EPICURO Y LOS OTROS EPICUROS



Vivir feliz y en paz es lo que Epicuro llama deleite.

Los lujuriosos (expresión de Epicuro) le han dado otro sentido a la palabra deleite.

Sacado de su texto y de su vida común, Epicuro es el héroe cultural de la dulce vida. Se le tiene como un filósofo carnal y corpóreo

                                                                                                                    De  FRANZ HALS

“El deleite es el principio y el fin de vivir feliz”, escribió. Además de señalárlo como materialista  enemigo de la divinidad.

 Schopenhauer recomienda, una y otra vez, que se lea a los filósofos en su fuente original o se corre el riesgo de que nos estén dando gato por liebre.

 No siempre por mala fe sino por falta de suficiente información o de interpretación deficiente. O por así convenir al momento político del momento.

 Conocemos la historia: Teotihuacán sucumbió por falta de grano, por la revolución del pueblo contra sus gobernantes, por la guerra, por los virus, por los extraterrestres…

 Otro ejemplo de desinformación es el  Nezahualcóyotl que conocemos. Es un Frankstein que armaron los frailes españoles del siglo dieciséis aproximándolo todo lo que quisieron al modo de pensar de la nueva religión que entonces llegó a México. Ahora Nezahualcóyotl fue  monoteísta, enemigo de la guerra, aborrecía  de los sacrificios humanos, monógamo…

Hombre destacado de la ciencia de su tiempo, y respetuoso en lo que se refiere a  lo divino, Epicuro no se queda en la isla, en lo abstracto, en los  “átomos lisos y redondos”, en la secta cultural, a la que tanta inclinación se tendrá por los pensadores en los siglos venideros.



Epicuro escribió tres cartas, una dirigida a Heródoto, otra a Pitocles y la última a Menoceo. De seguro escribió mucho más pero es poco lo que nos ha llegado de este gran pensador.
                                                Epicuro

Las dos primeras versan de temas académicos y la última  de cuestiones de la conducta humana. 1) A Heródoto: sobre la teoría física general de la Naturaleza,2) A Pitocles: de los meteoros y método que se deben seguir en el estudio de los fenómenos celestes,3) de la doctrina moral

Padrino de los suicidas es otro letrero que se ha colgado del cuello de Epicuro, al decir que es preferible morir a seguir viviendo.

Lo que dice es que todo bien y todo mal están en los sentidos. Pero pensamos en ellos como si fuéramos  a vivir setecientos años, al menos.

Imaginemos cuántos dolores y deformidades sufriría  alguien así. Dorian Grey, alter ego de  su autor, lo entendió perfectamente (lo experimentó en carne propia) y él mismo quiso salir de esta vida.

Ser feliz y no prolongar esa felicidad hasta el absurdo en cuanto tiempo, y todo irá bien. He aquí sus palabras:

“Nada hay, pues, de molesto en la vida para quien está persuadido de que no hay daño alguno de dejar de vivir.”

Absoluto y apariencia “tales son las dos ideas del ser entre las que se encuentra dividido el espíritu humano” escribió Jean Wahl, filósofo marsellés, en su Introducción a la filosofía.

  Epicuro era un hombre universal, es decir, de ciencia y también identificado con lo divino. Pero se le interpreta jugando a las abstracciones como un Epicuro de solo la apariencia.

 Y entre estos dos epicuros,  muchos epicuros según la  información que de ellos se tenga o la desinformación que de ello se proyecte. Y así con  los personajes de la historia: Cesar, Napoleón, Franco, Bolivar, Hidalgo…

Imaginando que sus palabras no serían comprendidas con la intención que él las decía, añade:

“Así, el perfecto conocimiento de que la muerte no es contra nosotros, hace que disfrutemos la vida mortal, no añadiendo tiempo ilimitado.”

El señalamiento que se le hace de materialista (haciendo abstracción de su señalada vocación para la ciencia), no es porque no crea en la divinidad. En lo que no cree es en los hombres que se manifiestan devotos pero su conducta no tiene relación con lo que dicen  profesar. Escribe algo que debió gustar mucho a Pablo:

“En algunos tiempos usamos el bien como si fuese mal, y, al contrario, del mal como si fuese el bien.”
    
Discurriendo en su lógica académica se refiere a los supersticiosos, no a los religiosos:

“Las enunciaciones del vulgo, en orden a los dioses, no son anticipaciones, sino juicios falsos…Hay dioses y su conocimiento es evidente; pero no son cuales los juzgan muchos, puesto que no los atienden como los juzgan.”

Pero aun cuando no hubiera tales dioses, dice, mejor creer en esa fabula que en el espíritu de las cosas materiales pues el mismo movimiento de estas no tiene ningún punto de apoyo para la trascendencia, para el pretérito que se proyecta hacia el futuro:

“Sería preferible seguir las fabulas acerca de los dioses, a deferir servilmente al hado de los naturalistas.”

La sobriedad que Epicuro anota en su carta a Meneceo,   sin duda  cautivó a Nietzsche y le  sirvió para desarrollar su tesis filosófica.

La sobriedad, en tiempos de consumismo y deshecho, es más difícil de vivir que atravesar caminando el desierto de Altar.

Epicuro escribe al final de la epístola mencionada:

“Vivirás como un dios entre los hombres; pues el hombre que vive entre bienes inmortales, nada tiene de común con el animal mortal.”

Del que se dice recomienda el suicidio, leyéndolo en su original resulta lo contrario, es decir, anota pautas para vivir de manera sana y feliz:

“El acostumbrarnos, pues a comidas simples y nada magnificas es conducente para la salud: hace al hombre solicito en la práctica de las cosas necesarias a la vida.”

Ya nada más por este pensamiento, Epicuro es vigente en el siglo veintiuno, si recordamos que tanto en Estados Unidos como en  México sus poblaciones ocupan el primer lugar mundial de sobre peso corporal.

Epicuro es de los tiempos del paganismo y todavía la plenitud de la vida consiste en ser feliz. Dentro de su finitud encuentra el camino para llegar al Ser, tanto en singular como en plural.

No llegan aun los días en que el humano, al estilo de Kierkegaard cristiano, existe esencialmente en la  angustia. Angustia de sentirse abandonado por Dios. Ya no es capaz el hombre de salvarse por sí mismo, ahora necesita ser salvado.

El hombre antiguo, entretanto, contemplando el sol cómo sale por las mañanas y cómo se oculta por las tardes, seguido siempre de la luna, como lo hace un niño, tiene la facultad fresca de no aburrirse. Todavía no necesita el celular. No siente el hastío.

 Su preocupación, como hemos visto, es comer con sobriedad y tener una actitud honrada para los dioses. En tanto eso haga, no sentirá la náusea del existir.

Epicuro sabe de las adulteraciones que sufre la historia según  los intereses de cada generación. Para Lucrecio, el romano (99 – 55 a C.), ni siquiera Homero se escapa de la sospecha de la veracidad del poema:

“...cuando nos dicen haber sido robada Helena y las troyanas gentes haber sido con guerra sujetadas, nadie nos fuerce a confesar que pueden existir por sí mismo estos hechos, después que el tiempo irrevocable hubo los siglos y sucesos engullido.”

De ahí que Epicuro   insiste en dejar en claro su doctrina, que espera salve las distorsiones de la historia. Y su doctrina  va en el bien vivir, y para eso  refuta lo que en vida del filósofo ya circulaba malévolamente  distorsionando sus ideas:

“Así, que  cuando decimos que el deleite es el fin, no queremos entender los deleites de los lujuriosos y derramados, y los que consisten en la fruición, como se figuraron algunos, ignorantes de nuestra doctrina o contrarios a ella, o bien que la entendieron siniestramente; sino que unimos el no padecer dolor en el cuerpo como el estar tranquilo en el ánimo.”

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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