SÓFOCLES, AYAX INVENCIBLE GUERRERO DERROTADO

 


Referencias:

 Sófocles, Las siete tragedias, Editorial Porrúa, México, 2017

Homero, La Ilíada, Biblioteca Edaf, España, 2009

 

Nadie lo venció, fue una diosa olímpica que lo volvió loco.

Es la manera que Sófocles  tiene de advertir que los supremos, poderosos e intocables, pueden, no obstante, morder el polvo.

Los medios nos informan  todos los días que siempre   hay dos o tres casos en el mundo  que confirman lo que Sófocles escribió veinticinco siglos atrás.

Áyax de Telamón, de los griegos que sitiaron Troya, era el  guerrero más fuerte, valiente y osado, después de Aquiles, se dice.

En realidad Ayax era el más fuerte pues actuaba desde su humanidad, en tanto Aquiles era auxiliado en la batalla por su madre, la diosa Tetis, “la de los argentados pies”,  y por su abuela,  la diosa  Hera, “la del áureo trono”, esposa de Zeus…

 

 


            Diosa Tetis, madre de Aquiles y del mortal rey Peleo.

                                Tomada de Internet

Al final, en el Canto Vigésimo Segundo, cuando tiene lugar el combate mortal entre Héctor, el del casco tremolante, y Aquiles, no es Aquiles el que vence a Héctor. Aquiles lanza contra Héctor su lanza que jamás fallaba pero esta vez Héctor logra esquivarla, con lo que queda indefenso frente a Héctor, y es Atenea que vuelve a poner la lanza en manos de Aquiles…

Homero relata que, Agamenón le restrega a Aquiles, “el de los pies ligeros”, en un enfrentamiento por la posesión de  Briseida, la esclava que éste se llevó cautiva como botín de guerra: “Si tu valor es grande, haces mal en vanagloriarte, ya que algún dios te lo ha dado.”

Áyax es la obra más  completa que se ha conservado de Sófocles, de las ciento veintitrés piezas dramaticas, que se cree que escribió este poeta pero que, salvo siete, no han llegado por haberse perdido.

Se considera que Sófocles es el más grande de los poetas trágicos de la antigüedad griega, por sobre Eurípides y Esquilo.

La obra fue escrita en el año  442 a C. Su importancia, imperecedera, siempre actual, desde ese remoto tiempo  por su desarrollo y por los pensamientos de calidad que expresan sus diversos personajes que la componen, incluido el coro, al que se le considera otra persona.

Ayax es terrible en el combate (con su “escudo como torre. De oro es, pero tiene de recubierta siete pieles de bueyes gordos, muy variado y distinto en sus labores, y como refuerzo le puso arriba una octava capa de bronce”)  por vencer al que se le ponga enfrente será, sin embargo, llevado a probar la derrota.

Una diosa, Atenea,  “la de los brillantes ojos”, lo vuelve loco. Y será Atenea, como se apuntó arriba, la que en realidad sea la que al final venza a Héctor.

En la obra de Sófocles ahora se  disputan las armas  del famoso Aquiles que ha muerto en manos de Paris. El mejor guerrero será el que  herede sus armas… Sin lugar a dudas, Ayax se considera ya dueño de las valiosas armas.

Y, sin embargo los jueces, presionados por los hermanos Agamenón y Menelao, jefes de los ejércitos sitiadores de Troya, deciden dárselas a Ulises (del que Homero dice: “el astuto Ulises hábil en tramar engaños, decir finezas y dar prudentes consejos), otro  guerrero valiente.

Es cuando Ayax entra en rebeldía y llega a jurar   contra los hombres y lo dioses, llevado por lo que él cree una injusticia.

Decide pelear  contra sus mismos  aliados griegos. Ayax va a descubrir pronto que “Un día basta para elevar a la humana grandeza y un día basta para abatirla”.

Ayer alguien, dueño de haciendas y vidas,  decidía sobre la suerte de millones de individuos del país sin nombre y ahora… la tarjeta roja de la Interpol lo busca hasta por debajo de las piedras:

 “Todo hombre ha de entenderlo; no importa su enorme estatura, no importa su valentía, también él puede sucumbir al más ligero desliz.”

Ayax hace una verdadera carnicería pero, ya loco, son las bestias a las que da muerte, creyendo que es a los  guerreros:

“¿Qué le pasó? Yo saberlo no puedo. Regresa a poco, y empuja ante sus ojos, en confusión desconcertante, toros, mastines del rebaño defensores y carneros lanudos. Y a unos degüella, a otros descuartiza y a otros atados los vapula en horrorosa ilusión de que son hombres.”

 El final  de Ayax, al tener éste un momento de lucidez, se da cuenta de la jugarreta que le ha hecho la diosa Atenea y  es cuando  él mismo se da muerte, “asesinato de sí mismo” dice Sófocles.

 Los jueces prohíben a su mujer que le dé sepultura pero Ulises interviene ante los jueces y logran enterrar al  que  en vida fue su enemigo:

“También fue mi enemigo en el ejército, desde aquel momento en que yo obtuve las armas de Aquiles. Y eso no me ciega para decir que ante mí yace el varón  más valiente y esforzado de cuantos  a Troya vinimos, con excepción de Aquiles…Cuanto más mi enemigo fue antaño, tanto es hoy mi amigo. Quiero con él  dar sepultura al difunto y darle todos los honores que le corresponden  a un muerto valiente por parte de los que quedan vivos, pero son mortales.”

Otra paradoja. Sus amigos no quieren saber nada de Ayax  por no malquistarse con los jueces y su enemigo, Ulises, considerado por Homero, “semejante a Zeus en la prudencia” lo protege ya de muerto.

  Tecmesa, mujer de Ayax, tambien se enfrenta a Menelao y le recuerda que Ayax vino a la guerra para apoyarlo en su dolorida aventura de marido traicionado y abandonado por Helena.

 “¿Por qué a la guerra vino? ¡Fue por tu mujer! Porque el juramento de colaboración lo obligaba… ¡Ay miseria! Apenas muere el hombre, se desvanece la gratitud que le debían ¡Cuando mucho, resulta un traidor. Ayax, lo ves: este hombre. Hoy ya no te recuerda. Hoy te baldona, y tú, cuantas, cuantas veces la vida expusiste  por él. Todo quedó olvidado. Todo se lo llevó el viento.”

En adelante la obra ofrece   pensamientos de altura. El primero, que por cierto se ha prestado a la polémica por no avenirse nada con los principios eclécticos  de la democracia, es que las órdenes de los superiores se obedecen. De otra manera todo entra en desorden y la patria se hunde en el caos:

“Ten bien sabido que donde se tolera la petulante soberbia y se deja que cada uno haga su antojo, por próspera que sea, aunque le soplen vientos propicios, lentamente se habrá  de hundir la nave de esa ciudad.”

Sigue un pensamiento que recuerda a Epicteto al señalarnos que no hay que aferrase a los seres, cosas o cargos, pues nada, ni  nuestra vida, ni la mujer ni los hijos ni la casa donde habito, ni siquiera los zapatos que llevo, me pertenecen. Una vez muerto, el sepulturero se apresurará a quitármelos.

Homero es prolífico en relatar esta práctica de botín, o rapiña, entre  los ejércitos troyanos y griegos. El que lograba matar a su enemigo se apresuraba, aun en plena batalla, a desvalijar al muerto de su armadura y cuanto llevaba consigo.

 De tal suerte que todo rey (participaron en esa guerra muchos reyes aliados de un lado y de otro) que un momento antes lucia esplendorosas armas, vestidos y joyas, un minuto después no era más que uno de tantos cadáveres desnudos…

Si me pertenecieran esas riquezas nunca las dejaría ir, pero algo, o alguien, se los lleva en contra de mi voluntad. Así como nací si ser consultado, moriré, igualmente sin ser consultado, así con “mis” seres, cosas o zapatos.

Sófocles:

“Somos  todos los vivientes no otra cosa que fantástica ilusión y sombra pasajera que se esfuma.” Per Gynt, el personaje de Ibsen, se pregunta: “¿A dónde se ha ido la nieve del invierno?”

Sófocles nos dice que la vida sigue e invita a vivir del pasado pero no vivir en el pasado. Duro golpe para los que niegan el pretérito y viven inventando la vida a partir de cero: “¿A qué sufrir  lo que ya es pasado?”

No se le escapa a Sófocles que aun el hombre más fuerte como es Ayax, puede no sucumbir ante el enemigo pero poco puede frente a una “débil”  mujer, si ésta conserva la capacidad de  sonreír.

Las mujeres en La Ilíada, desde  esclavas llevadas  como botín de guerra, en los casos de Briseida y Tecmesa, por las que Aquiles y Agamenón están a punto de liarse en mortal duelo, las reinas mortales y las  inmortales habitantes del Olimpo, son en realidad las que mueven a los hombres y a los ejércitos, empezando por Helena, que supo sonreír a Paris.



Helena, la espartana, que con  dulce sonrisa a París causó la ruina de los troyanos pero también la muerte de cientos de griegos

Tomada de Internet

 






Ayax no escapa a ese “débil poder femenino” y se refiere a Tecmesa, la mujer que se llevó cautiva en otra guerra, y con la que tiene un hijo: “¡Mírame a mí; el duro, el implacable, cual acero que se ablanda, he sido dominado por el sentimiento de esta mujer!”

El semicoro de la obra advierte que no hay que vivir siempre creyéndose víctima del destino: “¡La pena a la pena engendra pena!”

Oportuno este pensamiento en tiempos del coronavirus, y la imaginación, que nos hacer ver  la hipocondría  hasta en el vuelo de la mosca. “¡Ya vendrá otro virus peor”, nos dicen los que saben cuándo apenas empezamos a levantar cabeza frente a un semáforo que parpadea entre el verde, el naranja y el rojo!


Tecmesa, al recordar la tragedia, cuando Ayax ya se ha quitado la vida, dice algo  que no gustará a los apasionados de   la revolución genómica.                                                                                                          

 Afrodita, protectora de Paris, fue la que unió a éste con Helena. Es diosa del Amor pero no diosa guerrera. 
Tomada de Internet
                                          
                                                                                                             
                                       
Esta mujer se refiere al azar, a los “saltos” que suelen hacerse presente en la vida de los humanos: “No hubiéramos llegado a esta situación, si los dioses no hubieran intervenido.”

Satisfechos  con nuestras escaleras del ADN pero, ¿quién mueve esos “saltos”, esos azares y ese caos?

El antropocentrismo del hombre (desde que en el Edén   se le dio  la posesión del universo) no acepta eso y se apresura a seguir avanzando, mediante la ciencia, para lograr  el robotismo humano de laboratorio.

¡Ya no habrá apasionadas reinas Dido o enamoradas sacerdotisas Salambó, ni terribles Medea ni aburridas Bovary ni rebeldes Nora ni   escondidos erotismos de Karenina.  Sólo hermosas compañeras programadas  desde su genoma individual.  

La postrera exclamación de Ulises es una reflexión respecto a  la conducta  que suele darse en la amistad, en el amor, en la política, en las finanzas, en la fábrica y en la oficina. Todo es armonía en tanto no se presente la crisis:

“¡Cuántos hay que hoy son amigos y mañana enemigos!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SCHOPENHAUER Y EL TEDIO

 


 

Referencia:

Arturo Schopenhauer, La sabiduría de la vida, Editorial Porrúa, México, 2009

Giuseppe Mazzotti, Introducción a la montaña, Editorial Juventud, Barcelona, 1952

 

El tedio es como una montaña difícil de conquistar. Una vez alcanzado, parece una inmensa y apacible playa solitaria que se extiende por el litoral inmenso bañado por el azul oleaje de las olas. Necesario es aprender a convivir con el tedio, decía Emerson.

Caso contrario es  padre de conductas que suelen ser antisociales. Los medios de información  las  está diciendo todos los días. En el mejor de los casos nos hace presa del síndrome de Burnout, el que todavía a las doce de la noche nos mantiene en febril actividad.

 

El tedio, esa enfermedad de la gente civilizada. La que hace  mucho tiempo  dejó de ver la aurora y las puestas del sol, de ver las estrellas porque en los primeros planos tiene los semáforos, la que olvidó leer en los vientos si traerá las nubes o las alejará, la que sube el volumen de su  radio para no oír el silencio, la que busca con frenesí el tener y se olvidó del ser.

 


Hace  mucho tiempo que, en la ciudad,   dejamos de ver la aurora y las puestas del sol

Del libro Técnica Alpina de  Manuel Sánchez y Armando Altamira.

Editado por la Universidad Nacional Autónoma de México, 1978


“Creo que hay que estar  solos para percibir el lenguaje de la naturaleza. Ésta habla  en voz baja y, si hay demasiados rumores, perderemos muchas de sus palabras”

De Abbé Henry, citado por Mazzoti

El tedio tiene su antídoto, cree Schopenhauer, en la región de la intelectualidad. A la postre, con la edad, tampoco se sale del todo bien librado y el Alzheimer agudo o somero, se hace presente.

 


Dibujo tomado del libro

La psiquiatría en la vida diaria

De Fritz Redlich, 1968


Empero, la cultura será siempre el último reducto que nos mantiene en contacto con el pretérito. ¿A dónde se dirigían los gemelos  del Popol Vuh: Hunahpu y Xbalamqué en tanto jugaban a la pelota? ¿Cuál es el nombre de la esclava por la que Aquiles y Agamenon se distanciaron?, ¿Cuál es el nombre de la mujer que esperó cincuenta años la vuelta de Per Gynt? etc.

Schopenhauer:

“El hastío no es un mal despreciable; qué desesperación concluye por pintar en el rostro?...Si la miseria es el aguijón  perpetuo para el pueblo, el hastío lo es para las personas acomodadas”.

Si se quisiera hacer una consideración de lo acertado, o no, del pensamiento filosófico de Schopenhauer en este tema, éste lo vivió con las circunstancias  en las que acaeció su muerte.

Sentado en la  sala de su casa, el 23 de septiembre de 1860, esperaba que le sirvieran sus alimentos. Cuando la persona llegó con la vianda, lo encontró ya sin vida.

En la nota 16, de su libro titulado La sabiduría de la vida, había escrito, a propósito de la diferencia entre morir o dejar de existir:

“…he notado que los que han pasado de noventa años acaban por la eutanasia, es decir, que mueren sin enfermedad, sin apoplejía, sin convulsión, sin estertor; hasta sin palidecer, las más de las veces sentados, principalmente después de la comida; sería más exacto decir que no mueren, sino que cesan de vivir.”

Al final de la obra citada hizo esta observación respecto del aburrimiento:

“Verdad es que en una edad avanzada las fuerzas intelectuales declinan también; pero donde ha habido muchas, siempre quedarán bastantes para combatir el tedio.”

Cita un pensamiento de Séneca:

“El ocio sin estudios es muerte y sepultura de hombre vivo.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MARK TWAIN, EN BUSCA DE LA HISTORIA PERDIDA

 


 

Referencias:

Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn

Giuseppe Mazzotti, Introducción a la montaña, Editorial Juventud, Barcelona, 1952

 

Este es un cuento para los niños de antes, que ya deben de quedar pocos.

Casi un trabajo de arqueología pues los niños de ahora ya no leen cuentos ni caminan por el campo en busca de tesoros escondidos, ni hacen volar escarabajos con un hilo amarrado a sus patas, ni le tiran piedras con la resortera a los espantapájaros que los campesinos ponen en sus terrenos para que las aves no se coman sus semillas, ni corretean sapos saltarines.

Ahora los niños ya tienen su derecho de ley, que los protege contra el trato de los adultos, y se pasan horas frente  a la pantalla peleando con karatecas virtuales. Encargan a China muñequitos de plástico, que tardan en llegar tres meses, y cuestan lo que un viaje en avión hasta el faro del fin del mundo.

 


                                    Dibujo tomado del libro

                             La psiquiatría en la vida diaria

                                  De Fritz Redlich, 1968

 

Busqué la historia de los Estados Unidos escrita por el señor Twain y no pude encontrarla. Unos libreros me dijeron  que no se había vuelto a imprimir y otros que esta historia  por Twain jamás existió.

Pero llévese esta otra historia escrita por Twain, me decían. Así fue como llegué a juntar, en el librero de mi casa,  hasta doce ediciones diferentes de Las aventuras de  Huckleberry Finn.

Un niño mal hablado que le gustaba vivir en libertad. En el quicio de una puerta, en el fondo de una canoa o deslizarse sobre un balsa  en las aguas del Misisipi.

Era atípico en su sociedad pues tenía amistad con un negro llamado Jim. Más aún. Hubo ocasión que un par de malandrines espiaban a Jim para devolverlo a la señora Watson, de la que se escapaba, y cobrar la recompensa.  Huck, en compañía de su amigo Tom Sawyer hacían lo posible para libertarlo.

El negro estaba atado con una cadena a los pies de su cama. Cosa de levantar la cama y ya sale. Tom se opuso. Necesitamos buscar las dificultades “dijo. “Tiene que ser con un serrucho”. La otra es cortar la pierna de Jim, aunque sería todavía más complicado.

Es un patrón que sigue el pensamiento occidental. Un filósofo expone su teoría en términos entendibles, para todos, y de inmediato saltan otros. Buscan la manera más   difícil posible,   de  esa misma teoría, entre sus iguales, y el pueblo  queda sin entender ni papa.

Con lo que se llega la conclusión que los filósofos escriben para los filósofos y no para compartir con el pueblo el mundo de las ideas.

Alguien sube una montaña y en seguida dos o tres buscan los posibles itinerarios de más dificultad para llega a la misma cima… “Cuando se disipa el mito dela inaccesibilidad de una montaña por un determinado camino-dice Mazzotti-, surge el de la infranquiabilidad de otra ruta, pared o cresta de la misma montaña.”

Dos, tres, y Sade inventó cien maneras de hacer el amor…

Para la generación basta una dulce sonrisa entre una pareja, pero un tal doctor apellidado, Stein, se pone a coser brazos y piernas de retacería humana, o el  neosteinismo trasegar entre las moléculas del ADN…

 Tom desistió. ¿Por qué?, preguntó Huck. “Jim es negro y no comprendería los motivos ni las costumbres europeas”. Los seres humanos pueden ser terriblemente crueles unos con otros” le dijo Huck a Tom.

Los niños de ahora no tienen historia. No hacen historia. Se la pasan aprendiendo la manera de destruir al otro, frente a la pantalla,  durante horas, que ni siquiera van a comer cuando la mamá llama a sentarse a la mesa.

O se platican entre conocidos virtuales, que nunca se conocen personalmente, por videoconferencia uno en su cuarto, solo, en el   estado de Chihuahua, México, y el otro en su cuarto, solo,  en Uspallata, República Argentina. Nunca les pega el sol.

 


                        Los niños de antes jugaban bajo el sol y el viento

                                            Foto tomada de Internet

 

Es el siglo de las tecnologías increíbles, comodidades suntuosas, revolución genómica y comidas rápidas.

Twain nos previene no contra el progresar cultural  sino contra el prosperar mediático.

Chicos como Huck y Tom, departiendo con otros chicos de la calle, resortera en la bolsa del pantalón y jugando a las canicas o al béisbol llanero, bajo el sol o sorprendidos por la lluvia. Nos parecen cada vez más  imágenes de tiempos preindustriales o por mejor decir rurales o casi primitivos.

Un mundo que se mueve hacia el progreso material de la civilización, en la medida que abandona los valores espirituales. Igual si la realidad metafísica se alejara de la realidad empírica. En cualquiera de estos casos la dialéctica sale apaleada.

No es teoría de gabinete. México tiene casi un siglo de ser destino de estos movimientos sociales. Primero llegaron los conservadores españoles huyendo de los populares, después estos huyendo de los conservadores.  Siguieron en cascada los países del sur continental: Nicaragua, Argentina, Chile, Venezuela…

Hoy mismo, este día, miles de personas sufren ya está consecuencia que es otra manera de explicar el fenómeno de la emigración. Abandonamos nuestros lugares para buscar refugio en otros países. Ahora Estados Unidos es hacia donde se dirigen las caravanas ilegales que antes se nombraban como refugiados políticos.

Así es como los lejanos vericuetos de la filosofía se traducen en crueles realidades inmediatas en la calle. Un fotógrafo, un carpintero, un albañil no poseen las vitaminas culturales para subir hacia el filósofo académico, pero un filósofo sí puede bajar hacia la calle, pero no lo hace.

Se argumenta que es labor del Estado,  con sus programas de educación pública. Pero es el caso que el gobierno en turno apenas le alcanza el sexenio para tratar de sostener y, en lo posible, de incrementar la canasta básica…

Apenas escuchamos, entre el ruido ensordecedor de las máquinas de carreras a media noche,  a un hombre que nos grita: ¡Volver atrás, volver atrás! Es Norman Mailer. Ya antes Thoreau, otro gran estadounidense, nos decía: ¡Caminen por el  campo, caminen, caminen!  Igual no le hicimos caso.

Eran cuando todavía no aparecían los pastilleros de  bolsillo ni los grandes sanatorios contra la diabetes, la hipertensión, los virus globalizados, la ansiedad y la depresión.

Pero creo que esto no gusta a la gente de la prosperidad. Como dijo Huck: “Si hubiera sabido lo difícil que era escribir un libro, no me habría puesto a ello, y no pienso volver a hacerlo”.

Tiene razón. Escribir un libro de aventuras de los niños de antes era fácil, cuando estos iban por el campo buscando sapos y chapulines o saltamontes o metiéndose descalzos en los charcos de agua en temporada de lluvias

Creo que la historia de los niños se acabó con Huck, si es que  Twain alguna vez existió.

P:D: Si alguien sabe si  Twain en verdad existió por favor comunicarlo al Instituto de Arqueología del Estado, que es donde aún pueden interesarse en escribir de los niños de antes. Sino… habrá que esperar que el asunto pase a manos de los paleontólogos.

Yo sigo buscando la historia que dicen que Twain escribió de los Estados Unidos. Y que en esa historia relata  una cultura de grandes pensadores estadounidenses, filósofos,  novelista, de la ciencia, la industria, el teatro y de la música.

 


                    Mark Twain

 

Aunque  los libreros, de nuevo y de viejo, insisten y coinciden al decirme que esa historia jamás existió. Más aun, que  Mark Twain tampoco existió. Aunque algunos, como un tal Samuel no sé qué, dicen que es de su autoría, pero ¿quién sabe?

Otros dicen que Twain sí existió, que fue marinero, periodista, conferencista, pero que en 1910, en ocasión de la aparición del cometa Halley, logró montarse en él y se perdió de vista a lo lejos en los cielos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAZZOTTI, LA ESCALADA FACIL QUE AYER ERA IMPOSIBLE

 

 

 


Referencia:

Giuseppe Mazzotti, Introducción a la montaña, Editorial Juventud, Barcelona, 1952.

 

Subir el monte Aconcagua, el más alto del continente americano, es tan difícil hoy como lo                                                        fue cuando se logró su conquista. Con una diferencia: hoy sabemos que se puede subir.

Debemos rectificar: hoy es la mitad de difícil.

Antes de su conquista pesaba más en la mochila el factor psíquico del montañista que las pesadas tiendas de campaña que se llevaba a cuesta.

Hoy sabemos que se puede llegar a América, que no hay tal Finisterre…

Mazzotti llama a este capítulo de su libro: El obstáculo físico y el obstáculo psíquico. Ya el alpinista no tiene que enfrentar los múltiples factores subjetivos que mantenía alejados a los hombres (brujas en sus cañadas bajas y dioses poco propicios en los  glaciares de las alturas que, sirviéndose de la denudación, desintegradora de rocas,  arrojaban piedras y hielos tratando de ahuyentar a los intrusos).

 Hay un hecho que ilustra que el problema  de una conquista, es decir, lograr la primera ascensión, es sobre todo un problema de orden psíquico y Mazzotti lo llama de orden moral.

La ascensión, que parecía  imposible, después fue recorrida hasta por alguien que saca a su perro a pasear, por decirlo de alguna manera.

Refiriéndose al monte Cervino que tantos esfuerzos costaron lograr su primera (1865), después todo mundo se preguntaba pero ¿por qué se detenían y daban la vuelta cuando habían avanzado tanto que la cumbre parecía ya a un tiro de piedra. Lo que sigue, ahora lo sabemos, es del todo accesible, ¿Por qué daban la vuelta abandonando todo?

Se repite en alpinismo  la anécdota del huevo de Colon.

La cosa no era superar tramos de roca o laderas nevadas. La lucha se daba en el plano moral o psíquico.

Wyndall intentó en vano, en 1862, la conquista del Cervino y anota: “La inclinación a no afrontar nuevos peligros de una montaña que había inspirado siempre supersticioso terror fue el único obstáculo que nos impidió proseguir.”

 


Adoratorios a los dioses hasta los 6,800 m. de altitud en países de América del sur, en México cerca de los 6 mil m. (Pico de Orizaba, Fray Bernardino de Sahagún).

A partir del siglo dieciséis con el cristianismo las montañas se poblaron de criaturas infernales.

Del libro Técnica Alpina (de Manuel Sánchez y Armando Altamira, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México, 1978

 

Dos años antes, en 1860, Tyndall igualmente tuvo que abandonar el intento de llegar a la cumbre del Cervino y escribe que aquellas rocas parecían más altas porque se les creía inescalables “Tan empinadas paredes, el hielo y la reputación de la montaña contribuían a aumentar la emoción. Hoy (1868, tres años apenas después de Whymper haber conseguido por fin la conquista) gran parte de aquel  misterio se ha desvanecido.”

Una probidad como la de estos escritores, para ofrecernos sus experiencias, no es fácil encontrar. La literatura alpina es prodiga en sofismas, y egocentrismos, muy inclinadas a maquillar el texto  cuando el triunfo les fue negado en la montaña.

Alpinistas solos, con guías, sin guías, en caravana, suben al Cervino, como suben al Aconcagua, al Everest o al Popocatépetl.

 Mazzotti se apresura a escribir: “La naturalidad con que mujeres, ancianos y muchachos suben al Cervino no amengua en nada la grandeza y mérito de la empresa de Whymper ni el esfuerzo de energías psicofísicas que necesitaron para la aventura él y sus compañeros.”

Esta historia se repitió ahí mismo, en el Cervino,68 años más tarde, después de lo de Whymper, cuando en los años treinta, del siglo veinte, dos jóvenes alemanes lograron la primera escalada de la cara norte, hasta entonces considerada lo imposible de los imposible. Después, anota el mismo Mazzotti, se ha recorrido en varias ocasiones. La norte del Ogro otro alemán la escaló, solo, en catorce horas:

Mazzotti:

 “Cosa semejante podemos decir de la trágica lucha por la conquista de la Pared Norte del Eiger y de la no menos importante Pared Norte del Cervino,  que, tras la memorable ascensión de los hermanos Schmid, se ha escalado muchas veces, hasta sin vivaquear sobre el terreno.”

Resumiendo.

Es del todo saludable y aleccionador escalar lo que ya ha sido escalado por otros. Entre otras cosas se continúa la tradición, la historia, cuando la hay.

Pero aun las escaladas más difíciles se consideran sólo como una cancha de entrenamiento para ejercitar en ellas nuestra voluntad, la habilidad física como los conocimientos de la técnica alpina. A semejanza de un curso propedéutico que nos capacita para ir hacia el alpinismo de conquista.

Esto es, hacia un alpinismo que supera no tanto paredes de roca, nieve y hielo, sino obstáculos subjetivos. Se repite lo que en filosofía, donde muchos se paran en la cosa, en tanto otros buscan la esencia de esa cosa material.

Apartarse de las caravanas que dejan las nieves amarillas de orines y de los campamentos llenos de basura.

 Considerado sin pasión,  y es lo que nos dice la historia del Cervino, el ir a esta o aquella montaña, subirla en tiempo record, escalarla en solitario (nosotros hemos hecho todo eso) está bien para el álbum familiar, es la historia personal, pero que no aporta nada a la historia del alpinismo.

Escaladores  hemos conocido (escaladores en solitario, escaladores tresmileros, cuatromileros, cincomileros, escaladores en libre, en cordada de dos, en roca, nieve y hielo, escaladores de tiempos record, escaladores muy técnicos, escaladores muy familiarizados con la práctica del vivaquismo, etc.) con   potencialidades más que suficientes,   para emprender empresas alpinas de mayores vuelos, que se quedan en el nivel propedéutico.

Mediados del siglo veinte era frecuente, en México, realizar, en una sola salida, en el invierno, lo que se llamaba la “trilogía”. Consistía en ascender  tres cumbres nevadas del país arriba de los 5 mil y son el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl y el Citlaltepetl o Pico de Orizaba.

Eran  alpinistas superdotados físicamente y con una presencia de ánimo muy especial. Pero el mérito sólo fue para su historia personal. La historia del alpinismo en el país no se movió un ápice por tan señalado esfuerzo.

 Estas cumbres, en el alpinismo religioso del país, de los periodos olmecas, teotihuacanos, toltecas y aztecas,    habían sido conquistadas  tal vez miles de años atrás. El adoratorio principal de Tláloc, dios del agua, en los 4,150m.

 Estas ascensiones,  con carácter de religioso, pararon  en el siglo dieciséis (ver Sahagún, Durán, Chimalphain, Clavijero y los trabajos de arqueología, en el siglo veinte, de José Luis Lorenzo, publicados por el INAH.

 Cien extraordinarias ascensiones de repaso no agregan un solo eslabón a la historia. La historia alpina se hace de ascensiones nuevas. La personal de repeticiones.

Plantar las tiendas en las laderas  exentas de refugios y colocar las clavijas en probables rutas  de montañas desconocidas. O trazar rutas desconocidas en montañas conocidas.   

 


Un alpinismo que supera no tanto paredes de roca, nieve y hielo, sino obstáculos subjetivos.

Sur del monte Ameghino, Rep. Argentina.

Foto de Armando Altamira.

 

Hasta se puede correr con la suerte de vernos rechazado en los primeros intentos. Así tendremos argumentos, fuerza moral, dice Mazzotti,  para volver a intentarlo y…encontrarnos con el destino. Después de todo, no tenemos todas las cartas del póquer en la mano.

Heckmair lo anotó al regreso del Ogro: “Todos los escaladores saben que la suerte tiene un papel primordial en los éxitos alpinos de la juventud.”

Regresar al valle con la meta lograda, descender sin haber obtenido el éxito deseado o ser bajado en camilla. Ese es el corolario del alpinismo de conquista.

Pudimos haber nacido con vena para el ping pong o para el futbol o para el ajedrez, o para las tres bandas del  billar. Así como los poetas son frecuentados por las musas   o los superhumanos para pararse frente al toro…Pero nosotros nacimos para escalar…

Hay en el planeta un millón de montañas sin haber sido escaladas, rodeadas de esa densa niebla de inaccesibilidad y misterio, esperando en la lejanía…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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