SUBJETIVA ESCALA DE VALORES PARA EL ESCALADOR


 

 

La escala de dificultades en la montaña tiene el parangón con el termino medio aristotélico: "No hay un termino medio rígidamente matemático. Es un termino medio relativo a nosotros mismos, diferente de una persona a otra según los temperamentos y las circunstancias."
(Wiiliam K,C,Guthrie, Los filósofos griegos)

En alpinismo cabe agregar otra consideración a la apuntada por Aristóteles: ¿En qué cota?

¿En los 2 mil donde los salientes, aun los pequeños, nos permiten colgar todo nuestro cuerpo y hacer malabarismos?

¿Arriba de los 4 mil donde los agentes erosivos, de la denudación, dejan en la inestabilidad hasta bloques rocosos de gran tamaño?

Se elaboran tablas de dificultad de la montaña para ser escaladas. Son apreciaciones subjetivas que pretenden ser tan precisas como la tabla para medir el tamaño de los grados de arena.

Es más apropiado (tarea para Jung y Freud) elaborar escalas de solipsismo alpinos.

La natural tendencia del humano hacia el animismo es la que nos hace considerar, al revés, el asunto de la dificultad para escalar montañas.

De aquellos  subjetivismos salen expresiones como “la montaña no quiso” o “la montaña se tomó sus desquite” “Tercer Grado”, “Quinto Grado”. “Séptimo Grado” etc.

Son modos, elevados a cualidades, muy a propósito  de la composición literaria lirica como poemas, novelas. Son composiciones mentales nuestras, de cada individuo en lo particular. 

Ya Heráclito, en el siglo seis, a.C. apuntaba "Los sentidos muestran a cada hombre un mundo diferente."

Poner la dificultad anímica humana bajo los valores de  tiempo y espacio es diferente. No ayuda a la comprensión del fondo del problema que es el real estado psicofísico-técnico del montañista.

Esta escalada presenta una travesía,
a meda altura,
por el lado sur, que se resuelve
avanzando sobre finísimos salientes.

Manuel Ramírez
(guía alpino  de la ciudad de Pachuca)
 en la cumbre
de El Obelisco,
realizando la primera a esa aguja, en 1942.
Región de los Frailes
Sierra de Actopan
Hidalgo,México.
En otras palabras, los 42 km con 195 m, del Maratón, ¿qué tienen que ver con que yo los corra en una hora o en treinta horas? ¿No es encantador hacer responsable al Maratón diciendo que no quiso que yo los corriera en su totalidad por difícil o, bien, lo contrario?

 

 

Edward Whymper en el siglo diecinueve conoció una variada gama de actitudes frente al Cervino aun no escalado. Iban desde “Esa cima es imposible de alcanzar. “Otros decían que sería muy difícil y otros, como Carrel Y Whymper, pensaban que era posible.

Escalar arriba de los 4 mil es el reino de la
denudación.
Este escalador puede irse al fondo
del valle, con todo el bloque de roca del que
cuelga, cuerdas y mosquetones, y todas las tablas
 de dificultades que haya inventado su febril
 imaginación.
Frente a todos estos subjetivismos, que bullían en los valles, qué tenía que ver el Matterhorn?

Frederick Copleston en su Historia de la filosofía dice, refiriéndose a las cualidades, de ciertos objetos, que son como son al margen de como las imaginamos:

“En realidad redondo y cuadrado son cualidades que pertenecen a los objetos independientemente de nuestras opiniones."

En otras partes de su obra Copleston es más especifico

“Cuando dos personas miran un sobre blanco, corrientemente decimos que están viendo el mismo objeto. Pero según la teoría de los datos sensibles, tiene que haber dos datos sensibles. Además, la forma y las relaciones espaciales del dato sensible de una persona no parecen ser exactamente las mismas que las del dato sensible de la otra."

En rigor, una escala de dificultades es una interpretación genuina, valedera, para su autor. Así ve él su dificultad.

A esta concepción subjetiva hay que agregar el estado de ánimo y sobre energía artificial de la que se suele echar mano en el alpinismo. Se le conoce en el mundo de deporte en general como "doping". A los deportistas que son descubiertos en esta practica ilícita como "campeones químicos". Al menos tres alpinistas expedicionarios han dejado sus testimonio relacionados con este tema y son Leonel Terray, Mauricio Herzog y Herman Bull.

"Una realidad absoluta no es apresable, precisamente, por medio de una interpretación. Es siempre una falsificación de nuestro saber el tomar el contenido de una interpretación por la realidad misma."Karl Jasper, La filosofía

Se pueden medir los centímetros o pesar los gramos, pero meterse a clasificar los subjetivismos, del humano, es abrir  la puerta para las fáciles opiniones, no para los argumentos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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