos caía de todas partes. Sacamos como pudimos la tienda con la intención de armarla y protegernos en su interior. Solamente pudimos fijar un poste y el otro la sostuve en el fondo con las manos. Armando, mi hijo (a la sazón tenía doce años de edad) y Luis Burgos Peraita (éste trabajador del Instituto de Geología de la UNAM) quedaron a  la entrada de la tienda y sostenían con sus cabezas que la tienda no se viniera abajo.
En ese momento recordé lo que sabía acerca de los tornados pero tenía como mera curiosidad hemerográfica y bibliografica. Que en norteamérica la primavera representa algo más que temperaturas cálidas. Los tornados más veloces se forman en esta época principalmente los meses entre abril y julio. Tan pronto empieza a subir el aire caliente por el Golfo de México, y se mezcla con el aire frío que baja de Canadá, los remolinos son casi inevitables. Sobre todo en la parte norte de México que abarca del otro lado los estados de Texas, Oklahoma y Kansas. Es un corredor vertical.
Lo tornados se puede formar en cualquier  parte del mundo pero cerca de un 75 por ciento se originan en Estados Unidos. La mayoría  en el centro de este país en un área conocida como el Corredor de los Tornados. Los tornados se consideran en tres diferentes tamaños, cada uno con diversas características y son “débil”, “fuerte” y “violento”.Su tamaño depende no sólo en su ancho físico sino también en altura y otras cuestiones que considera la Escala Fujita.
Se sabe que los   “fuertes” representan un 29 por ciento de los tornados.  Su velocidad media   es de 110- 205 mph. Estos tornados pueden durar unos 20 minutos. Son los que derriban casas rodantes y voltean trenes de ferrocarril. Esto, más que la Escala Fujita, nos puede dar idea  de su fuerza.
Los tornados “violentos” son los menos comunes pero son los más fatales. Son los responsables de un 70 por ciento de las muertes por tornado. Sus vientos por lo general pueden alcanzar hasta 205 mph y más. Son los que pueden arrojar automóviles por los aires, levantar viviendas, lanzarlas a kilómetros de distancia o elevan casas aun de fuertes marcos.
Estábamos sentados y en cinco minutos el agua nos cubrió las piernas. En otros cinco minutos el agua nos había llegado a la cintura. La tienda nos protegía pero ahora estaba convertida en una trampa. No sabíamos de qué magnitud sería ese tornado. Si eso continuaba ahí mismo nos ahogaríamos. Si arreciaba volaríamos. No tuvimos tiempo para deliberar. Les dije que en cinco minutos más tendríamos que lanzarnos hacia fuera nadando en dirección de la corriente, procurando esquivar la maleza tan agresiva y sobre todo los arbustos que llaman “espinosillos”.Ya habíamos observado que el agua se iba en una dirección y hacia ahí tendríamos que lanzarnos.
 Luis  hizo un lado la tela de la entrada para arrojarse a la corriente cuando todo pasó. El sol salió y en media hora más todo estaba tan endiabladamente caliente como antes. La ropa se secó y el agua había desaparecido tragada por la arena. El cielo volvía a mostrarse azul profundo y sin nubes.
Fue un tornando de los llamados “débiles”. De todas maneras la sierra nos había atenuado el impacto. Si este tornado no agarra en lo alto del  erg  probablemente habíamos volado los tres con todo y tienda.


Advertencia: Con la desaparición del ferrocarril, que tuvo lugar en el país, es probable que este servicio, que mencionamos en el relato, ya no exista a la fecha.

Hay más peligro en cruzar una calle de la ciudad que en cruzar un peligroso, desconocido y seco desierto (hacer click en video)

video





El 21 de junio de 2013 el Desierto de Altar y la Sierra del Pinacate fueron declarados patrimonio de la humanidad. Esta nota fue publicada el 22 de junio por EFE:





La reserva mexicana El Pinacate declarada patrimonio mundial de la Unesco
EFEPor grc/cat | EFE – vie, 21 jun 2013
La Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, en el estado de Sonora, fue declarada este viernes como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco


Bangkok, 21 jun (EFE).- La Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, en el noroeste de México, fue declarada hoy patrimonio de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
En la reunión que se celebra en la capital de Camboya, la Unesco acordó la inclusión de esta reserva, la única propuesta iberoamericana nominada para entrar este año en la lista a petición del Gobierno mexicano.
El Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco destacó en un comunicado el impresionante paisaje con los volcanes dormidos y ríos de lava negra y roja de El Pinacate en la parte oriental, así como las dunas de arena cambiantes del desierto Gran Altar en el oeste.
"Diez cráteres enormes, profundos y casi perfectamente circulares también contribuyen a la belleza de este lugar cuya excepcional combinación lo convierte en especialmente interesante para la ciencia", señala el comunicado acerca de El Pinacate.
Recientemente, la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) de México destacó que la nominación de esta reserva, situada en el estado de Sonora y que ya ostentaba el título de reserva de la biosfera, comenzó hace ocho años cuando el Gobierno mexicano comenzó las gestiones.
Esta área natural protegida "alberga a más de mil especies de flora y fauna, por lo que es considerada como el desierto más biodiverso del mundo", detalló el ministerio mexicano.
La zona cuenta con 40 especies de mamíferos, 200 de aves, 40 de reptiles, así como anfibios y dos especies nativas de peces de agua dulce.
"Además de ecosistemas frágiles representativos de áreas desérticas y de vegetación de dunas móviles y estabilizadas que sustentan una enorme fauna silvestre", agregaron las autoridades mexicanas.
Según defensores del medio ambiente, en la zona hay especies endémicas, amenazadas y en peligro de extinción como el berrendo de Sonora, el borrego cimarrón, el monstruo de Gila y la tortuga de desierto.
México cuenta ya con cuatro sitios naturales que son patrimonio mundial o de la humanidad: la Reserva de la Biosfera Sian Ka'an (1987), el Santuario de Ballenas El Vizcaíno (1993), las Islas y Áreas Protegidas del Golfo de California (2005) y la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca (2008).
El Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco, reunido desde el pasado domingo en Phnom Penh, aborda la inclusión en la lista de Patrimonio de la Humanidad de 32 lugares de importancia cultural o natural como el Monte Etna (Italia) o el Palacio de Golestán (Irán).
Además, el organismo, que clausurará la reunió el próximo 27 de junio en los templos de Angkor (Siem Reap), analiza el estado de conservación de lugares declarados patrimonio de la humanidad en Siria y Mali, afectados por la guerra, así como el Parque de Doñana en España y el casco histórico de Valparaíso en Chile. EFE




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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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