Schopenhauer en el juego sin meta del relojero




Obra: En torno a la filosofía
Editorial Porrúa; México, 2009
Primera edición en alemán: Berlín, 1851

Schopenhauer dice que en el juego del ajedrez sabemos bien de qué se trata: ganarle al otro. Hay una serie de recursos y nosotros decidimos cuándo y cómo empezar el juego y cuándo termina.

En el juego de la vida (considerado el asunto desde la filosofía, no de la teología) ni fuimos nosotros los que decidimos jugar ni tampoco conocemos la meta que hay que alcanzar, más allá de la que vemos frente a nuestras narices.  De pronto nos encontramos moviéndonos  como el reloj  al que alguien le dio cuerda. Pero desconocemos la intención del relojero.

Conocemos los medios pero no sabemos el fin, la meta, de todo esto. Hay algo como una “extraña astucia” que nos pone en movimiento. Porque cuando creemos haber alcanzado la meta, y tenemos toda la experiencia, habilidad y preparación, ¡Plop! De pronto  esa “una extraña astucia” nos hace a un lado. Como en la nómina de la fábrica en la que ocupábamos un lugar pero que ahora ha sido borrado y otro nombre ocupa nuestro renglón en el papel.

Al estilo del diputado, o del presidente de la república, que empezó el remoto ayer “picando piedra”, se afanó toda su vida y ahora, que está en la cúspide, debe dejarlo todo. ¡Cuando tenía todos los contactos!, los conocimientos, la habilidad y los programas que iban a  salvar a la Humanidad estaban tan avanzados! ¿Cuál es la meta  de  tanto afán?

Como en el videojuego de los niños que alguien va conduciendo un automóvil, a toda velocidad y habilidad, y conoce el cómo ir por la carretera derribando obstáculos pero ignora a qué fin  se dirige todo eso.

Schopenhauer se refiere al juego de ajedrez porque es el modelo que nos resulta familiar pero, cuando lo que se considera es la vida, la existencia, nos afanamos en los modos mecánicos de las hormigas pero, ¿para qué?. Sobre todo cuando somos conscientes, dice, que este fin no es el fin. Si éste no es, ¿cuál es? Recordamos que la pregunta la hace un filósofo, no un teólogo. Schopenhauer no se contenta con la indolente expresión de “aquí acaba todo”. Si hubo un creador el asunto no puede acabar con la descomposición de los tejidos. Para eso no se necesitaba haber desarrollado la angustia que nos conduce a la intuición y certeza  que nos advierte de la muerte. Con el mecanicismo de las hormigas hubiera sido suficiente. O cuando más primates con visión estereoscópica y manos prensiles del oligoceno. ¿Para qué pasar de ahí?
Arturo Schopenhauer

El asunto se complica cuando Schopenhauer menciona la palabra “creación”. Entra en juego la creación, no basta ya la azarosa aparición de la célula primordial y las cianobacterias  entre fluidos químicos y energía eléctrica que cruzan el planeta por todas partes en el  comienzo de todo. No nos preguntamos por el fin y en todo caso no importa. Si no vamos a obtener la respuesta más nos vale sólo preocuparnos de los medios para irla pasando, de la próxima olimpiada, de la liguilla de futbol de verano aunque  apenas sea  invierno, de la telecomedia de las ocho de la noche…

Schopenhauer se pregunta: “Si consideramos nuestra existencia como obra de un extraño poder arbitrario, debemos admirar la hábil astucia del espíritu que nos ha creado. Esta astucia en efecto ha logrado hacernos tan caro un fin momentáneo, y que pronto habremos de abandonar, aún a pesar nuestro, la vida y la existencia, cuya nadería se impone  necesariamente a nuestra reflexión, que laboramos con todas nuestras  energías y con la mejor fe para conseguirlo. Sabemos, sin embargo, que luego de concluida la partida, el fin no existe para nosotros: en suma no podemos precisar lo que nos lo hace tan querido. Siempre se nos aparece tan voluntariamente suscrito como por aquel  que se propone dar jaque al rey de su adversario. Nunca pensamos más que en los medios, sin preocuparnos del fin. He aquí la conclusión a  que llegamos porque nuestro conocimiento es simplemente capaz de ver lo exterior, pero impotente para escudriñar lo interno.”












Ortega y Gasset y la higiene vital




Obra: ¿Qué es filosofía?
Autor: José Ortega y Gasset
Colección Austral, Espasa- Calpe. S.A. Madrid, España
7 de diciembre 1973



“Taco y paso atrás” es una expresión mexicana jocosa  de los participantes a un banquete donde, al estilo de “bufet”, cada uno se sirve su plato. Sólo que muchos, casi todos, no dejan el puesto próximo a los manjares y no dan oportunidad que se acerquen los de la segunda fila que esperan con sus platos vacíos. De ahí el apremiante grito de “¡Taco y paso atrás!” Es, en cierto sentido, una de las más grandes  metáforas.

Ortega y Gasset ilustra así el modo de pensar de la generación de los humanos que ya vivió su tiempo, y su oportunidad, pero que no quiere dejar su sitio a los de la generación de los que viene detrás. Es la nueva generación de los hijos que creamos, de los estudiantes que enseñamos, de los trabajadores manuales que adiestramos y, sin embargo, ahora  no queremos  hacernos a un lado, pudiendo hacerlo, y dejar nuestro puesto, para ser ocupado por aquellos.
José Ortega y Gasset

Considérese con detenimiento, y sin pasión, lo que esto significa en un planeta en el que el número de habitantes se multiplica de manera exponencial. Las oportunidades de estudios y de laborar son por demás escasas. Trabajadores manuales, académicos y  políticos profesionales, con antigüedad  suficiente, y en ocasiones más que suficiente, no se jubilan para dejar oportunidad a los jóvenes. Ya no hablamos de gente de la tercera edad sino de ancianitos en los que el apremio económico dejó de ser factor de permanencia.

Observaciones como esta es donde Ortega y Gasset  adquiere su grandeza de pensamiento. Lo  dice de esta manera: “ Cuando esta prolongación de la juventud es ya imposible, aun cabe decidirse bellamente  por la gran  generosidad  y, ya que no se puede vivir la nueva vida, que llega, alegrarse de que otros la vivan, querer que el porvenir sea distinto de nosotros, estar resueltos a la aventura de dejarles  su novedad invasora, su juventud. Es el problema del hombre maduro: el pasado tira ya de él, y fermenta en él el sentimiento, la acritud hacia el futuro. A la vez siente aun próxima su juventud, aun está junto a uno, pero ya no está en uno, sino a la vera, como sobre el muro el trofeo, lanza y arnés, gesto de guerra ya inválido y paralítico. ¡Que otra juventud sea, ya que no puede volver  la de uno! En el Sahara se oye un adagio que dibuja, en su sobriedad, toda una escena de desierto, donde hombres, rebaños y tropeles de acémilas tiene que abrevarse  en un breve charco. Dice así, sencillamente: “Bebe del pozo y deja tu puesto a otro.”

Ortega y Gasset conoce la pasta humana y sabe que  se la pasa cantando himnos a la solidaridad y a la vez practicando, día tras día, un riguroso solipsismo.Advierte: "El que se resista,el que no quiere comprender la nueva fisonomía que toma el vivir,quedará sumergido en la resaca irremediable  del pretérito-en todos los ordenes y en todos los sentidos-,en su obra,si es intelectual o artista, en sus amores,si es sentimental,en su política, si es ambicioso." 

“José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – ibídem, 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital (raciovitalismo) e histórica, situado en el movimiento del Novecentismo.”







Gutiérrez Nájera y morir joven




Manuel Gutiérrez Nájera  1859-1895

Gutiérrez Nájera, poeta mexicano, es el autor de un poema que habla de morir joven y Epicteto ( 50-130),pensador romano, escribió sobre la situación de morir ya viejo.

La Tanatología  o el conocimiento consciente de la muerte, de la muerte personalizada, se sugiere  en las postrimerías de la vida, cuando debiera enseñarse aun desde niños, para mejor aprovechar la vida.

Andamos tan apresurados juntando nuestro primer millón de dólares (para después poder vivir bien), que cuando la dueña de la casa toca la puerta nos damos cuenta que ya no tendremos tiempo para vivir bien. En ocasiones, si nos encontramos en el WC, no tendremos tiempo ni de agarrar el papel higiénico. Así de apremiante es la casera cuando llama.

Pensadores de todas las épocas  se han ocupados del tema. La manera de pensar de los estoicos ha inspirado a gente de todas las épocas y de todas partes del planeta. En el siglo diecinueve  los mexicanos con Gutiérrez Nájera y su  poema Para entonces, en el siglo dieciocho a Schopenhauer, y en la antigüedad romana a Séneca y a Epicteto.

Como sea, nadie quiere morir. Epicteto (en Máximas) nos recuerda:” Tarde o temprano, es fatal y preciso que la muerte venga  a nosotros”
 Y menos se quiere morir nadie  si   está en el pleno vigor de la vida. Sólo Gutiérrez Nájera  fue capaz de escribir:

Quiero morir cuando decline el día
En alta mar y con la cara al cielo
Donde parezca un sueño la agonía
Y el alma una ave que remonta el vuelo
Morir, y joven,
Antes que el tiempo aleve destruya la gentil corona
Cuando la vida dice aun soy tuya
Aunque sepamos bien que nos traiciona

Sabemos que tenemos que morir. Se cree que esta certeza es lo que distingue a los humanos de los animales. Ese conocimiento a priori  provoca angustia  y ésta, según Kierkegaard, humaniza al hombre. Pero buscamos alejar nuestro pensamiento de ese ineludible fin diciendo “otros veinte años más estarían bien”. Si se cumplieran esos veinte años diríamos: “Mejor mañana”.
M.Gutierrez Najera  1859-1895

Epicteto se pregunta ¿para qué, llegado el tiempo, aferrarse, si  de todas maneras tenemos que partir. Este desconcertante parecer de Epicteto sólo lo entenderán mejor los reos sentenciados a muerte, en Estados Unidos,  y a los que les es postergado el cumplimiento de la sentencia y vuelen a quedar en espera de la otra fecha. Está documentado que hay presos que no soportan esa angustia y ellos mismos piden o que se les indulte  o que se les ejecute ¡pero ya! En otro sitio y en otro contexto es lo mismo para todos nosotros. Más cuando se viven las peores condiciones de salud de los padecimientos terminales.

Epicteto se dirige a los que todavía, a los noventa años, están afanosamente haciendo planes utilitarios. Tan afanosos que ni siquiera tuvieron tiempo, los que tenían que dejar,  para escribir ante notario su testamento, de lo que abundan  casos en  el mundo, dejando una secuela de problemas a la familia y a la sociedad. Epicteto dice, sobre todo para los que se aferran mediante ciencia médica, a no morir, cuando lo único que están haciendo es retardar que el barco zarpe:

“…cuando el capitán llama hay que abandonar cuanto  hemos adquirido, mujer e hijos inclusive, y correr hacia el barco sin volver la vista atrás. Sobre todo si eres viejo, no te alejes mucho, no sea que el capitán te llame de pronto y no estés  en disposición de acudir rápidamente.”


Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México, 22 de diciembre de 1859 - ibídem, 3 de febrero de 1895) fue un escritor, poeta y periodista mexicano, trabajó como observador cronista. Debido a que trabajó en distintos periódicos, utilizó múltiples seudónimos, no obstante, entre sus contertulios y el público, el que más arraigado quedó fue: El Duque Job.

Berkeley, un filosofó sin sentido común

 Berkeley
1685-1753
 Siglo Veintiuno de España Editores 2004
Paul Strathern

El sentido común es la pista donde todos los atletas corremos. Pero hay otros tan faltos de sentido común que se van a correr a las montañas.

 No pocos filósofos, y todavía más poetas, se preguntan ¿qué es eso del sentido común?

 Cuando gasto mi última moneda, el dinero deja de existir para mí. Me dicen que hay dinero en el mundo pero yo no lo veo ni lo tengo ni lo toco ni lo gasto. Si estoy en la ciudad de México tampoco existen Buenos Aires ni Madrid ni Nueva York.

 Esta es la idea de Berkeley que se antoja la más absurda de las afirmaciones. ¿Pero quién me asegura que el Monte Blanco existe sin haber estado ahí o será que se están refiriendo a una pura entelequia sólo porque otros dicen que sí existe? Porque la gente (y sobre todo la televisión y el cine) asegura que muchas cosas existen pero que en realidad son pura fantasía.

 Pero puedo salvarme de ser internado en el manicomio si digo, porque lo creo sinceramente, que Buenos Aires, Madrid y Nueva York sí existen no porque yo lo haya visto sino porque Dios lo ve todo: “En otras palabras: podemos saber que el mundo existe sólo cuando lo percibimos, pero cuando no lo hacemos nosotros directamente está siendo sostenido por la percepción continua de un Dios que todo lo ve.”

 Y cuando estamos por arrojar lejos este libro vemos que Strathern dice, en la presentación que hace de la obra de Berkeley: “Nos asalta la sorpresa cuando vemos que la física de las partículas subatómicas s e ha visto forzada a sacar una conclusión asombrosamente similar a la de Berkeley”. Menciona en seguida el principio de indeterminación de Heisenberg donde no es posible medir a la vez el momento y la posición de una partícula subatómica: “Únicamente podemos “conocer” aquella que estamos percibiendo. El otro elemento está, en cierto sentido, “allí” (como si fuera percibido por un Dios que todo lo ve) pero que no puede alcanzar una existencia determinada hasta que la percibimos.”

Y no obstante esta teoría de las partículas subatómicas parece que todo esto que nos platica Berkeley sigue teniendo muy poco o nada de sentido común: “El sentido común es la manera en que intentamos manejar la vida cotidiana. Pero si queremos progresar más allá de la imprecisión y el embrollo de la existencia diaria para llegar a una verdad más cierta, frecuentemente tenemos que abandonar lo obvio.”

 Un alpinista nunca podrá llegar a la cima de su montaña sino se decide a abandonar el valle.

 De esa manera Berkeley resolvió para él la dualidad antitética de pensamiento de ser un práctico materialista y a la vez decidido hombre de creencia en la existencia de Dios (en México esto no es ninguna sorpresa pues es un país de profundas raíces mágicas milenarias, en el que hay no pocos ateos que creen en Dios).

 Berkeley es un hombre religioso de vocación y profesión. Fue ordenado, en 1710, pastor de la Iglesia de Irlanda, protestante, y consagrado obispo en 1734. La obra   de este pensador, de origen irlandés, es de primera línea en los trabajos de historia de la filosofía. En recuerdo suyo una ciudad de California( y una universidad) Estados Unidos, se llama Berkeley.

 Berkeley es un empirista y también un metafísico, dualidad que tal vez no corresponda nada más a México: “esta contradicción está en el corazón de nuestra vida actual del mundo. La mayor parte de la filosofía moderna, y todo el pensamiento científico, se encuentran en una situación semejante.”

 La conclusión que hizo famoso a Berkeley fue su esse est percipi (ser es ser percibido): “así superó triunfante, el materialismo de Locke pero le dejó el problema de qué sucede con el mundo cuando nadie lo está mirando.”

 Su recurso de “Dios mira siempre” no es una ingeniosa salida intelectual sino algo que le da coherencia a la misma causalidad, a la causa y el efecto, al fenómeno, o como se le quiera llamar. La presencia de Dios le da unidad a todo, aunque sólo pueda percibir las cosas y las situaciones que tengo a la vista.

 Estas ideas las expuso Berkeley en una obra  (Un ensayo acerca de una nueva teoríade la visión)  publicado en 1709: “Estas obras, que sacudieron los cimientos en que s e basaban los filósofos anteriores, causaron sensación. Pero son difíciles de comprender, a manos que se tenga la resistencia de un corredor de carreras.” Más cuando, agregamos nosotros, de un atleta que corra en las montañas.

 Ideas que, cualquiera puede ver, son faltas de sentido común pero, dice Strathern, “No hay razón alguna por la cual la filosofía debiera adecuarse al sentido común.”

Por no lisonjear al sentido común Berkeley fue “objeto del ridículo público y tuvo que ser defendido animosamente por todos los intelectuales contrarios a toda estrechez de miras.”

 Berkeley fue todavía más allá, al internarse en los parajes intuitivos en los que pocos se atreven, al declarar: “No existe la materia, sólo la percepción.”

 Después de esto Berkeley fue tergiversado y ridiculizado hasta el escarnio pero, sigue diciendo Strathern: “Si somos escrupulosos y rígidos en busca de la verdad filosófica llegaremos a una posición similar a la sostenida por Berkeley.”

José Ortega y Gasset escribe, al principio de su obra ¿Qué es filosofía?: "la meditación sobre un tema cualquiera,cuando es ella positiva y auténtica,aleja inevitablemente al meditador de la opinión recibida o ambiente,de lo que con más graves razones que cuando ahora supongan ustedes mrece llamarse "opinión pública" o "vulgaridad".Todo esfuerzo intelectual que lo sea en rigor  nos aleja solitarios  de la costa común y por rutas recónditas que precisamente  descubre nuestro esfuerzo nos conduce a lugares repuestos, nos sitúa sobre pensamientos  insólitos. Son estos el resultado de nuestra meditación...En defintiva,llama realidad el fisico a lo que pasa si él ejecuta una manipulación.Sólo en función de ésta existe  esa realidad."

 Como sea, Berkeley desconcertó desde entonces al mundo empezando por sus contemporáneos. Oliver Goldsmith, dramaturgo, sostuvo que Berkeley fue: “el genio más grande o el mayor zopenco…”

 Los mismos historiadores de la filosofía lo asocian frecuentemente entre los empiristas o materialistas pero sin negarle su lugar en el idealismo espiritualista.

W.Ditlhey (en su Historia de la Filosofía) lo menciona en los dos polos del pensamiento: “se apega al fenomenismo y llega en razonamientos no muy convincentes al inmaterialismo.”

 Ramón Xirau (en su Introducción a la historia de la filosofía):”En realidad toda la filosofía de Berkeley es un ataque contra el ateísmo y pretende llegar a una interpretación del mundo que haga patente la presencia de Dios en la creación.”



 Berkeley (a la derecha) y su familia en las Bermudas (retrato realizado en 1731 por John Smibert).



 Al final de su obra, Paul Strathern cita algo que dijo   John Wheeler,el fisico norteamericano contemporáneo que fue el que acuñó el término "agujero negro": "Ningún fenómeno es fenómeno real hasta que es un fenómeno observable."


En el diálogo que Filoctetes y Teofilo sostienen en el  Nuevo Tratado sobre el entendimiento humano,Leibniz, esgrime los dos pareceres, el que coincide con Berkeley, y el ortodoxo, por medio del segundo.

El primero dice: "más allá de nuestra sensación actual no hay conocimiento, y no tenemos más que verosimilitud,como cuando yo creo que hay hombres en el mundo,en lo cual hay una externa probabilidad,aunque ahora, solo en mi gabinete no veo yo a ningún hombre."

Teófilo argumenta: "sería, sin duda,locura dudar seriamente  si hay hombres en el mundo cuando no los vemos."

 “La filosofía de Berkeley es el empirismo llevado al extremo. Si John Locke había dudado sobre el conocimiento de los cuerpos, Berkeley va más allá. En su juventud, Berkeley propuso que no se puede saber si un objeto es, sólo puede saberse un objeto siendo percibido por una mente. Declaró que los seres humanos no pueden conocer los objetos reales o la materia que causa sus percepciones, sino que incluso las propiedades matemáticas son ideas semejantes a las cualidades sensoriales. Por tanto, concluyó que todo lo que puede conocerse de un objeto es su percepción del mismo, y resulta gratuito suponer la existencia de una sustancia real que sustente las propiedades de los cuerpos. Los conceptos abstractos de Locke no existen para Berkeley, ni en la naturaleza ni en el espíritu, es una ficción. Las ideas siempre conservan su particularidad. No es la abstracción, sino el lenguaje, lo que hace posible extender observaciones particulares a lo general.”





Epicteto: regla placer-dolor




Manual y Máximas
Epicteto (50-130 d C)

Epicteto va por la vida caminando en sentido contrario que Epicuro. Los dos coinciden, empero, en el punto que la vida es breve. Es tan breve, dice Epicteto, que sólo se puede vivir en plenitud con la sobriedad de las costumbres. En cambio Epicuro cree que esa brevedad sólo es posible vivirla apurando  copas de vino, besando cuantas bocas sean posibles y comiendo hasta reventar.

Lo anterior, respecto de Epicuro, es la versión común que corre por el mundo pero está lejos de ser verdad y, por el contrario, Diógenes Laercio dice que llevaba una vida sobria. Este punto lo hemos tratado con más detenimiento en otra parte de este mismo blog (ver "Epicuro no era así").

Lo anterior serían encantadores pareceres si tales actitudes no tuvieran consecuencias. Estas consecuencias es lo que Epicteto nos llama a considerar. Todo enmarcado en la más pura causalidad. Nada de moral, nada de sermones de autoayuda. Sólo causa y efecto.

Epicteto pertenece a la escuela de los estoicos fundada por Zenón tres siglos antes de Cristo. La manera  en que consignó su modo de pensar es una  premisa, apenas unos brochazos. Frases por demás sintéticas que, en especial en los últimos dos siglos, siguen tan valederas que diferentes disciplinas académicas como la medicina, la sociología, etc. recurren a esos principios.

A cierta edad el hombre y la mujer se ponen la primera borrachera de su vida. Sigue un efecto doloroso de recuperación biológica y mental que se conoce en México como “cruda” y en Argentina como “curda”. El Sol ahora es amarillo y el planeta y el mundo se han llenado de desolación, el sistema nervioso brinca hasta cuando pasa volando  una mosca…Lo mismo, pero aumentado N veces, sucede con otro tipo de drogas. Está el tiempo de la euforia y la alegría desbordada. Todo en este mundo está tan mal hecho pero ahora él tiene la solución… Le sigue el tiempo del sufrir las consecuencias. No hay modo de escapar a esta regla. Intentar el remedio  por otros recursos químicos es aumentar las consecuencias.

Lo que Epicteto señala  es que se tenga en cuenta el tiempo del placer y el tiempo de pagar las consecuencias por ello: “Considera después la diferencia que hay del tiempo  en que gozarás de ese placer  y de aquel que, después de haberle gozado, te arrepentirás y te aborrecerás a ti mismo.”

Si todo quedara en función de recuperación biológica, la bioquímica podría decirnos cuánto tiempo nos llevaría para que pasara esa resaca. Lo que no va poder decir  son las consecuencias cometidas bajo los efectos del alcohol. Insultos, choques por manejar ebrio, atropellamientos, embarazos no pensados, pleitos…
Epicteto (50-130 d C)

Aquí el tiempo de recuperación (si es posible la recuperación) al que Epicteto se refiere es más prolongado. La borrachera duró una noche pero las consecuencias pueden durar más tiempo. Hay reos que purgan vente años de cárcel por sólo una noche que se emborracharon...

Lo del alcohol es sólo un ejemplo de cien que hay. Otro sería el placer de la comida. O cuando la necesidad de comer se vuelve placer. México está señalado por la ciencia médica de los propios mexicanos, y de la Organización Mundial de la Salud, como el país número uno del planeta de gente que anda en el sobrepeso corporal. Y con ello todo un rosario de enfermedades de alto riesgo.

Es cuando el pensamiento sintético de Epicteto se deja oír de nuevo: "Considera después la diferencia que hay del tiempo  en que gozarás de ese placer  y de aquel que, después de haberle gozado, te arrepentirás y te aborrecerás a ti mismo.”









 

Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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