LA UTOPIA SIGUE, DESDE PLATÓN


 

Que los gobernantes sea filósofos…

El pueblo se acerca al árbol que le brinda más sombra. Esta metáfora no gustaba  a  H. D. Thoreau. El pueblo no necesita de ninguna sombra, más que la propia.

 A condición que lo gobernantes de ese pueblo sean filósofos...Para que gobiernen con sabiduría y permitan el libre y sano desarrollo de los individuos. Sino lo alientan para alcanzar tales metas, al menos que tengan la necesaria sabiduría que no lo estorben:

Ni lugar en las aulas universitarias, ni seguras fuentes de empleo, ni seguridad en las calles, son tres de las cien maneras de estorbar.

Entre la ley y la justicia Thoreau se decide por la segunda. La ley la hacen pocos, y no siempre en beneficio de todos.

“Yo creo que deberíamos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto  por la ley, sino más bien por la justicia.”

 H. D. Thoreau Desobediencia civil. El capítulo tiene, en nuestra edición, el mismo título de la obra.

Thoreau no es un nihilista ni tampoco un anarquista. No está contra el gobierno. Lo que busca, para todos,  es el mejor gobierno.

 Tampoco cortejaba a las mayorías para buscar su voto: "Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar, ni deseará que prevalezca frente  al poder de la mayoría. Hay muy poca virtud en la acción de las masas:"

De la misma manera no abogaba por la santidad sino por la humana normalidad. No quería entrar en el lugar común de  erradicar a los malos  de este planeta, sólo decía del corrupto:" al menos lavarse las manos de él." En otras palabras, empezar por el principio, poner el ejemplo. No perorar, sino actuar.

En el siglo veinte tuvieron lugar, al sur de la frontera, movimientos revolucionarios para quitar a dictadores que habían infectado la vida de la región. Lo lograron pero no se fueron llegado el tiempo de irse. En el siglo veintiuno, ya convertidos a su vez en dictadores , el  pueblo ha entendido que es cuento de nunca acabar.

Lo que ahora hacen esos pueblos es reunirse al amanecer en la plaza publica, pero no para emprender otra revolución y cambiar a los gobiernos.
Se reúnen para agruparse en caravanas de emigrados irregulares y empezara desplazarse hacia el norte, donde les han dicho que vive Fata Morgana

Muchos no llegarán, sucumbirán a manos de los corruptos regionales a lo largo del trayecto. Pero otros sí llegarán. 

 

 
Dibujo tomado de
El País
15 diciembre 2018

 

Platón tampoco abogaba por la desaparición del Estado, del gobierno. Al pedir que los gobernantes fueras filósofos quedaba implícita su aceptación.

 

A Platón se le encuentra  donde menos lo esperamos, como un reborde en el piso que nos hace tropezar cuando creemos que caminamos bien.

La justicia tiene el fundamento de la conciencia. Para el mejor gobierno se necesita actuar con conciencia. Pero esta requiere sabiduría, como la entendían los griegos, que es virtud, valores de calidad: Thoreau: “Un sociedad formada por hombres conscientes es una sociedad con conciencia.”

Los griegos resumían todo esto en una sola palabra: paideia. Educación. Educación  no tanto de aula sino de cultivar esos valores de calidad. Ser filósofos, ser sabios, es decir, virtuosos.

En este punto de la virtud  Aristóteles coincide con su maestro Platón. En su Gran Ética, capítulo V, anota que “Cuando la virtud se hace mayor en grado, ella hará al hombre cada vez mejor, en lugar de hacerlo  cada vez  peor.”

A veinticinco siglos de Platón, la distancia no se acortó, parece que la utopía se hizo más utópica.

Las grandes e interminable caravanas de migrantes ilegales se desplazan de un país a otro país y de un  continente a otro continente.


Dibujo tomado de
El País
28 de julio 2018
Tienen conciencia de la sabiduría y  de la virtud, pero no la encuentran en su lugar de origen. Van huyendo de la “ley” que no beneficia a todos.

Platón (su túnica) quedó muy atrás en el tiempo pero sigue siendo inalcanzable en sus ideas. Es decir, nadie ha logrado ponerlas en práctica: que los políticos sean filósofos. ¿A quién se le ocurre? ¡A Platón!

Pero no es ningún galimatías. Lo que quiso decir es que si la meta en la vida es la felicidad se requiere  actuar en consecuencia: “Cuando los hombres estén preparados, ese será el tipo de gobierno que tendrán”, esto también lo dijo Thoreau.

Para eso se necesita sabiduría. Una de tantas definiciones que corren de los filósofos  es que, son  amantes de la sabiduría,  buscan la sabiduría. Tal vez nunca la encuentren, pero en tanto se busca, se está  ya en la sabiduría.

Como el alpinista con su mochila al hombro, camino de la cumbre. Ya está haciendo alpinismo desde el momento que en casa  empieza  a preparar su mochila.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

Seguidores