SCHOPENHAUER, RIESGO LEJOS DE LA FILOSOFÍA


 

Schopenhauer  recomienda el estudio de la filosofía, tanto de academia, como en la lectura del popolo.

Pero lo recomienda al estilo socrático, no ve con entusiasmo que se profesionalice el asunto, es decir, que se cobre por su enseñanza. El popolo no tiene en ocasione ni para comer y menos para pagar lecciones de filosofía. Ahora, en el tiempo de las profesiones de Academia, nos parece extraña semejante idea, la de no cobrar.

Él pensaba que en un diálogo libre se puede “espulgar” bien el asunto dejando fuera los sospechosos sofismas. Eso no sucede con facilidad en el aula presidida por el maestro o por el orador en turno en un seminario de filosofía.

“Se han habituado a tomar  los más vacíos juegos de palabras por filosofía, los más pobres sofismas por pensamientos ingeniosos y las más insulsas extravagancias  por dialéctica; y sus cerebros han sido desorganizados por la asimilación de endiablados juegos de palabras en las cuales en vano se martiriza el espíritu por descubrir un sentido.”

También era refractario a cobrar por las enseñanzas de la filosofía porque, dice, es fácil convertirse en adulador del poder, si éste le abre sus brazos. O crítico del Estado si las puertas permanecen cerradas. Criticar al Estado es otra manera de abrir esas puertas. No siempre da resultado, pero sucede con frecuencia:

“Los gobiernos hacen, al presente, de la filosofía, un medio para sus fines de Estado, y por otra parte los profesores de filosofía hacen de ésta una industria que les nutre como cualquier otra: se agrupan solícitos en torno a los poderosos, haciendo protestas de sus buenas intenciones, es decir, de estar dispuestos a toda clase de complacencias con ellos. Y cumplen sus palabras. Ni Platón ni Aristóteles  son su faro.”

Hay que anotar que Schopenhauer decía tal cosa porque su condición económica le permitía vivir sin depender de nadie. No tenía esposa, ni hijos ni, prácticamente, vida social, y al popolo lo trataba con poca delicadeza, por ser propenso a creerse de boberías (aunque si se preocupaba por el bien estar de la gente del común y es sabido que parte de su herencia la donó para causas humanitarias).

 Así son cierta clase de filósofos. En alguna medida, Nietzsche hizo lo mismo al renunciar a su cátedra en la universidad alemana y jamás volvió a trabajar para alguien. Diógenes Laercio  hasta vivía en un tonel y carecía de sandalias. Y no hay que olvidar que Xantipa, la mujer de Sócrates, reñía con éste porque el filósofo desatendía las necesidades de la casa por estar parloteando en el Ágora con sus amigos (y con Diotima).

DIOGENES
La realidad es que desde tiempos de Parménides los filósofos ya cobraban y vivían por ese medio. Lo cual bienvisto es una intención legítima. La idea de fondo, se decía, es que no se circunscriba el conocimiento de la filosofía o no se retraiga sólo a las aulas y los centros de estudio.

Y afuera, en las calles, el pueblo siga ajeno a dicha disciplina, a merced del primer juglar que pase hablando bonito. Al estilo de los legisladores, de algunos países indoamericanos, que sesionan 24 horas al día, todo el año, haciendo leyes. Y en las calles cincuenta millones de personas muriendo de hambre y a manos de la delincuencia organizada.

Por lo demás, dice Schopenhauer, tiene confianza en que su filosofía pueda ser leída por los nietos, los cuales sí sabrán  apreciarla. ¿Por qué hasta entonces? ¿Es de parte suya megalomanía intelectual?

Antes el mundo-dice- tiene que desintoxicarse  de esa (+´#&+&+*creo que así lo hubiera escrito con caracteres de máquina) seudofilosofía de Hegel:

“Mi obra se dirige a una minoría: esperaré sin impaciencia a que surja ese pequeño grupo de personas cuya disposición de espíritu, que no es la ordinaria, les capacite para comprenderla. Pues, dejando a un lado las dificultades del asunto y los esfuerzos que exige del lector, hoy, en que lo paradójico y lo falso, corren parejos…”

Entretanto ¿qué hacer con sus libros? Su respuesta no conoce meandros:

“No tengo otro remedio que recordarle que un libro puede ser útil aunque no se lea. Bien encuadernado ocupa un lugar en una biblioteca y en compañía de otros hará buen papel. También puede regalárselo a alguna amiga que lo ponga en su tocador o en una mesa de té…No se preocupe, tarde o temprano  llegará a manos de aquellos para quienes se ha escrito.”

Pero, para nosotros, los que viajamos en bicicleta, y comemos “hot dogs”, “burritos”, tacos, tamales y pozole, dice que los tiempos están maduros para que se nos tome por unos memes, a condición que leamos  de filosofía. A riesgo, sino se hace, regresemos a la cueva:

“todo el que no quiera permanecer en la inconsciencia respecto de las cosas más elementales, ni confundirse con la ignara multitud, debe hoy estudiar filosofía especulativa; y la razón de ello es que el siglo XIX es un siglo especialmente filosófico; con lo cual no se quiere dar a entender que posea la filosofía o que ésta domine en él, sino que está maduro para su cultivo y que por tanto, la necesita; es este un signo de alta cultura y pudiera decirse que una firme conquista en la escala del progreso de la historia.”

SCHOPENHAUER
“Arthur Schopenhauer [  'ʔatʰu:ɐ 'ʃo:pnhaʊɐ (?•i)] (Danzig, 22 de febrero de 1788 — Fráncfort del Meno, Reino de Prusia, 21 de septiembre de 1860) fue un filósofo alemán. Su filosofía, concebida esencialmente como un «pensar hasta el final» la filosofía de Kant, es deudora de Platón y Spinoza, sirviendo además como puente con la filosofía oriental, en especial con el budismo, el taoísmo y el vedanta.”Wikipedia

 

 

 

 

 

CARREL, HOY NO ES PRECISO ANDAR


 

“Hoy no es preciso andar”, dice Alexis Carrel, en su libro La incógnita del hombre,  primera edición de 1954.

“Los ascensores han substituido a las escaleras. Todo mundo viaja en autobuses, tranvías o taxis, aun cuando sea muy corta la distancia a recorrer.”

Era, para la sociedad de su tiempo, un juicio sintético el de Carrel, el resultado de un trabajo in situ. En la que ya se contaban las calorías necesarias, se alerta contra los peligros del excederse en las mismas y se recordaba el haber abandonado la dieta rural:

“Los alimentos de nuestros antepasados, que consistían principalmente en harina ordinaria, carne y bebidas alcohólicas, han sido substituidos por alimentos mucho más delicados y variados…El alimento de los niños  ha sufrido una profunda modificación. Ahora es muy artificial y abundante. Lo mismo puede decirse de la dieta de los adultos.”

 Para otros lugares del continente era una observación que todavía causaba risa.  Al sur del Río Bravo la mayoría de los países estaban poco industrializados y la gente de campo caminaba  por necesidad y por gusto. Todavía era mucho de lo que el autor dice en seguida:

“Los ejercicios corporales naturales, tales como andar y correr sobre terreno accidentado, el alpinismo, la labranza manual de la tierra, el derribo de los árboles con hacha, el trabajar expuestos a la lluvia, al sol, al viento, al frío y al calor.”

 Las fotografías de las ciudades mexicanas de ese tiempo  (mediados de los años cincuenta) muestran calles casi solas con apenas  dos o tres automóviles estacionados o circulando por ahí. Cuando más era el tiempo de las bicicletas. En el campo, efectivamente, se desconocía la sierra eléctrica para cortar árboles.
Ciudad de México, 1950

La dieta  del campesino de la región del Mezquital, de Actopan, Estado de Hidalgo, México, que se tenía como la más pobre del país, en ese tiempo, consistía en frijoles, tortillas, chile y algunas verduras del campo. En ocasiones una magra ración de carne de aves de corral casero.

Según un estudio que el francés René Dubos hizo, en esta región, reveló que era la gente más sana, con poca o ninguna grasa  obstruyendo las coronarias.

En lo que se refiere estrictamente a la alimentación, no a otros factores ambientales que no es el caso mencionar en esta nota.

Mas el arquetipo a seguir era la comida de los países del norte del continente y por eso al Mezquital  se le tenía como una dieta miserable.
Ciudad de México, 1950. Calle Madero, primer cuadro de la capital.
 Aparte de las endémicas inundaciones de la metrópoli
lo que aquí se quiere mostrar
es el escaso número de habitantes
 que a la sazón había en
la ciudad más grande del país: 3 millones.

Las actividades deportivas eran por lo general al aire libre y casi se desconocían los “deportivos”. Correr nadar, mucho excursionismo como deporte a través de las montañas.

La gente del deporte, empero,  ya miraba extasiada  también hacia el norte, la región continental de la que Carrel dice que:

“En todas partes hay campos de tenis y de golf, pistas artificiales de patinaje, piscinas caldeadas y arenas resguardadas, donde los atletas se ejercitan y luchas protegidos contra la intemperie. De este modo, todos puede desarrollar  sus músculos sin estar sujetos a la fatiga y a las penalidades  que llevan consigo los ejercicios correspondientes a una forma de vida más primitiva.”

Otra cosa llamó la atención “deportiva del sur” y fue el “medallero olímpico”. Y con sobrada razón ya que, sin lugar a dudas, en los pueblos indoamericanos hay “madera” para medirse con los mejores del mundo, aquí, en China, en Brasil, en Tumbuctú o donde sea.

Los guías profesionales, de los Alpes europeos, idearon por ese mismo tiempo, mediados del siglo, la manera de practicar escalada, para no perder la “forma” en temporadas invernales, cuando no hay clientes que conducir a las montañas, por  diedros, glaciares y paredes que están llenos de nieve, fijar primitivos (fue el principio) asideros de  madera en las paredes de sus casas.

Guías de Chamonix, Francia, practicando
 en construcciones del valle, mientras pasa el invierno.

Foto tomada del libro Ascensión al Aconcagua,de
René Ferlet, 1956,
Editorial Caymi, Buenos Aires.
En México, país tropical, en el que casi se desconoce la nieve que llega del cielo, también nos gustó la idea y la escalada en gimnasios conoció su auge, lejos del aire, el sol, la lluvia, el frío, el calor, la altitud donde escasean los glóbulos rojos.

Y, como dice el letrero, en las películas de Hollywood: CINCUENTA AÑOS DESPUES:

Cincuenta años después campea al sur del Bravo  el sobrepeso y el rosario de patologías afines.
Tabla tomada de El País
11 de noviembre de 2017
Fuente OCDE: Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Economico


Se ha visto ahora que formar atletas de elite es demasiado costoso en dinero para un país. Para cualquier país, aun el más rico. Y sólo para que un reducidísimo  grupo de individuos  se mueva en el marco del ego deporte internacional o lo que se conoce como “medallero olímpico”.

Para ser virtuoso en el deporte, como en la música y en la ciencia, se empieza desde temprana edad(santo Tomás de Aquino empezó con la filosofía-teología a la edad de 5 años) y para los 15 años de edad ya debe de contar el individuo con varios lustros en el gimnasio, bajo supervisión médica, dietista, deportista, etc. Esto requiere un programa sin interrupción.

En los países democráticos, donde la alternancia política es cada 6 años o algo así, hay la tentación, casi la regla, que la nueva "camada" de directivos eche al cesto de la basura todo lo de sus antecesores y empiece "su" programa. Nuevas ideas, otros instructores. Todo termina y todo empieza. A la ego  olimpiada internacional van, por las causas anotadas, no por incapacidad psicofísica, de los deportistas, los mediocremente capacitados a enfrentarse con los que sí tiene una disciplina de primer mundo. Son  superhombres, o supermujeres, sin lugar a dudas, nuestros pobres deportistas que regresan con alguna medalla de oro.

Tarde, ya estamos demasiado gordos.

Sano sin lugar a dudas, dicen voces que dan la señal de alerta, sería que esos recursos económicos se canalizaran, efectivamente, a través de las federaciones deportivas de los Estados, para el deporte buscando la salud del pueblo.

 ¡Deporte del pueblo en general  por la salud!

Tarde. Hace ya algunos años figuramos como el primer país en diabéticos, sobre peso e hipertensos.

Hay la curiosa creencia que los atletas olímpicos se tomarían como paradigmas a seguir por el pueblo. Que serían la causa del efecto. Parece que es  hora de considerar el asunto al revés. Desde el efecto ir  hacia la causa. Desde la realidad de las enfermedades modificar la mentalidad de la causa.

En otras palabras, abandonar el ego deporte internacional y,  ayudar a la ciencia médica en la luchar contra las patologías mencionadas que en números abrumadores padece la gente. Las patologías mencionadas han sido declaradas, en el país, no como enfermedades de temporada, sino como epidemias que llegaron para quedarse, así de grave.
 75 años de vida.
La cuestión es en qué condiciones se llega a esa edad.
En el país se practica el ejercicio, en equipo, o individual,
muy intenso, de los 15 a los 35 años de edad.
Los siguientes 30 años es un declive imparable hasta
la incapacidad psicofísica.
El porcentaje que escapa a esta regla es mínimo.
Al menos 20 años de sangría económica para la familia y para las instituciones de salud,
en gasto de medicinas y tratamientos médicos.
Para el bienestar del pueblo el deporte sería para conservar la salud
y abandonar la competencia y el ego deporte internacional.
Tabla tomada de El País, 11 de noviembre 2017


 
Urgen  entonces las actividades deportivas, despojadas del factor competencia ego internacional,  apropiadas para ayudar a la ciencia médica a  conservar, o recuperar, la salud psicofísica de los individuos.

Después de todo no hay contrincante más fuerte, a vencer, que los propios hábitos como el fumar, exceso en el comer, en el beber. etc.

Grandes atletas del mundo han caído  a los pies de sus propias patologías.

 El deporte por la salud del pueblo  va en sentido contrario al medallero olímpico…

Hoy no es preciso andar, lo dijo hace mucho tiempo Carrel, pero no entendimos su intención.

Más acá Bukowski lo dice  irreverente en su modo de la  novela El capitán salió comer y los marineros tomaron el barco: "Bajé desde el tercer piso por las escaleras mecánicas. ¿Quién inventó las escaleras mecánicas? Escalones que se mueven. Y luego hablamos de locuras. La gente sube y baja por las escaleras mecánicas, en ascensores, conduce coches, tiene garajes con puertas que se abren  tocando un botón. Luego van al  gimnasio a quitarse la grasa. Dentro de 4,000 años no tendremos piernas, nos menearemos hacia adelante, usando el culo, o quizá simplemente rodemos como rastrojos que lleva el viento."

Carrel
El nombre de Alexis Carrel es universalmente conocido: en el campo de la ciencia, por sus estudios y sus realizaciones prácticas en el cultivo de los tejidos, su técnica de sutura con "tres hilos", la anastomosis de los vasos y trasplantes orgánicos, y la construcción de un corazón artificial; en el ámbito de la cultura general, Carrel resulta notable como escritor por su libro La incógnita del hombre, y en el mundo religioso, por su franca actitud de científico La fama de sus trabajos, investigaciones y conquistas alcanzó pronto una difusión tal que en 1912 se vieron coronados con el Premio Nobel de Fisiología y Cirugía fisiológica.

J.WAHL, VIVIR


 


Filosofía es más un preguntar que un responder.

Esto lo dice Jean Wahl en su bella obra Introducción a la filosofía.

Es un laberinto didáctico lleno, llenísimo, de antítesis. La meta anhelada es la síntesis. Pero, ¿Dónde está esa síntesis? En teología se vislumbra pero, ¿en  filosofía?

“¡Cada cabeza es un mundo!”

Nadie está contento, después de un arduo batallar, con haber llegado por fin a la tesis y al  éxtasis.

Abundan los trabajos, de mucha  calidad, haciendo precisiones, en la  referencia a la teoría escrita por otros autores, como Max Scheler lo hace en su Ética, de la obra de Kant.

A semejanza de lo que Schopenhauer hace con el mismo Kant, cuando dice que éste filósofo se pasó modificando su teoría, en la diversas ediciones que fueron apareciendo de su trabajo, Critica de la razón pura, al punto de ya no parecerse las posteriores ediciones al original.

Como vemos en el cine, y en la televisión, a famosos personajes cuyo rostro ya no tiene relación con el anterior, no merced al envejecimiento natural, sino a las cinco o más cirugías plásticas.

Así  Schopenhauer dice  de la Crítica de Kant:

“Nadie debería imaginarse que conoce este libro y que tiene un concepto claro de la doctrina de Kant si lo ha leído sólo en la segunda edición o en una de las siguientes, porque habrá leído un texto deteriorado y en cierto modo falso, es decir, mutilado por Kant.”

Esta especie de insatisfacción, por lo que  otros dijeron, así como de insatisfacción por lo que él mismo autor hace de su trabajo, no es privativo de los filósofos, sino al parecer, de todo el que escribe, trátese de poesía, novela, ensayo.

Y la literatura científica no es ajena a este (aparente) embrollo.

Por eso Henry James recomienda redondear el escrito y, de ser posible, publicarlo de inmediato. De otra manera las interminables “actualizaciones” harán de ese manuscrito algo irreconocible.

Con frecuencia hipostasiado en lugar de mejorado. Esto porque en cada revisión va dejándose ver un frío razonar, mismo que va desapareciendo, gradualmente, lo que produjo una composición llena de lírica pasión.

Schopenhauer tampoco elude su autocrítica en este sentido y escribe, en la tercera edición de su obra cumbre, como él  llama a El mundo como voluntad y representación:

“El lector no echará de menos en esta tercera edición de lo que la segunda contiene; al contrario, la hallará considerablemente aumentada, puesto que, debido a las anteriores ediciones introducidas, compone, en igualdad de impresión,136 páginas más que la segunda.”

Estos escritores son como los alpinistas que por fin han llegado a su anhelada cumbre en la que soñaron, y batallaron, en ocasiones durante años. Descienden al valle y al día siguiente ya están pensando en otra cumbre.

 
Es el devenir el que los atrae. Su meta concreta es la cima, pero su juego vital es la acción.

Los escritores hacen igual batallando en la interminable tarea de revisar, agregar o suprimir cosas a su manuscrito-compuscrito.

En eso estriba la coherencia de la teología, que trata de asuntos ya terminados, no desde la eternidad, sino desde la Creación. Y para frenar la inclinación de agregar o quitar cosas, como hemos visto que hacen los intelectuales, se advierte que el que aumente o quite una sola letra, tanto en la Biblia como en el Corán, perderá su alma. En religión ya no es cosa de estar intelectualizando, sino de llevar a la práctica la letra sagrada.

Pero no se trata en realidad de ningún embrollo. Los católicos preguntan, dialogan, dialectizan, con el cielo, sobre situaciones de la vida diaria que no entienden por qué pasan.

Para los ateos la tarea es más compleja. Tienen que enfrentarse a la repetición. Es decir, de un proceso dialectico que no termina. Teniendo en todo momento conciencia de su negatividad, que es el otro componente de su antítesis.

Como el que vive disciplinado su sobriedad, teniendo siempre a la vista una fuente de deliciosos manjares.

O como Jean Wahl lo expresa: “El acto de autodestrucción del filósofo va acompañado de un acto de construcción.”

En esta película no hay buenos ni malos (cada quien su modo).

 En el fondo lo que mueve  es el ser en el hacer. No hay la tercera opción de quedarse cruzados de brazos. Al estilo de los relojes de Schopenhauer que se mueven, porque alguien les dio cuerda, y pararán hasta que la pila se agote.

SER EN EL HACER

Dibujo tomado del libro
La psiquiatría en la vida diaria
de Fritz Redlich,1968
El que vive esta dramática antinomia es el filósofo que tiene ante sí, para él solito, al Absoluto, a la Cosa sin Nombre o, como   D. H. Lawrence le dice, la Deidad Oscura.

Pero a la vez siempre está pensando, el filósofo, en la Trascendencia que se mueve sin prisa, pero sin fin, en la Evolución. Creación-Evolución, Evolución-Creación.

Le es imposible pensar en una sin referirse a la otra.

Es el alpinista que vuelve a echarse la mochila al hombro, deja el valle a sus espaldas y se interna otra vez en el incomparable, en el incomprendido, ejercicio de subir o cruzar la ladera desnuda de la montaña, allá donde no abundan los glóbulos rojos y empieza lo vital.

J.WAHL
 Jean Wahl nació en Marsella, en  1888. Falleció en París en 1974. Filósofo francés. Tras ejercer como profesor en EE UU, regresó a Francia (1945) para enseñar en la Sorbona y fundó el Colegio Filosófico de París. Es recordado, sobre todo, por su estudio sobre La desdicha de la conciencia en la filosofía de Hegel (1929). Otras obras a destacar son, entre otros títulos, Filosofías   pluralistas de Inglaterra y América (1920), Hacia lo concreto (1932) e Introducción a la filosofía (1948).

 

 

 

 

MONTAIGNE, MIRAR


 

 

 

Voyerismo nos gusta la palabra pero tiene fuertes connotaciones sexuales, que no van con el espíritu de esta nota, y lo dejamos en ver, observar, analizar, deducir.

 Montaigne  propone con su “voyerismo”  un modo didáctico. Puede estarse dirigiendo a novelistas, pintores o filósofos:

Cruzar el desierto a pie, o atravesar las montañas, deja al descubierto mucho de la verdadera naturaleza de los individuos.

Es porque  con el sudor se corre el maquillaje y deja al descubierto el rostro original, dice Montaigne:

“A un rey y a un campesino, un noble y un villano, un magistrado y un particular, un rico y un pobre, se brindarían a nuestra consideración sumamente diferentes, y no obstante podría decirse que no lo son más que por el atuendo que llevan.”

Subir montañas desaparece el maquillaje.

Mario Campos Borges en el Nevado de Toluca, México.
 
 

Montaigne no es un amargoso que quiere meterse con la intimidad de las personas, al estilo de Nietzsche e Ingenieros.

 

“Debemos acostumbrarnos a penetrar los rasgos  reveladores: el boyero, el albañil, la persona que pasa por la calle, todo debemos examinarlo, apoderándose de lo peculiar de cada uno, pues todo es bueno para la casa; la misma torpeza  y desacierto ajenos pueden servir de instrucción.”

Observar sin prisa a las otras personas y situaciones y decirse ¿así soy? O bien ¡me gustaría ser como él! ¿O por qué son así las cosas?

“En el examen de las maneras de los demás-dice Montaigne en sus Ensayos- escogerás las buenas y despreciarás las malas.”

A.  N. Whitehead dirá más adelante por qué no es mojigatería escoger  el bien y no el mal:

“La inestabilidad del mal no conduce necesariamente al progreso.”

(El devenir de la religión)

La llave de oro para empezar ese examen, que propone Montaigne, es lo que se conoce como intuición. Schopenhauer, Kant, Max Scheler, Jean Wahl y otros han estudiado con amplitud lo que es la intuición.

Los hombres del común no conocemos esos complicados estudios pero sabemos qué es la intuición. “Intuyo que…” es una frase común. No sabe todavía qué es  pero ya está situado.

Intuición no es un invento de intelectuales. Es parte del  “equipo” que traemos ya al nacer. Algunos  definen intuición como instinto más inteligencia:

“La intuición concibe clara y perfectamente con sólo una ojeada…Concibe intuitivamente antes de que pueda ser conocido su abstracto por la razón en la conciencia reflexiva", escribe Schopenhauer. 

Está la otra escuela, la del razonar primero. Schopenhauer la conoce y se refiere a ella. Pero en  términos como sólo lo puede hacer alguien que no tiene compromisos con nadie. Pero que tampoco le importa si ésta o la otra generación que sigue lo lee o si los inmortales lo ponen en la lista negra:

"el hombre natural da siempre más valor a lo conocido inmediata e intuitivamente  que a los conceptos abstractos, a lo meramente pensado; prefiere el conocimiento empírico al lógico. Al contrario piensan aquellos que viven más de las palabras que de los hechos (se refiere concretamente a Duns Scot, a Leibniz, a Wolf y "a todos sus sucesores"), que frecuentan más el papel y los libros que el mundo real y los que en su gran degeneración se convierten en pedantes y hombres apegados a la letra."

 

(Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación)

Hay diversas maneras populares de decir lo intuido, como cuando conocemos a alguna persona o situación:

“Me cayó bien, o no “. La manera más reciente es: “hicimos clic, o no hicimos clic”.

La intuición es el conocimiento antes del conocimiento. Es tener una buena impresión, relámpago, “a la velocidad del rayo”, antes de entrar al detalle razonado.

Códice Florentino
Niño azteca al que le falta aprender todo
en la vida,
pero ya esta equipado con lo principal: la intuición.
Nos encontramos de pronto, en la llanura, con un león y lo primero es correr y ponerse a salvo. Nadie se va a quedar parado, libreta de apuntes en mano, tratando de descifrar, muy razonador, qué va a hacer el león que no ha comido en una semana…

Decidirse por lo inmediato, recomienda Schopenhauer, antes que por lo mediato. Antes que se lo coma el león. El deducir, tomando en cuenta variantes, es fatigoso, tardado y no siempre está asegurada la solución adecuada. Éstas, las hipótesis, se dejan para después, en el frío del razonar.

La intuición puede informarnos, aun, si el león es tan astuto que se ha vestido de oveja. Por eso Montaigne dice que no caminemos desapercibidos por la vida, que ejercitemos el examen para descubrir eso disfraces.

 Porque en la vida de la ciudad hay tigres vestidos de cebras.

 Por eso un  escritor de novelas policiacas debe  brincar de un lado para el otro. Tiene que ser la víctima, también ser el malo, el detective. Como dice Ortega y Gasset: en una novela hay alter ego y alter tús.

El yo y los tús.

Dibujo tomado del libro La psiquiatría en la vida diaria
 de Fritz Redlich,1968
 
Montaigne también se refiere a esa preocupación de que los demás tengan una buena impresión de nosotros.  Como decía el viejo-joven  Freud, que nos sentamos muy derechos cuando tomamos café con una muchacha, y volvemos  a estar jorobados cuando estamos solos.

Tal vez se inspiró en lo que Montaigne dijo:

“Defraudándonos de nuestras propias utilidades para formar las apariencias según la opinión general. No nos importar tanto  cuál sea nuestro ser en nosotros y en realidad como lo que de él aparece al público conocimiento.”

Montaigne sabe que por el mundo circulan muchos trajes vacíos, muchos pantalones de mezclilla vacíos, muchas camisetas vacías. Hay, como en Las mil y una noche, príncipes auténticos que parecen pordioseros y mendigos disfrazados de príncipes.

También alerta sobre esta situación:

“Es preciso juzgar al hombre por sí mismo. Sabes por qué supones que es tan alto? Porque no tienes en cuanta los tacones…”

Montaigne termina diciendo que, después del examen que  hemos hecho del mundo, nos miremos otra vez en el espejo. Tal vez haya mejorado la manera de vernos. O tal vez quedó en puro “voyerismo”.
MONTAIGNE

“Michel Eyquem de Montaigne (Castillo de Montaigne, Saint-Michel-de-Montaigne, cerca de Burdeos, 28 de febrero de 1533 - ibíd., 13 de septiembre de 1592) fue un filósofo, escritor, humanista, moralista ypolítico francés del Renacimiento, autor de los Ensayos, y creador delgénero literario conocido en la Edad Moderna como ensayo.” Wikipedia

 

 

J.ORTEGA Y GASSET, SABER LEER EN LA ANTIGÜEDAD


 

Se cree que decimos y hacemos lo que agudos pensadores nos han trasmitido desde la  antigüedad. Que no pensamos por nuestra cuenta.

Comprar un libro, leerlo y guardarlo en el anaquel es convivir con la antinomia de gente que ya no vive pero que sigue siendo. Nos sigue hablando. La pregunta es si los escuchamos.

Encontramos en una librería un Emerson que fue hecho el 20 de julio de 1945, por la Editorial Losada, S. A. en la imprenta López, Perú, 666, en la ciudad de Buenos Aires. Su autor, el que hace la presentación, es Edgar Lee Masters y traducido del inglés por Luis Echavarri. El papel, ya un poco amarilloso, por el tiempo, cocido y bien conservado.

No escuchamos lo que dicen
Este ejemplar nadie lo había leído porque tiene algunas hojas sin abrir en los bordes. Cuesta imaginar cómo pudo sobrevivir 71 años hasta que llegó a nuestras manos.

Alguien dijo, no recordamos quién, que un libro rescata a la generación en la que fue escrito. Descubre las ideas y modos  de su tiempo. Pero también rescata, justo es mencionarlo, a la generación que lo imprimió. El que hace la presentación, el traductor y todo un  ejército anónimo de técnicos y obreros que lo formaron, lo imprimieron, formaron los tipos, lavaron la tinta, lo distribuyeron, lo vendieron, etc.

Con todo, el  libro hecho de papel, letras y tinta, es una presencia causal que de todas maneras un día desaparecerá en el polvo de los días.

Pero la esencia del libro, la voluntad que lo pensó. Anota Schopenhauer, está fuera del tiempo y del espacio. Y por eso es imperecedero. La idea sobrevivirá al vehículo fenoménico:

Baltasar Gracián
¿Qué dice?
“La posibilidad de una acción y comunicación directas entre los individuos, incluyendo los procedentes de los muertos, cuya voluntad permanece, no obstante, indestructible.”

(Schopenhauer, Parerga y Paralipómena)

Ortega desarrolla parejamente, y con  extensión, lo que es el yo y, el o los tús. Los otros, los que tenemos cerca, en la familia, en el trabajo, en el deporte, en el bar.

En la novela abundan los alter ego y los alter tú.

O hasta de lejos, contemporáneamente virtuales, como los artistas del cine. Todos ellos me son  necesarios para desarrollar, quiéralo o no, parte de mi yo.

Son el límite de mi libertad y a la vez yo lo soy de la suya. Sus luces, o su modo ignaro de pensar, son una fuerte rica de información para mí.

¿Repetimos lo que dijeron los filósofos de la antigüedad? Por ningún lado escuchamos lo que ellos dijeron.

Considérese por un segundo qué mundo tendríamos si, como se dice, pensáramos como Sócrates, Platón, Parménides, Pitágoras, Emerson, Aristóteles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Nezahualcóyotl, Montaigne, Jesús, Buda, Diógenes, (el del tonel y la lámpara), Montaigne, Séneca, Cicerón…

Sólo un pálido reflejo tenemos de aquel luminoso universo de las ideas, en algunos suplementos culturales de los diarios. Pero muy pálido.

 Tampoco hacemos lo que dicen los filósofos de nuestra circunstancia cronológica, porque no los conocemos, no los leemos más allá de un porcentaje de la población mundial, impresionantemente bajo que sí los leen.

Sólo conocemos  a nuestra Fata Morgana cuando, cada seis años, depositamos el  voto en las urnas para formar un nuevo congreso de legisladores. Los pensadores nos dicen de un mundo vital pero nosotros, con los legisladores, queremos un mundo inmediato. Queremos comida para el cuerpo no para el alma. Hasta por ahí llegamos la mayoría. Decimos opiniones, sólo opiniones, que se van esparciendo y con el tiempo llegan a parecer verdades. Ortega:

“decimos lo que decimos como el guardia nos impide el paso, lo decimos no por cuenta propia, sino por cuenta de ese sujeto imposible de capturar, indeterminado e irresponsable, que es la gente, la sociedad, la colectividad. En la medida que yo pienso y hablo, no por propia e individual evidencia, sino repitiendo esto que se dice y que se opina, mi vida deja de ser mía, dejo de ser el personaje individualísimo que soy, ya actúo por cuenta de la sociedad: soy un autómata social, estoy socializado.”

Aristófanes
Arquetipo que inspiró  a E. Jardiel Poncela
En esto no hay nada personal ni aviesa intención de alguna secta intelectual que se haya propuesto mediatizar a la humanidad. Nadie tiene ese poder.

Es puro interés mediático. Es la ciencia de la mercadotecnia. La cual, por otra parte, tiene todo su derecho pues el negocio es el negocio. Es otro tipo de devenir, el del consumo y deshecho.

En la medida en que se mantienen lejos los pensamientos, de calidad existencial, resalta el utilitarismo inmediato:

No hacemos lo que dicen  aquellos pensadores de calidad, sino que hacemos y decimos lo que dice la gente. La gente de nuestra circunstancia, la que, como nosotros, aprende a escribir leyendo periódicos y ve mucha televisión.

Es la gente que nos impone su criterio, dice Ortega:

“Una acción tan humana como es el vestirse, no la hacemos por propia inspiración, sino que nos vestimos de una manera y no de otra simplemente porque se usa. Ahora bien, lo usual, lo acostumbrado, lo hacemos porque se hace. ¿Pero, quién hace lo que se hace? ¡Ah, pues la gente! Bien, pero ¿quién es la gente? ¡Ah, pues todos, nadie determinado. Y esto nos lleva a reparar que una enorme porción de nuestras vidas se componen de cosas que hacemos no por gusto, ni por inspiración, ni cuenta propia, sino simplemente porque las hace la gente, y como el Estado antes, la gente ahora nos fuerza a acciones humanas que provienen de ella y no de nosotros…De este modo es en el mundo de los tús y merced a éstos donde se me va modelando la cosa que yo soy, mi yo.

 Mil años antes de Cristo las religiones "paganas", y los modos filosóficos, habían hablado al hombre pero todo esto no era la prioridad de aquellas gentes.

 Alfred North Whitehead observa que desde entonces la medianía está en conflicto con el ideal:

 "Habían salvado las viejas virtudes que habían convertido a la raza humana en una gran sociedad, pero..."

(El devenir de la religión)

Es cuando Ortega nos invita a retomar el rumbo (otra vez, como en el Renacimiento, pero ahora sí de a deveras) escuchando más allá del ruido de la plaza:

“Hay otros que nunca hemos visto y sin embargo nos son: los recuerdos familiares, las ruinas, los viejos documentos, las narraciones, las leyendas, nos son un nuevo tipo de señales de otras vidas que fueron anacrónicas con nosotros, es decir, no contemporáneas nuestras. Hay que saber leer en esas señales, que no son fisonomía, gesticulación ni movimientos actuales, la realidad de esos tus pasados ante- pasados. Más allá de los hombres que se hallan dentro del horizonte que es nuestro contorno, están muchísimos más, son las vidas latentes; son la Antigüedad.”

(J.O. Gasset, En torno a Galileo)

ORTEGA
“José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – ibídem, 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital (raciovitalismo) e histórica, situado en el movimiento del Novecentismo.”WIKIPEDIA

 

 

 

TRES PENSAMIENTOS DE SÉNECA


 

1

En una carta  enviada a  Lucilio, Séneca se aparta de la costumbre, que tiene los filósofos, de tratar de averiguar qué es vivir, qué es vivir bien.

Ahora Séneca se pregunta qué quiere decir saber morir bien.

 A la  juventud el tema no le dice nada. Pero al menos una tercera parte de la humanidad  ya está en edad avanzada y parece que el filósofo, hispano romano, de hace dos mil años, se dirige a ella. “¿Y qué es morir bien?”, se pregunta.

Y se responde a sí mismo “Sustraerse al peligro de vivir mal”.

 Luego Schopenhauer dirá que la felicidad comprende  vivir en salud física y mental. Que suprema felicidad es vivir sin dolor.Lo demás, incluida una bodega llena de joyas, puede ya no significar nada dentro de una hora…

Montaigne también tiene su modo de ver el asunto para el momento de la muerte “Si no sabes cómo morir, no te preocupes; la naturaleza te dirá qué hacer en el momento justo, completa y adecuadamente. Ella hará su trabajo a la perfección; no fastidies con eso a tu cabeza.”

Cada etapa de la vida del humano tiene lo suyo. Pero esto, tan obvio, no se acepta. De sesenta años de edad se piensa en los veintes. Esa ensoñación hace que el individuo se sienta poco más o menos como un traste viejo. Entonces hay que recurrir al doping médico y oficialmente autorizado…

¿Por qué ya no puedo escalar montañas como antes? Tomando cerveza era un campeón pero ahora con pocos tragos estoy ridículamente ebrio. Hasta por incontinencia me orino en los pantalones. Igual en el sexo y por eso se inventó el doping viagra. Igual en la carrera de los maratones. Ahora bajar pocos escalones es un martirio para mis rodillas.

Apenas pongo atención cuando alguien  dice que hay que vivir de las experiencias del pasado pero no vivir en el pasado.

No se sabe ajustar los tiempos existenciales y hay inconformidad con la vida. La vida no tiene problemas, como la montaña tampoco. Si pudiera pensar de sesenta como alguien que tiene sesenta o setenta o noventa, parece que todo iría mejor.

En lugar de pensar en superar un octavo grado superior de la montaña, como  en los  veintes, sería feliz subiendo una pendiente de dos grados de dificultad, según los estándares que han inventado los científicos  de  la escalada de salón. Seguiría en la plenitud de la vida, de la vida vivida.

De ahí que Séneca anota “Nos parecemos  a ciertos inquilinos, que están incómodos y descontentos  en sus casas y no quieren  mudarse porque ya se han acostumbrado a ellas.”

Se acentúa lo anterior si el hipotético inquilino no le dio el adecuado mantenimiento a la casa. Una por  el tiempo que inevitablemente trae lo propio.  A semejanza del agua que se filtra por las fisuras del inmenso bloque de granito y acaba desintegrándolo.

O por indolencia  dejó que su vida  se deteriorara. No supo   conservarla en buen estado. O por necesidad, como es el caso de los que trabajan en situaciones de riesgo de mineros, con  sustancias contaminantes etc.

“Por otra parte-sigue diciendo Séneca-, bien sabes que no es forzoso conservar la vida, pues lo importante es no vivir mucho sino bien vivir. Así es que el sabio vive lo que debe, no lo que puede. Examinará  dónde, cómo, con quién, por qué debe vivir; lo que será su vida, no lo que pueda vivir. ¿Qué es morir bien?, sustraerse al peligro de vivir mal.”

2

En Tratados filosóficos Séneca dice, con siglos de anticipación, las circunstancias por las que el Imperio va a sucumbir.

No hace un inventario de los vicios que han llevado a la decadencia a la clase dirigente, como sí lo hace Cicerón.

Hay una vieja lección de historia que los romanos no han aprendido de los griegos, de los macedonios ni de  sus connacionales etruscos. Todos ellos otrora grandes naciones. El poder los llenó de molicie y perdieron la disciplina psicofísica. El ejército mismo se volvió blandengue.

No como Troya, no como México-Tenochtitlán, que cayeron en el apogeo de su fuerza, juventud y gloria, que fueron vencidos pero que no capitularon.

Igual que en Roma pasó con las civilizaciones del México precristiano. Llegaban los chichimecas, barbaros del norte y destruyeron la gran civilización de los teotihuacanos, que se habían vuelto demasiados refinados.

Estos bárbaros se hacían a su vez herederos de la civilización, que acababa de destruir, se civilizaban a la  sombra de sus ruinas y con el tiempo se volvían también refinaditos. Llegaba otra oleada de bárbaros del norte y la historia se repetía. Así sucedió con los grandes: Tula,   Tenayuca,  Azcapotzalco.

El análisis que Séneca hace de la Roma de su tiempo  es   agudo, demasiado agudo para que puedan entenderlo los del  Palatinado, incluidos los senadores. Sobre todo que cada senador sueña ya con su castillo, sus tierras y su feudo.

“Huyan de los deleites y de la enervada felicidad con que se marchita los ánimos”,

escribe Séneca pero nadie hace caso. Mucho ruido, demasiado lujo, fiestas de libertinaje, relajación del ejército.

Séneca no  detiene su mirada en las salas de los festines ni en corredores palaciegos de la intriga, que él conoce tan bien toda vez que es parte, importante, del “campus”.

La aguda mirada de Séneca va más allá de los límites del Imperio y penetra en los bosques llenos de niebla y de nieve. Sabe que ahí está alguien que espera que los mandos de Roma se depraven aún más.

Lo que ve son a “los alemanes y las demás gentes que andan vagantes en las riberas del Danubio, siempre los oprime un perpetuo invierno y un anublado cielo, y sustentándolos  escasamente el estéril suelo, defiendense de las lluvias en chozas cubiertas de ramas y hojas; bailan sobre las lagunas  endurecidas con el hielo, y para sustentarse  cazan las fieras.”

Y pasa a preguntarse “¿Parécete que estos son míseros? Pues ninguna cosa en quien la costumbre se ha convertido en naturaleza, es mísera, porque poco apoco vienen a ser deleitables las que comenzaron por necesidad. Estas naciones no tienen domicilios ni lugares de asiento más de aquellos que les da el cansancio de cada día; su comida es vil, y la han de buscar en sus manos; y siendo terrible la inclemencia del cielo, traen desnudos los cuerpos, siendo esto que tú tienes por incomodidad, la vida de tantas gentes, y al contrario, los que crecieron en abrigados valles son frágiles…”

Debido a tantas risas, de vino y flores del Palatino, las palabras de Séneca nadie la escuchó…

3

Pensamientos como el que sigue son los que llevaron a la leyenda que Séneca había sido convertido, por san Pablo, hacia el cristianismo. Durante siglos, en la Edad Media, corrió esta especie.

Aunque contemporáneos, y habitantes ambos en Roma, la capital del Imperio, está comprobado que eso no fue cierto.

Por otra parte Séneca vivía en los corredores del Palatino, como hombre de confianza y preceptor de Nerón. En tanto san Pablo a la sazón, y a punto de ser apresado y enviado a la cárcel mamertina, para  ser decapitado, vivía con  los cristianos que por esos días se reunían, con todo sigilo, en lo profundo de las catacumbas de la ciudad.

Con el 90 por ciento de coincidencia, el cristianismo con la filosofía griega-romana, ambos personajes tenían casi el mismo modo de pensar. La palabra en la que se puede resumir el Nuevo Testamento es amor, y, la palabra para la filosofía griega pagana es virtud. Con sus matices ambas están en la perspectiva del bien, tanto si el individuo se mueve en los valores materiales, como en los valores vitales.

Hablando de la ira, en sus Tratados filosóficos, Séneca escribe algo que también suscribiría san Pablo:

“Puede absolverse al hombre que ha cometido una falta, si su arrepentimiento es de buen augurio para lo sucesivo y si se ve que el mal no viene del fondo de su alma, sino que es superficial.”

SËNECA
“Lucio Anneo Séneca (Latín: Lucius Annæus Seneca), llamado Séneca el Joven (4 a. C. – 65) fue un filósofo, político, orador y escritor romano conocido por sus obras de carácter moralista. Hijo del orador Marco Anneo Séneca, fue Cuestor, Pretor y Senador del Imperio Romano durante los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, además de Ministro, tutor y consejero del emperador Nerón.”WIKIPEDIA

 

 

 

Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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