SANTAYANA, EL ÚLTIMO DE LOS FILÓSOFOS VEJESTORIOS


La Ironía del liberalismo, George Santayana, 1921

Santayana prefiere la libertad a la riqueza personal. No se crea que es un vagabundo, antisocial o alguna especie de existencialista. Sólo denunciaba que la riqueza personal era una trampa tendida por los oradores para engatusar a las masas de pobres obreros, hacerlos sentir importantes y enviarlos a la guerra a luchar por los intereses de esos  oradores.

Si el pobre combatiente tenía la suerte de regresar, aunque fuera mutilado, encontraría su casita, sentaría a su hijito en sus rodillas y, una vez más, pensaría en las pocas oportunidades que hay para trabajar, comer, estudiar, educarse y divertirse. Rambo, el ultra especializado boina verde para triunfar en los campos de batalla, le dice ahora a su instructor militar, cuando está de regreso en su patria, algo así como que ahora  ni para cuidar coches en los estacionamientos nos quieren.

 Ahora en la posguerra el obrero  estaba peor que antes de la guerra. Y seguramente asistiría  a la próxima manifestación contra la guerra aunque fuera en silla de ruedas entre la multitud. O aceptar, como es el tema de una novela de Hemingway, que su amada esposa haga el amor con otro porque a él en la guerra una granada le voló los testículos…

Este  trabajo de Santayana fue publicado en 1921, en Estados Unidos. Leído un siglo más tarde, se verá que Santayana, con sus voces de alertar al pueblo de “banqueta“, fue  un preclaro vidente al que nadie en realidad hizo caso. Él está consciente cuando escribe: “yo soy un vejestorio y casi un filosofo antiguo, y no cuento”.

Dice que los antiguos tenían mucha claridad que la libertad y la prosperidad difícilmente son compatibles; “Confiaban en que el Estado les condujera en la religión, las costumbres y el servicio militar; ni siquiera en la moral personal y familiar escatimaban la más estricta disciplina. Siendo pequeños y en constante peligro de destrucción, sus Estados necesitaban estar intensamente unidos.” 
Como fuera la vida,tenían cierto progreso en todos los órdenes.

Lo que hizo el liberalismo fue introducir el término “prosperidad”. El progreso era cultural, la prosperidad, en cambio, fáctica o inmediata. Como el contraste  de los contenidos de un buen  libro y de un diario.

Lo que hizo el liberalismo, de aquellos tiempos, fue diseñar el gran sofisma que prosperidad y libertad sí eran compatibles. Entre más compráramos éramos más libres. Se afirmó el derecho a interpretar libremente las Escrituras:”Un hombre sin tradiciones, si pudiera estar bien provisto, sería más puro, más racional, más virtuoso que si fuera un mero heredero.”

Eran ya cosas del pasado la mirada romántica en el amor, tocar la guitarra a la luz de la luna, abandonarse a la fantasía a la puerta de la iglesia y jurar un matrimonio para siempre. Como venía sucedido desde antes de la Edad Media.

Ahora, sí había liberalismo, había que ser libres en todo: “¿Qué libertad le ofrece el últimos de los radicalismo al corazón?-escribe Santayana-.La libertad del divorcio, del divorcio oneroso, con perjurios miserables y escándalo público, probablemente para volverse a casar en seguida, hasta el siguiente divorcio.”

Santayana no era dado a lo religioso, como si lo fueron Leibniz, Berkeley, Kierkegaard, Spinoza,Max Scheler  y en alguna medida el mismo Kant. Es probable que Santayana, dueño de una gran cultura, se fuera a vivir a Roma siguiendo  el sueño de estar en la tierra que habitaron Horacio, Séneca, Cicerón y toda la tradición filosófica grecolatina.

Pero también  este panorama del liberalismo, que buscaba sustituir progreso por prosperidad, haya motivado a Santayana a pasar  sus últimos veinte años de vida en Italia, donde a la sazón perduraba el matrimonio “para siempre” y los enamorados todavía  se decían cosas románticas a la luz de la luna.  Tal liberalismo chocaba tanto a su espíritu que acabó declarándose como un “vejestorio”, a tal punto, que no entendía plenamente siquiera  por qué la gente se hablaba por teléfono:

“A menudo me pregunto, viendo a mis amigos ricos, hasta qué punto sus posesiones son una ventaja y hasta qué punto un inconveniente. El teléfono, por ejemplo, es una ventaja si quieres estar en muchos sitios a la vez y atender a cualquier eventualidad; es un inconveniente si eres feliz dónde estás y con lo que estás haciendo.”

Santayana  conoció el teléfono de los que salen en las películas de Los Intocables. De haberse esperado medio  siglo más habría enloquecido al ver a sus colegas filósofos (estoicos) de academia con celular de 30 gigas, comunicarse en el mismo momento de marcar hasta el otro lado del planeta, con toda nitidez y viendo la cara  de la persona con la estaba hablando. Diez mujeres hablando por celular dentro una misma unidad del trasporte público. Dos  enamorados en el parque que en lugar de estarse haciendo el amor besándose y acariciándose, están hablando cada uno por su lado en el celular.  Mujeres y hombres de todas las edades sujetando el celular pegado a la oreja y manejando a toda velocidad con la otra mano en la que llevan un cigarro encendido. Alguien sentado en la taza del excusado con el celular en la mano por si alguien le habla. Parejas en el motel interrumpiendo el clímax de la entrega sexual para contestar el celular… Santayana habría enloquecido.

Encontró que lo  que estaba prometiendo ese liberalismo era hacer ciudadanos funcionales para el consumo. Arrancar, como lo hizo en la Revolución Francesa, los grandes contratos, hasta los pequeños, de manos del Estado y ponerlos en manos de los pequeños y grandes burgueses. Y pasar de una cosecha agrícola de autoconsumo a una economía de mercado especulativo.
Dibujo tomado de El Pais, España, 11 octubre 2014

El progreso, ese que habla de la educación académica y de la cultura, quedaba en un trasfondo poco visible. Porque la educación universitaria es costosa, muy cotosa, y las masas de obreros y sus hijos no podrían ni soñar con tener acceso a ella.

Y la universidad pública casi una ilusión sólo para llenar el expediente de nación moderna. Los presupuestos que los gobiernos del mundo  destinan para la educación pública (con excepción de dos países) son siempre magros.

Los exámenes de aptitud casi un sofisma. De veinte millones de jóvenes que hacen el examen serán aceptados trescientos mil. Los que mejor promedio pueden obtener. Ganaron los niños que en sus primeros cinco años de vida fueron alimentados con leche de alta calidad.


Los otros diecinueve millones y medio de rechazados habían sido alimentados, si bien les iba, con leche de escasa calidad pero eso sí abundante en grasas que lejos de alimentarlos los llevaba a la obesidad prematura. Mal alimentados, rechazados de la educación media superior, tenían que irse a la guerra a pelear por la tan anunciada prosperidad que les prometía el liberalismo.

Niño precarista en camino de hacer  examen de admisión.
Ilustración de Max. El País,España, 11-01-14

Santayana empieza así este trabajo: “Para los antiguos, que algo sabían de estas cosas, la libertad y la prosperidad eran difícilmente compatibles; sin embargo el liberalismo moderno quería reunirlos. Los liberales creen que la libre invención, la libre asociación y el libre comercio producen la prosperidad.”

Al final es cuando Santayana se declara un filósofo vejestorio. Lo imaginamos caminar lento por las calles de la vieja Roma, en la última etapa cronológica de su vida, meditando en las formidables  ruinas que el tiempo se tragó. Y diciendo: “Me grada deambular  entre las cosas hermosas que adornan al mundo, pero me aparto de la riqueza privada, o de cualquier tipo de posesiones personales, porque me quitan libertad.”

Y diciendo una vez más: “tal vez lo que el liberalismo aspira a casar no sea tanto la prosperidad como el progreso.”
 
George Santayana
“Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 16 de diciembre de 1863Roma, 26 de septiembre de 1952), fue un filósofo, ensayista, poeta y novelista hispano-estadounidense. A pesar de ser ciudadano español, Santayana creció y se formó en Estados Unidos. A los 48 años dejó de enseñar en la universidad de Harvard y nunca más volvió a los Estados Unidos. Escribió sus obras en inglés, y es considerado un hombre de letras estadounidense. Su último deseo fue ser enterrado en el panteón español en Roma. Probablemente su cita más conocida sea «Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo», de La razón en el sentido común, el primero de los cinco volúmenes de su obra La vida de la razón o fases del progreso humano.”






















































IKRAM ANTAKI BUSCA EL PRINCIPIO DE LA CONCIENCIA


El banquete de Platón-Ikram Antaki

La conciencia  habitó primero en el Pórtico, luego se trasladó a los monasterios y recientemente  se mudó a los laboratorios de química.

Una manzana no sabe que es manzana. Si lo supiera sería señal  que puede razonar, que está consciente  que es manzana. Este pensamiento viene desde los presocráticos, se profundizó con Descartes y los filósofos de los siglos que siguieron.

Ahora lo que Antaki se pregunta no cómo es, sino   cómo  se formó  la conciencia.

Para Chesterton no hay ningún misterio. En El hombre eterno dice que el humano es tal como lo conocemos, ya dotado de conciencia, desde el primer día que empezó la humanidad. Entre los huesos dispersos, que tan afanosamente  buscan los paleontólogos, no han encontrado el eslabón perdido, entre el simio y el hombre, porque en realidad no existe el tal eslabón. Nada se ha perdido. Todo es hoy como fue en el principio, cuando Tezcatlipoca, más conocido como Zeus, repartió los atributos.

Descartes y Chesterton coinciden: “Para René Descartes, la respuesta es simple: Dios puso en nuestro espíritu, desde el nacimiento, la semilla del conocimiento humano” dice Antaki.

Antaki aborda el asunto no desde la creación sino desde la evolución. Los del tercer partido aseguran que se trata de una de tantas  aporías, esas que no tienen solución, y con las que a los humanos les encanta polemizar.

Llegó el tiempo en el que los neurobiólogos aseguran que “la cosa en sí” depende en realidad de alguna parte del cerebro. Amor y conciencia son productos de descargas eléctricas y fluidos hormonales. El espíritu humano es un manojo de células: “La consciencia resultaría de una actividad distribuida en unos subsistemas cerebrales diferentes.”

En la mitad del siglo veinte hubo una enorme producción de este tipo de literatura hasta convertirlo en género. Había a la sazón mucho escepticismo con relación a la existencia de Dios y en cambio mucha credibilidad que la Bolsa de valores acabaría con la pobreza.

Luego lo de las descargas eléctricas se fue hasta los terrenos de la fantasía y el género empezó a declinar. Alguna vez Antaki, refiriéndose a la hipótesis cartesiana, de un teatro único, escribió (en El banquete de Platón), que “ya nadie creía en un pequeño hombrecito instalado en el cerebro humano dirigiéndolo todo.”

Se retomó la pregunta cómo fue que apareció la conciencia. Se releyeron los grandes textos de los siglos. Tratar de desenredar lo que se había enredado y ciencia y religión marchar paralelos, como las vías del tren, cada una hacia su destino luminoso buscando la superación del humano.

 La superación de la humanidad, ¡toda!, es la razón suficiente de la manifestación de la vida y todo lo demás son pleitos de comadres en día de lavadero. Los laicos con su ética y los religiosos con su metafísica. ¡Y a darse prisa porque ya somos siete mil millones de humanos en este planeta que necesitamos comida, escuela, vestido cultura, fuentes de trabajo y diversión!

“Dios es una cosa en sí, un noúmeno, mientras que nuestra experiencia sólo puede ser una experiencia de fenómenos.”Kant fue el primero que dijo esto.

¿Pero cómo pudo surgir del fenómeno algo que esta fuera de la causalidad? Maine de Biran, entre otros, cree que la conciencia empezó por situaciones antitéticas, por todo aquello que se nos resiste o que nos amenaza.

La falta en la conducta, o la ausencia de virtud, que San Agustín llama pecado, fue como empezó la conciencia en el humano, esa especie de subjetivismo más allá de las pulsiones. Recordemos que   al día siguiente de una borrachera no precisamente brilla el sol.

Jean Wahl, comentando a Hocking, pone a los otros y a Dios como referentes de mi conciencia: “Muestra que en todo acto de conciencia se siente la presencia de nuestros congéneres y de Dios.”(Introducción a la filosofía)
Homínidos ¿De aquí brotó la conciencia o aquí se manifestó?

Es cuando entran en escena la yoidad y la otredad, el yo, mi yo, porque hay conciencia del otro: “un yo, soy yo, y lo puesto en el mismo acto por mí, y no por sí mismo, como un yo, eres tú.” Dice Fichte (Segunda Introducción a la teoría de la ciencia)

Está la angustia de Kierkegaard que, según él, procede de la falta primordial. La duda en San Agustín: “el que duda, vive, tanto si está dormido como si está despierto, vive.”

El principio de la conciencia ya estaba maduro desde que Tucídides escribió, hace casi veinticinco siglos, su famoso axioma que busca remediar. Repetir para aprender para remediar. Todo eso hace pensar, tener conciencia.

Dese luego la experiencia de   ver morir a alguien es algo que siempre hace tomar conciencia de mí mismo. Como Diógenes Laercio relata la muerte de Zenón, el de la escuela estoica. Cuando, ya viejo, sintió que las fuerzas lo abandonaban, exclamó: “He aquí que vengo ya: ¿por qué me llamas?”
Ikram Antaki

“La conciencia de la muerte, agrega Antaki, y la creación artística pueden ser consideradas como los indicios de esta forma  de conciencia más elaborada que es la conciencia de sí.”

Al final, de un recorrido por los siglos, tal vez sigamos haciéndonos la pregunta de Antaki: “¿Cómo es que la conciencia ha aparecido a lo largo de la historia en los homínidos?
























SCHOPENHAUER EN VIAJE HACIA EL MINGITORIO


Los dolores del mundo-Arturo Schopenhauer

Cuatro tipos pequeños burgueses, aburridos de la vida, deciden irse de aventura y conquistar el mundo montados en motocicletas. Es el tema de una película estadounidense y uno de ellos es John Travolta.

El plan es atravesar el país de este a oeste recorriendo las carreteras. Sin teléfonos celulares ni relojes. Nada que les recuerde, al menos por un tiempo, la vida rutinaria que han  llevado hasta ahí en la ciudad moderna  y que ha acabado por hacérseles insoportablemente monótona.

 Al final, después de pasar  una serie de aventuras que hacen reír, se dan cuenta que habían perdido de vista que vivían en una situación ordenada hogareña, de trabajo y llena de afectos. La loca, absurda y ridícula aventura,  resultó altamente didáctica. Agarrar conciencia de lo que se tiene antes de perderlo. O no perderlo pero estar en la inconsciencia que se vive en un mundo feliz, humanamente feliz.

Mamá, dice el niño, hijo de uno  de los aventureros, mi papá  se va a conquistar el mundo. Lo dudo, comenta la mamá, cómo puede conquistar el mundo si cada veinte minutos tiene que ir a mear.

Y, en efecto, la juventud no sabe que, llegando a cierta edad, hay que ir a mear cada hora o algo así. Si se tuviera conciencia de ello se vería que viajar en autobús de México a Chihuahua (24 horas), sin ir al mingitorio, es la novena maravilla del mundo.

Uno de los grandes mafiosos de una película de El Padrino, dice: ”daría la mitad de mi fortuna por poder otra vez mear bien”.

Ese es el mundo de la inconsciencia en el que vivimos al que Schopenhauer se refiere en su obra Los dolores del mundo. Viajar hacia el contraste resultaría altamente didáctico, revelador. No se trata de un gen patológico de la eterna inconformidad sino de un “simple”  asunto de  inconsciencia.

Desde luego tengo mucha conciencia que, por enésima vez, no lleguemos a las finales en el próximo mundial de futbol en Brasil. Como aquel ingrato que menciona Taleb (en El cisne negro): “No seamos como el ingrato al que le regalan  un castillo  y se preocupa  por la humedad del cuarto de baño:”

En cierta ocasión un grupo de cinco periodistas mexicanos  se propusieron escribir sobre la vida. El hambre, el mundo laboral, el matrimonio y otros temas. La redacción del diario aceptó, en cada tema, sólo uno y desechó cuatro. Eran interesantes trabajos de investigación bibliográfica y hemerográfica. El trabajo aceptado, en cambio, había sido extraído de la realidad, de la vida vivida.

El trabajo aceptado  sobre la vida dice de una visita  al anfiteatro de la Facultad de Medicina. Escribe que la impresión que recibió, en esa pequeña sucursal del reino de la muerte, fue un brutal latigazo que resultó como un segundo nacimiento pero ahora sí consciente de lo valioso que es vivir. Y empezaba diciendo que la vida  es como una tarjeta de débito que se reduce sin remedio…

El que escribió sobre el hambre dice que intentó vivir tres días, sólo tres días, sin llevar un solo centavo en la bolsa ni tarjeta alguna ni mercancía de trueque.  Nadie puede entender la pobreza hasta que carece de lo necesario para pagar el pasaje del trasporte público.

El del tema del mundo laboral tocó la puerta, entre otros miles de individuos que hacían lo propio, de las bolsas de trabajo. Las pocas oportunidades que encontró fueron bajo la maldición del outsourcing. Sin seguridad en la permanencia del trabajo, sin prestaciones, etc.

El que escribió sobre la libertad, curiosamente no lo hizo sobre el mundo de las cárceles. Fue a los hospitales y conoció a los que agonizan por haber vivido esclavos de alguna adicción como el tabaquismo, el alcoholismo, para sólo mencionar las “patologías autorizadas”

El del matrimonio conoció personas sumidas en inmensurable soledad a las que la Biblia se refiere como “No todos nacen para el matrimonio”. También conoció a las parejas en situación de divorcio que gimen bajo el “síndrome de Medea”, como se llama a  la insana práctica de usar a los hijos de ambos para ofender a la ex pareja.

El que escribió el resumen de esos reportajes anotó que cuando la tan buscada, cómoda y envidiable vida de la ciudad, fue despojada de cierta dosis de ascesis, o como antes se le decía, estoicismo, y ganó el consumismo y el sedentarismo, se perdió mucha de la conciencia  que tenemos, en algún momento de nuestra vida, de los seres, las cosas y las situaciones.

“Salud, juventud y libertad, los tres bienes mayores de la vida mientras los poseemos, no tenemos conciencia de ellos, no los apreciamos sino  después de haberlos perdido. No prestamos atención a los días felices de nuestra vida pasada, sino después que fueron reemplazados por el dolor”, escribe ese viejo sabio tenido por muchos como un insufrible gruñón cascarrabias, Schopenhauer.

Lo entendemos hasta que agarramos nuestra motocicleta para conquistar el mundo. Pero ahora, ya en la edad de las menopausias y los prostáticos, se hace  presente el detalle que cada hora tenemos que ir al mingitorio... Y nostálgicos recordamos cuando viajábamos hasta Chihuahua…

Ahora que si alguien tuvo conciencia, desde su juventud, debe considerase una mente privilegiada.
 
Arturo Schopenhauer
“Arthur Schopenhauer [Acerca de este sonido 'ʔatʰu:ɐ 'ʃo:pnhaʊɐ (?·i)] (Danzig, 22 de febrero de 1788Fráncfort del Meno, Reino de Prusia, 21 de septiembre de 1860) fue un filósofo alemán. Su filosofía, concebida esencialmente como un «pensar hasta el final» la filosofía de Kant, es deudora de Platón y Spinoza, sirviendo además como puente con la filosofía oriental, en especial con el budismo, el taoísmo y el vedanta.”
















SPINOZA BUSCA LA LIBERTAD EN UN MUNDO YA DETERMINADO


Ética
Spinoza
Editorial Porrúa,S.A.
Serie Sepan Cuantos...Núm.319
1977
Primera edición 1670 


Si es un mundo determinado es que está razonablemente planeado. Son mis limitaciones  las que me impiden verlo así. Como sea, este contrasentido es el que tiene  que resolver Spinoza: ¿Libertad en un mundo ya determinado?

En esto Spinoza coincide con Leibniz  que cree  en una armonía predeterminada del universo en el que hasta los milagros (esos que parecen salirse de la causalidad) son parte de la lógica  de esa armonía.

Spinoza es el clásico ejemplo de que su filosofía es como queramos verla. No como él la escribió sino como yo la veo. Con un espíritu de abstracción o de secta cultural. Por eso, a semejanza de lo que pasa con Platón, Spinoza será un materialista para unos y un religioso para otros. De ahí que sea un filósofo muy controvertido.
 
Estatua a Spinoza, cerca de su casa

Empezando que, por no seguir una lectura literal de la Biblia, este pensador moral fue expulsado, del seno de su comunidad judía, de Holanda, en el siglo XVII, bajo el estigma de inmoral. En este aspecto Spinoza recuerda a Sócrates. Ramón Xirau dice de él: “Pocos filósofos han alcanzado el grado de serenidad espiritual como éste pensador aislado, solitario en un mundo que considera perfectamente equilibrado. Spinoza murió conversando con sus amigos.”(Introducción a la historia de la filosofía) en 1677.

En este siglo veintiuno ya no tenemos idea de lo que significaba en los días de Spinoza eso de la lectura literal o no. Como ejemplo citaremos la historia del descubrimiento de la cueva de Altamira, en España acaecida en el siglo diecinueve. Sus pinturas tenían ya 30 mil años de antigüedad. ¿Cómo era posible eso en un mundo que sólo tenía 6 mil años?

Que Spinoza, doscientos años antes de lo de Altamira, dijera que así no se debería leer la Biblia, era una herejía. La libertad de pensamiento era uno de los valores que perseguía Spinoza y tuvo que irse a vivir en los horizontes más amplios del pensamiento universal, ya no del “mundo.”
 
Estudio en la casa de Spinoza
Y este modo de pensar es lo que lo lleva  a quedar parado en una situación filosófica desconcertante. Si la vida está determinada por Dios, en un mundo equilibrado por Dios, como él creía firmemente, ¿de qué libertad estaba hablando?

Es cuando piensa en la cara opuesta de la libertad. La esclavitud habla de nuestras pasiones que nos impiden llevar una vida serena y de amor. Por el amor y por la razón el humano puede ser libre. Nuestras limitaciones son la que nos hacen  pensar en un Dios limitado que impone camisas de fuerza a sus creaturas.

Pero no se trata tanto de una razón académica sino la que lleva  a la sabiduría de saber renunciar a mí mismo. La esclavitud está en las pasiones y lo que Spinoza dice es que si somos esclavos por nuestras pasiones podemos ser libres por nuestra razón amorosa. No razón atómica sino una razón capaz de hacer juicios subjetivos, humana.

¿Dios espiritual y racional? En ese época también se creía que Dios era espiritual solamente y nada que ver con lo mortal. Spinoza cree que Dios tiene inmensurables atributos, ¿por qué no va a tener el de la razón?

El mundo entonces está equilibrado. Razonablemente equilibrado. Tener la conciencia de tal cosa es saber conquistar la libertad.

Así es como Spinoza llega a la conclusión de que los humanos somos libres cuando tenemos conciencia de que estamos determinados. En la medida que  nos alejamos de la inconsciencia.

 
Spinoza
“Baruch Spinoza (conocido como Baruch de Spinoza o Benedict/Benito/Benedicto (de) Spinoza, según las distintas traducciones de su nombre, basadas en distintas hipótesis sobre su origen) (Ámsterdam, 24 de noviembre de 1632 - La Haya, 21 de febrero de 1677) fue un filósofo neerlandés de origen sefardí portugués, heredero crítico del cartesianismo, considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés René Descartes y el alemán Gottfried Leibniz


















C.S.LEWIS Y LEYENDO A PLATÓN


¿Por qué Platón es para unos un materialista y para otros un idealista?

En el acto de leer brota, de manera automática, el asunto de la libertad en lo que respecta del tema  que queremos leer. Pero sobre todo cómo    podemos leerlo. ¿Podemos leerlo desde nuestro subjetivismo  como lo escribió el subjetivismo del autor? O no he leído directamente y me atengo a lo que de Platón he escuchado de otros que dicen haberlo leído.

Tendré que leer y juzgar por mí mismo. Porque Lewis anota que es del todo pernicioso sembrar el escepticismo en alguien con relación a  algún libro: “Una de las cosas más perniciosas que puede hacer el profesor  es incitar a abordar toda obra literaria con desconfianza.”
C.S.Lewis

De hecho la  intención de ese profesor sería loable en   prevenir de la manipulación que esconde tal o cual libro. Esto porque  el mundo de la literatura, como  el del cine, está lleno no sólo de trivialidades sino también de intereses de los que más vale alejarse a toda prisa.

Pero esta apreciación, esta advertencia, está dicha  desde el subjetivismo del otro. Y aquí volvemos a encontrarnos con aquello que no hay dos subjetivismos iguales o, como dice el lugar común, ”cada cabeza es un mundo”. Ni sus pulsiones ni sus experiencias culturales son las mismas.

¿Cómo decir que un libro es de calidad universal o sólo  un sofisma para incautos o un “boom” artificial para aliviar las finanzas de las editoriales?

Para uno la melodía beegin puede parecerle bella porque le está planteando volver a empezar a vivir la vida después de un desastre sentimental con una muchacha. Al otro, nostálgico, le recuerda la remota ocasión que junto con sus amigos, casi adolescentes, fueron a una fiesta y de esos amigos ya casi todos han muerto. El anhelo de vivir otra vez la vida.

Cada quien ve el mundo según su capacidad. Un geólogo, un historiador, un policía y un filósofo, verán cuatro mundos distintos caminando por la misma calle. 

Como esos indicadores en cinco idiomas que hay en los museos, para el público, cada quien leerá en el idioma que lo pueda hacer.”Lo que atrapa a un lector no atrapa a otro”, dice Lewis. Un francés leerá el letrero en francés y un ruso en ruso.

Así en la lectura del libro. Cada quién encontrará  su lectura no según la escribió el autor sino cómo se reflejó en ella el lector: “Cada uno atribuye a su autor preferido lo que cree que es la sabiduría; y, desde luego, esa elección dependerá del calibre de su propia inteligencia. Si es tonto, lo que encontrará y admirará  en su autor será pura tontería; y si es mediocre, pura trivialidad. Si, en cambio, se trata de un pensador profundo es probable que valga la pena leer lo que proclama y expone como la filosofía de su autor.”

 Y si el autor es el que no sirve pronto se le descubrirá y dejará de lado, como hacemos con un film que a los cinco minutos nos damos cuenta que más vale cambiarle de canal.

Pero parece que hay que empezar, como esas películas norteamericanas que, a media película, se regresa por donde debió empezar, con un letrero que dice: “20 años atrás”.

Lewis dice que no hay que prevenir, predisponer, pero sí enseñar que el panorama cultural tiene 360 grados. Y para que no se malinterprete como  condicionar o influenciar en las preferencias, pone el símil de la bicicleta. Alguien que en bicicleta enseña el camino a otro que también en bicicleta lo sigue a través de un terreno hasta entonces desconocido para él. Después él recorrerá por cuenta y riesgo el camino ya conocido y encontrará, a partir de ahí, otras nuevas rutas o incursiones exploradas por él mismo. Acertará o se perderá pero eso ya será una cuestión muy suya.

 No es que con ello  sepamos la sabiduría del mundo, sino que estamos en posición de poder leer mejor esa sabiduría, a lo que seguirá la tarea de apreciación. Es decir, apreciación.

La filosofía es el arrecife del que se surten todas las culturas del mundo laico. Novelas, ensayos, periodismo… Pero como la filosofía tiene sus modos de expresarse, da la impresión que es literatura sólo para iniciados, iniciados allá en el fondo de una misteriosa sala, no para el pueblo del mercado. Por eso las revistas de filosofía no se venden en las carnicerías.

 Pero aparte de los modos de expresión filosófica (al dialogo le dicen dialéctica, al movimiento devenir, al pasado a posteriori  y tratar de    deducir el futuro  a priori, etc.) la filosofía no nos describe otra cosa que lo que pasa con la gente del mercado.

De hecho la filosofía, como la poesía,  encuentra su materia prima y se nutre de la gente mercado. La inabordabilidad inicial de la filosofía es la misma enfermedad que sufre la poesía, por eso hay tan pocos lectores de poesía que no pueden leer al millón de poetas que hay en el mundo:

 “no estoy seguro de que haya que culpar a nade-dice Lewis-.Cuanto más refinado y perfecto se vuelve  un instrumento para su desempeño de determinada función, es natural que menos sean  las personas que necesiten, o sepan, utilizarlo…La poesía moderna es demasiado difícil para la mayoría de la gente. Pero tampoco los poetas deben quejarse de que no se les lea. Si el arte de leer poesía  requiere un talento casi tan excelso como el arte de escribirla, sus lectores no pueden ser mucho más numerosos que los poetas.”  Y luego viene aquello que el subjetivismo del poeta es el del poeta que la escribe, que difícilmente puede decirle algo al  poeta que la lee.

Para unos Platón en La República es un materialista y para otros es un idealista ¿Con cuál Platón me quedo? Con el Platón que pueda entender. Entre más armas filosóficas posea tal vez pueda tener acceso a otro Platón.

Para Withehead “Toda la filosofía europea no es otra cosa que una serie  de notas al pie de las páginas de Platón” (citado por I.M.Bochenski: La filosofía actual) y Jean Wahl dice, en Introducción a la filosofía, “Platón no será jamás superado”.

Ikram Antaki

Ikram Antaki dice que Platón profundizó tanto en el tema del alma que, de hecho, este filósofo marcó  la pauta para las cosas espirituales en la cultura occidental: “De todo esto queda casi una definición del alma que marcará todo el espiritualismo después de Platón.”

Pero también puedo creer que Platón dice una sarta de absurdidades. Aquí es donde C. S. Lewis anota: “La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena  de la buena.”

En literatura priva una situación caótica en realidad. Uno, que llamaremos “X”, ha leído a un autor, en este caso, que nos ocupa, a Platón. X1 se refiere a Platón sin haberlo leído sólo en base de lo que leyó de “X”, X2 comenta de Platón de lo que leyó de X1,X3 opina de Platón de lo que leyó de X2…y así, yo puedo ser X36 que leí de Platón lo que escribió X35. ¿De qué Platón estamos hablando?

Sin considerar que ya el mundo de las traducciones es muy complicado (leer a Cervantes en inglés con una traducción del español del siglo veinte que ya no se parece al del siglo dieciséis. O al Popol Vuh en español que fue traducido del alemán el cual se sacó del maya-quiché).

Leer la buena literatura, como dice Lewis, que sale de contraste de  la mala literatura. Con el agregado que sea la lectura directa del original. Ya meterse en el mundo de las traducciones que es, como apuntamos, complicado pero, al menos, es lo más cercano al pensamiento original de Platón si lo leemos directamente en la traducción y no en el N comentario.
 
Platón
“Platón[n. 1] (en griego antiguo: Πλάτων) (Atenas o Egina,[1] ca. 427-347 a. C.)[2] fue un filósofo griego seguidor de Sócrates[n. 2] y maestro de Aristóteles.[3] En 387 fundó la Academia,[4] institución que continuaría su marcha a lo largo de más de novecientos años[n. 3] y a la que Aristóteles acudiría desde Estagira a estudiar filosofía alrededor del 367, compartiendo, de este modo, unos veinte años de amistad y trabajo con su maestro.[n. 4] Platón participó activamente en la enseñanza de la Academia y escribió, siempre en forma de diálogo, sobre los más diversos temas, tales como filosofía política, ética, psicología, antropología filosófica, epistemología, gnoseología, metafísica, cosmogonía, cosmología, filosofía del lenguaje y filosofía de la educación; intentó también plasmar en un Estado real su original teoría política,”





FICHTE DEFIENDE LA LIBERTAD DE LOS NIÑOS


La cuestión se complica cuando vemos que libertad  y disciplina pueden ser  valores antitéticos. Y se complica más cuando buscamos que un niño, competitivo, sea disciplinado y también libre. Por que más adelante será un ciudadano que busca ser libre entre un hato de leyes que le dicen por dónde tiene que  ir.  O bien se le  “invitará” a que se vaya vivir entre las fieras. Y saque  las uñas con aquellos que también saben sacar las uñas.

La salud del Estado está siempre presente en Platón, como más tarde lo estará en Hegel. Como siempre lo estuvo en Tlacaele, el gran legislador de la civilización azteca.

Pero la salud del Estado implica responsabilidad para el individuo en lo físico y en lo ético. Esta responsabilidad por lo regular se traduce en una carga pesada para ser llevada sobre las espaldas.

Para Platón (en La Leyes) esta responsabilidad debe ser vigilada desde la niñez. Cuando los niños empiezan a jugar es cuando, dice, se manifiestan sus tendencias naturales: “infaliblemente estos niños, que  han hecho innovaciones en sus juegos, cuando sean hombres  serán diferentes de los que les han precedido. Que siendo de otro modo, aspirarán también a otra manera de vivir. Lo cual les inclinará a desear otras leyes y otros usos, y todo esto vendrá a parar  en lo que yo he llamado el mayor mal de los Estados.”

Jean Wahl, como Schopenhauer, recuerda que hay valores inmutables que el individuo tiene y tendrá: “Se ha discutido mucho la relatividad de los valores  y sus cambios en el tiempo y el espacio. Pero en realidad hay algunos valores  que permanecen relativamente estables,  porque hay características estables y comunes de la naturaleza humana y también porque el valor tiene una forma, una especie de estructura, perfectamente visible, por ejemplo, en la forma del deber que toma el valor moral.”

Y Fichte dice que al individuo se le tiene que respetar su individualidad, su yoidad: “Fuera de tí existen también seres semejantes a tí, cuya razón necesita también de estos medios  corporales como necesitas tú, y que deben conservarse del mismo modo que tú te conservas. Permíteles a ellos el mismo  uso de la parte que a ellos corresponde, como su propiedad, y dispón de la tuya de un modo adecuado a tus fines.”

En otras palabras que el mundo está lleno de conductistas y de innovadores en eso de la educación de los niños. Es decir, sólo hay conductistas.

Y ya estamos parados otra vez ante el dilema social, o la disyuntiva individual, del proceder  de los padres, o los tutores como se llamen, deben tener frente al individuo. El viejísimo y siempre actual dilema de cómo educar a los hijos. Entre la ensoñación y la realidad.

Sabemos que en la actualidad hay varios modos de ver la cuestión. Que el niño, ya en la escuela, entre al salón y empiece a aprender cuando él decida. Entre tanto, que haga o que no haga, es su decisión. O el modo tradicional que, a los 23 años de edad, ya debe tener en sus manos al menos  el título de licenciatura universitaria porque el mundo laboral  entiende capacidades y no de libertades.

Como el pueblo azteca siempre tuvo la mentalidad de ser un pueblo hegemónico, sus niños desde el hogar, y luego el  calmecac y el telpochcalli, colegios para la clase dirigente y para el pueblo medio, respectivamente, eran sometidos  a una disciplina que recuerda a los niños lacedemonios de la antigua Grecia.

El niño azteca que le daba por el sedentarismo,  y se desatendía de sus deberes en la casa, era encerrado en un cuarto, sin ventanas, y con un brasero encendido  al que sus padres   arrojaban chiles (ají) para que su humo fuera respirado por el rebelde. Una idea aproximada de esto la tenemos, en la actualidad, en los gases lacrimógenos que se arroja a los manifestantes en las calles. O bien se le despertaba  en la madrugada y se le enviaba a traer leña o frutos del  campo. Que se enfrentara  con la soledad, con la oscuridad, con el rigor de los vientos, la lluvia, la nieve, el hambre y la sed.

Este niño azteca recién nacido tiene deberes y pocas libertades (Códice Durán).

La idea es que si no había una niñez sana no habría un Estado sano. Era la casi absoluta negación de la libertad del niño. Una aberración vistas desde  de los derechos actuales de los niños.

 Todo esto, que parecen cosas horriblemente estoicas,  del pasado, está en realidad  omnipresente en nuestra vida actual, con los deportistas, en especial con los deportes que se practican al aire libre, como el alpinismo, el atletismo, cruzar desiertos  caminando, etc. De hecho sin disciplina no hay deporte.

En la actualidad ya no es así con los niños  en México. Pero la sociedad está enferma. La Secretaría de Salud  informa que la población infantil en  el país, y lo mismo  la población adulta, ocupa el primer lugar mundial en sobrepeso y en obesidad y, claro, en hipertensión y diabetes. Las  cantidades de dinero que el gobierno gasta en la atención de sus centros hospitalarios, de atención gratuita, apenas se pueden imaginar.

Perdidos en este laberinto de la disciplina y la libertad de los niños,  es cuando leemos que hay en el mundo libros para niños, que bien podríamos leerles los adultos, sin más intenciones conductistas y sí  que tengan acceso a la cultura integral.

 Dice que les  leamos buenos libros porque en caso contrario difícilmente la lectura será una actividad significativa para el niño. La calidad del libro infantil sí cuenta, dice, a pesar de lo que muchos creen: “En la interacción entre el niño y el libro está presenta la construcción de la identidad individual y, me atrevería a añadir, de la colectiva.”

Gustavo Puerta Leisse es el autor de esta cita y fue  publicada en el diario El País, de España, el 28 de diciembre de 2013.
 
Fichte
“Johann Gottlieb Fichte (Rammenau, 19 de mayo de 1762Berlín, 27 de enero de 1814) fue un filósofo alemán de gran importancia en la historia del pensamiento occidental. Como continuador de la filosofía crítica de Kant y precursor tanto de Schelling como de la filosofía del espíritu de Hegel, es considerado uno de los padres del llamado idealismo alemán.”














Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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