LORENZO VALLA, HUMANISTA ITALIANO


 

Fue crítico con respecto al poder secular del Papa, pero no fue guerrillero contra el Vaticano. El cristianismo es para él  de mucho valor.

Estoicismo, epicureísmo y cristianismo son los “personajes” que son  considerados por este pensador del humanismo renacentista. El cristianismo va ser el campeón. El perdedor el estoicismo, y al epicureísmo Valla no lo ve tan reprobable que el cristianismo no pueda cobijarlo.

“La obra de Valla es de especial interés por causa de la autoridad e influencia que tuvo en el resto de Europa, ya que formó un puente, por así decirlo, entre el humanismo italiano y el nórdico…El humanismo renacentista, aunque se originó en Italia, tuvo un fuerte impacto en toda Europa.”
Paul Kristeller, Ocho filosofos del Renacimiento Italiano, Fondo de Cultura Económica, México, D. F.

Reconoce los valores de la cultura griega como el estoicismo y el epicureísmo pero,  dice, el cristianismo trasciende todo eso.

El Papa no le perdonó lo que decía del papado pero no perdió las buenas relaciones con otros papas y, en 1448, hasta fue secretario papal y profesor en la Universidad.

Humanista y filósofo, Valla “es un  representante típico del humanismo italiano, aunque goza de especial fama y distinción por su espíritu crítico y por su contribución al pensamiento filosófico.”

Aborda cuestiones conocidas, pero no por conocidas menos complejas y ya resueltas, como la libertad del humano y la predeterminación procedente del cielo.

“Valla contesta la pregunta de si la presciencia de Dios y la libertad de la voluntad humana son compatibles.”

¿Por fin, somos libres o no lo somos, o en qué medida lo somos? ¿Cómo el niño al dar sus primeros pasos, por voluntad propia, pero la madre detrás de él para que no caiga? O el otro  niño que llora porque no le dan el dulce y ni siquiera sospecha que los padres lo están salvando de la diabetes... ¿Es ese el estilo del cielo?

Libertad y determinismo están en juego. Qué papel juega en todo esto el azar? ¿Es un jalón de orejas de la divinidad?¿O es un invento, estilo deus ex machina, del humano para tratar de recuperar  el rompecabezas que se ha vuelto demasiado complicado y ya no se le ve la solución?
Dibujo tomado del libro
La psiquiatría en la vida diaria
de Fritz Redlich,1968

En todo caso el niño se empeña en caminar a riesgo de hacer y también quiere comer todos los dulces del mundo...

Son cuestiones demasiado complejas y luego de darle vueltas al asunto, Valla cae en la cuenta que tenemos por delante una bruma  que se antoja impenetrable. Parece que no queda otro camino que el de la fe. Confiar en que todo lo del cielo es para bien. Más allá queda, como dice la leyenda, la terra ignota.

“Cuando (Valla) se ve apremiado-dice Kristeller-, replica que la voluntad de Dios es un misterio escondido para hombres y ángeles por igual, y que deberíamos aceptarlo sobre la base de al fe.”

Con la virtud del epicureísmo, identificada con el placer, placer que hasta en el mismo cielo vale esta interpretación, Kristeller señala el cristianismo un tanto peculiar que tiene Valla:

“La insistencia en el placer, y aun el placer corporal, en la vida futura del cristiano, es característico de una visión que podemos llamar epicureísmo cristiano.”

¿De qué tiempo es ese autor que viene leyendo?, me pregunto en el metro otro que viajaba en el asiento de junto y veía de reojo.

De principio del siglo dieciséis

¿No le parece que  es un libro viejo?

Sí, si es viejo.

 Me acordé de Carlos García Gual. El 08/10/16 escribió en El País “hay que leer a los clásicos (griegos, latinos y posteriores) ante todo por placer y también porque son el mejor antídoto contra esa visión “unidimensional” que, según Marcuse, caracteriza y embrutece la mentalidad contemporánea.”
VALLA

“Lorenzo Valla (Laurentius Valla en su nombre latino; Roma, 1406/1407 - ibídem, 1 de agosto de 1457) fue un humanista, orador, educador y filósofo italiano, considerado el pionero de la crítica histórica y filosófica, primo del también humanista Giorgio Valla.”wikipedia

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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