La aventura de escalar montañas


Todo fracaso en alpinismo es un gran logro.

Si estamos abiertos a aprender la lección.



Escalar montañas como deporte es una técnica. Pero la
esencia del asunto está en otra parte.

 Es más una aventura del espíritu.

 El problema del alpinismo no está en las montañas sino en el alpinista.

En el alpinismo juega mucho el objetivo y el subjetivo.
La metáfora  de este grabado es que sobre las dolencias reales  e imaginarias del habitante de la ciudad el individuo es capáz de llenar su mochila  y caminar por el campo



Ese es el proposito. Por qué lo hace cada quien tiene que contestarse esa pregunta.
 Nuestro hábitat natural  es la naturaleza abierta pero nos hemos encerrado los últimos cinco mil años en la ciudad y ahora ya somos extraños en los bosques y las montañas.




Como se ve, en este plan de vida no hay lugar para el sedentarismo.
Escalar montañas es riesgoso. Pero no más que cruzar una calle de la ciudad.
Es necesario consultar a la medicina del deporte para proteger nuestro corazón. Por lo demás nuestro límite real está mucho más allá de lo que imaginamos.
La ciudad es el invento maravilloso de la mujer para proteger la generación, la cultura y la convivencia. Pero el hombre ha convertido este invento arquitectónico en un nido donde prolifera el consumismo como patología, el sedentarismo y demás flores del mal.



La mejor manera de salir bien librado  frente al  peligro es conocer al miedo.


El alpinismo como deporte de juventud es peligroso porque lo que se busca es quemar el exceso de calorías propias de la edad. Por eso tenemos deportistas ( y en  ocasione súper deportistas) pero cuya acción irá tal vez de los 15 años de edad a los 35. Nada más.

Alguien puede pensar que no tiene sentido dejar el sabroso confort de la ciudad y en cambio, al amanecer, agarrar la mochila para ir a caminar al bosque montañoso. Traemos a colación lo que dijo el viejo Schopenhauer cuando habla de nuestro loco empeño de perseguir el placer al que nos avocamos desde niños ya sea comiendo,adquiriendo o copulando.

Todo eso, dice,es una pura fata morgana,como se conoce el espejismo que suele observarse en los desiertos de arena. Cuando te acercas, desaparece. En cambio piensa que "Si la lección da sus frutos,entonces cesamos de correr tras la felicidad y el placer y nos dedicamosa obstruir en lo posible todo acceso al dolor y al sufrimiento." Si el filosofo no nos convence citaremos las palabras de uno de lo grandes mafiosos de una de las películas de El Padrino: "daría la mitad de mi fortuna por poder orinar normalmente".

Lo que Schopenhauer nos dice que mejor persigamos el otro placer,al más grande placer al que se puede aspirar en esta vida de los mortales, es decir, de la causalidad, de la causa y el efecto. El más grande placer,de manera natural, normal, es no sentir el dolor. Si hay duda al respecto echemos una mirada a los millones de individuos que este día están   internados en los hospitales pensando en los tiempos en que nada les dolía. Ese es el placer al que se refiere Schopenhauer.


Por eso decimos que practicar el alpinismo, como plan de vida, es seguramente la mejor manera de prapararse psicofisicamente para cuando, llegados a los cincuenta años de edad, la vida nos llame a cuentas y nos practique esa rigurosa  auditoria biológica. Es decir, esa edad en la que,  cada vez con más frecuencia, empezamos a escuchar las palabras:sobrepeso,trigliceridos,colesterol,alzhaimer,depresión...


El alpinismo como plan de vida es vivir la vida. Es pensar  estar en los bosques y las montañas desde la niñez hasta la ancianidad. Para estos hemos escrito la presente nota.

Tomado del libro Técnica Alpina (autores Manuel Sánchez y Armando Altamira G.) editado por la Dirección General de Actividades Deportivas de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1978.

Como sea, los alpinistas no deberían olvidar la vieja leyenda que viene desde los tiempos de Homero.Decía que los dioses castigan a aquel que se les aproxima mucho.Acaban arrojando al atrevido hasta el fondo del abismo. Literalmente.

Eduard Whymper,conquistador en 1865 del Matterhorn o Cervino, en Suiza e Italia, decía: " Escalen, escalen si quieren,pero recuerden que una negligencia momentánea...

Con todo esto en mente podemos agregar que si bien el alpinismo es más que nada un aventura del espíritu, pero  ayuda sobre manera contra la diabetes, hipertensión y 45 enfermedades mortales más que andan rebotando por las calles de la ciudad.

En todo caso hay más peligro en cruzar una calle de la ciudad que caminar en las  montañas (hace click en el video)






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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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