Epicteto, otro modo de vivir





La mejor manera de apreciar la vida es tener presente lo fugaz que es nuestro paso por este mundo.” Todos pereceremos”, dice Epicteto

Para comprobarlo basta mira a nuestro derredor. Familiares  y amigos, conocidos del deporte, del trabajo y de la escuela. O conocidos  cercanos-lejanos, esos que vemos todos los días durante años pero con los que nunca cruzamos una sola palabra, como es el caso de los vecinos de la calle donde vivimos o con los que coincidimos a la misma hora en la pista de correr o en la iglesia o en el mitin. Un día ya no los vemos más. Y no falta quien comente que ya murió. Se desdibujaron. Se salieron de este planeta, dice Epicteto.

Ni escéptico ni fatalista. Epicteto sólo hace un alto en la carrera en la que estamos todos los días. Que pensemos en la calidad de nuestras acciones. Decimos muchas cosas pero por lo general son palabras e intenciones que se las lleva el viento. En la vida común  muchos nos parecemos a los políticos, en campaña, que tanto criticamos, que prometen muchas cosas para obtener nuestro voto y llegar así a la cámara de representantes. O el muchacho que le promete muchas cosas a la novia. A la larga mucho de eso queda en humo. Epicteto conoce el paño con el que nos vestimos los humanos y es puntual cuando  dice: acciones.
Epicteto

“Filósofo estoico. Nació en Hierápolis el año 50 de  era cristiana y murió en Nicópolis en 125.  En Roma fue esclavo de Epafrodito, liberto de Nerón, y siguió las lecciones del estoico Musonio Rufo; una vez emancipado, se dedicó a la filosofía, en especial a la moral. Con otros filósofos hubo de dejar Roma por decreto de Diocleciano (94). A partir de su enseñanza oral, su discípulo Flavio Arriano de Nicomedia elaboró las Disertaciones de Epicteto, conjunto de lecciones del maestro, y el Enquiridión (traducido como Manual o Manual de vida), colección de máximas”.


La manera de pensar de Epicteto  es lo contrario de lo que ahora llamamos “consumismo”. Consumismo no sólo de adquirir cosas que dentro de un año ya habremos arrumbado entre los cachivaches o al carro de la basura o mediante nuestro “bazar de garaje”. Consumismo también en la manera de gastar nuestro tiempo.

Esto lo dijo Epicteto hace veinte siglos. La sociedad de entonces era, comparada con la nuestra, por demás frugal. Muy pegada todavía la naturaleza y a las costumbres sencillas. Y, sin embargo, Epicteto ya hablaba del consumismo.

Pero a donde Epicteto quiere que lleguemos no es a las “cosas”, esas que adquirimos en el mercado o en la mueblería. Es a los afectos que forman nuestra vida.

Un día tampoco estarán y entonces quisiéramos  echar atrás la película para escribir  un mejor guión. Parte de lo que compone la tragedia, cuando un familiar fallece, es el pensamiento o el sentimiento, de que pudimos haberlo hecho de mejor manera. Pero ya no es tiempo: “Si amas a tu hijo o a tu mujer, acuérdate que es mortal lo que amas, y por este medio te librarás del impensado sobre salto cuando la muerte te los arrebate”.

Pedro calderón de la Barca lo dice de esta manera:
 “Yo sueño que estoy aquí    
Destas  prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.      
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,      
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.  

“Si lo amas”, advierte Epicteto. Si no lo amas, es que esas personas fueron no otra cosa que parte del consumismo emocional del que en un momento echamos mano. El desván de las emociones también está lleno de cachivaches. “Fiera venganza la del tiempo, que le hace ver de cerca lo que uno amó”, dice los argentinos cantando.

Pero quién nos advierte, o nos enseña, cómo vivir la vida. Nadie. Mejor dicho, todos. Pero no les hacemos caso. Los padres, la medicina, los maestros laicos y los religiosos y, en último extremo, las leyes. La moral y la civil. Pero tampoco hacemos caso. Por eso las cárceles, los psiquiátricos, los hospitales y los panteones siempre están en sobrecupo.

Nuestro proyecto de vida es superior a como ha vivido la humanidad, decimos. Así pensó Nietzsche y así pensaron los que volaban por las nubes impulsando sus motores con el diesel marca Ratilín, según cuenta Tom Wolfe en una de sus novelas.  Por eso abundan los reformadores en todas las áreas del comportamiento social en sus modalidades académicas y en las empíricas.

Pero un día nos damos cuenta del error. Es cuando Epicteto llama a la rectificación: “Se trata de que te reconcentres en ti mismo, de que te hables a ti mismo. ¿Quién mejor que tú propio será capaz de persuadirte? Pero pronto, antes que el mal sea ya inevitable”.

Pero, recapacitemos o no, de todos modos Epicteto no pierde de vista que, lo mismo que las cosas, las personas, y con ellas las tristezas y las alegrías, pasarán, ineludiblemente. El pensamiento completo de Epicteto, con el que empezamos esta nota, es: “Cuando te indignares  sobre manera o recibieres algún pesar, debes  acordarte de que la vida de los hombres es momentánea y que dentro de poco todos desapareceremos”.























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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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