MONTAÑA TLALOC, EN LA RUTA DE LOS TLATOANI AZTECAS


 


Recorrimos  el ascenso que cada año debía  realizar el máximo Tlatoani de México-Tenochtitlán (los historiadores le llaman “rey” o “emperador”).

En el mes  toxcatl (mayo)   es el mes de Tezcatlipoca, supremo  dios de la cultura náhuatl. Durán dice que se realizaba esta ascensión el 29 de abril.

 Los historiadores difieren en fechas  dentro del mes de toxcatl- mayo. Se tiene por más aceptado el 15 de mayo pero las discrepancias se mueven dentro de Toxcatl. Por ejemplo, le fiesta precristiana en la cumbre de la montaña Teocuicani (norte inmediato del pueblo Tetela del Volcán, ladera sur del Popocatépetl), se  realiza esta misma ceremonia el 3 de mayo.

Trayectoria que se seguía por la laguna hasta Coatlinchan
Todo, antes y ahora, es para “pedir agua”. La ceremonia tenía un alto contenido espiritual que no es el lugar para  entrar en la explicación de los Tezcatlipocas (Negro, Rojo y Azul).

A raíz de la conquista del siglo dieciséis ahora ha quedado la intención pragmática del interés campesino relacionado con las siembras en el campo. De todas maneras en el “pedir” ya está la intuición de un poder metafísico.

La segunda etapa era la ascensión saliendo de Coatlinchan
En este mapa la cumbre del Tláloc se le señala como "El mirador". 
Las distancias recorridas, en la línea recta del plano, eran de 30 kilómetros saliendo del coatepantli de México-Tenochtitlán (ahora “Zócalo” primer cuadro de la ciudad de México) al pueblo de Coatlinchan. Y de Coatlinchan, también en línea recta del plano, 20 kilómetros a la cumbre del monte Tláloc.

Al leer "en línea recta del plano" considérese que la distancia  es considerablemente mayor en la realidad del terreno.

Estas distancias están tomadas del plano Ciudad de México E14-2  -1:250,000 del Instituto Nacional de Estadística, Geografía y Estadística (INEGI)

Fray Diego Durán no dice de dónde partía el Tlatoani y su comitiva para empezar la ascensión. Nosotros creemos que de Coatlinchan, por varias razones.
Esta es (línea roja), aproximadamente, la ruta que cada año debía recorrer el tlatoani, a partir
de México-Tenochtitlán.
A-Tláloc, Telapón, C- Iztaccíhuatl, D- Popocatépetl.
Tomado de la Revista Arqueología Mexicana, número 33 

 1) Porque Coatlinchan es el lugar en el que desde siglos antes se encontraba el enorme monolito inconcluso( se cree representaba a Tláloc o a su esposa Chalchihutlicue,no lo sabemos)y desde 1964 está en el Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México.

2) Por la importancia histórica de Coatlinchan. Fue poblado por Chichimecas y acolhuas. Y cabecera de ese señorío hasta 1337, cuando a partir de esa fecha se trasladarían los poderes políticos a Texcoco.

3) Coatlinchan debió ser un centro ceremonial de mucha importancia, dada su cercanía con la residencia del dios de la lluvia en la montaña Tláloc. Lo confirma el hecho que ahora Coatlinchan se llama San Miguel. El nombre de este arcángel del catolicismo se ponía en los lugares de señalada importancia  de la religión mexica "para ahuyentar al demonio Tezcatlipoca".

4)El plano citado señala una vereda que, saliendo de Coatlinchan, transcurre paralela, al sur inmediato de la sierra de Quetzaltepec, que nosotros conocemos y a la que nos referimos en este relato. A esa vereda del plano nosotros le hemos agregado una línea en rojo.

De los primeros 30 kilómetros unos 20 serían en canoa a través de la laguna hacia el este.

A-Coatlinchan, 1-Ruta de ascenso del tlatoani, B-Cumbre del Tláloc (4,150m.s.n.m.)4-Cumbre (secundaria del Tláloc) Xotlatzin (A.A.A.),2-Cumbre del monte Telapón,3-Descenso hacia Río Frío.
foto tomada de Internet
 
 

La estructura en la cumbre de la montaña Tláloc.
Las medidas las tomé en compañía de Héctor García
De la rivera de la laguna 10 kilómetros para Coatlinchan y   de este lugar unos 7 kilómetros más por un terreno de lomerío hasta llegar al lugar donde la pendiente empieza a elevarse.

La laguna ya no existe y llegamos a Coatlinchan en autobús por la carretera que va de los Reyes a Texcoco. Eludimos cruzar, caminando, 20 kilómetros de una ciudad de aire peligrosamente contaminado y colonias precaristas con fama por demás patológica.

En Coatlinchan empezó nuestro recorrido. Subimos por la cañada y ya muy alto acampamos. Al día

Entramos por la calzada oeste.
El dibujo muestra el trazo  de
la zona arqueológica de la cumbre
 
En realidad el trazo corresponde a esta manera.
El cuadro observa los cuatro rituales puntos cardinales
de norte, sur, este y oeste.
La calzada conserva esa dirección porque
 en determinado día del año el Sol (Tezcatlipoca)
"camina" hasta llegar al coatepantli de México-Tenochtitlán
(ahora "Zócalo" en el primer cuadro de la ciudad de
Mixco)
 

Siguiente llegamos la cumbre del monte Tláloc.

La subida  es pesada por sí. Además considérese el equipo que es necesario cargar, víveres, agua...  En un ascenso de unos 15 kilómetros el desnivel es de 1,850 metros. Coatlinchan está en los 2,300 m.s.n.m. y la cumbre  en los 4,150.



Entramos a la zona sagrada desde el oeste, por la calzada de unos 200 metros de extensión y llegamos al cuadro de la construcción de unos cincuenta metros por lado.

Eduardo Seler,en su obra Los cantos religiosos de los antiguos mexicanos, escribe:
 
Tlaloc, "El que hace que las cosas broten", el dios de la lluvia. El nombre está asociado sobre todo con la cadena montañosa que se extiende desde el Itztacciuatl hacia el Norte y que es cruzada sobre el camino de Tetzcoco a Huexotzinco. Un antiguo ídolo de este dios se levantaba allí, hecho de tezontle blanco, con un tazón sobre su cabeza en el cual toda clase de semillas y frutos del campo, que el país producía, eran colocados cada año. En Huei tecuilhuitl, cuando la estación lluviosa estaba en su apogeo, y el maíz estaba en flor, los reyes de las ciudades y pueblos a ambos lados de la montaña se reunían ahí con grandes séquitos, para hacer una ofrenda ceremonial al dios de la lluvia. Eran ofrecidos niños al dios de la lluvia. Ya que se suponía que los dioses de la lluvia, que al mismo tiempo eran los dioses de la montaña, eran enanos. Y los obsequios que les presentaban eran prendas de plumas, prendas de papel manchado con hule -cortado y pintado de diferentes formas, según el carácter de la montaña a la cual eran ofrecidas-, cuentas de piedras preciosas y alimentos.
Una descripción completa de este dios y su apariencia está en mi comentario al Códice Borgia, vol. I, pág. 107-112 (Berlín: 1904).


Seguramente el Tlatoani era auxiliado en todos los menesteres logísticos de la ascensión pero, en lo que a  su persona se refería, era otra cosa.
Este es el estado  ruinoso en el que se encuentra, por ahora, el más importante recinto dedicado
a Tláloc. Así lo dejaron los vándalos, empezando por los del siglo dieciséis. 

Las condiciones del rito para esta ascensión eran rigurosamente observadas. De ninguna manera el tlatoani se presentaría ante Tláloc con la mínima señal de ostentación de poder.

En el valle era el supremo tlatoani, dueño y señor de un imperio que iba hasta los linderos mismos de la actual Centroamérica, siguiendo la huella de los teotihuacanos y  toltecas. Pero aquí debía  recordar  a quién debe su poder. Vestía ropas humildes de macegual (cargador de mercado).

Descalzo debía caminar (nada de ser trasportado en litera y tampoco sandalias de oro ni de ninguna clase). Recuérdese que antes del siglo dieciséis en México no había caballo ni clase alguna de animales de montar, por lo que toda distancia era caminar a pie.

Después de la ceremonia había que emprender el descenso. Y cualquiera que tenga experiencia en caminar por las montañas sabe que hay descensos iguales o más fatigosos que la subida.

La ceremonia, según cuenta Fray Diego Durán, consistía  que la procesión se iniciaba en torno de los corredores de la construcción. Al llegar al cuarto que albergaba a los ídolos los sacerdotes quemaban copal y sacrificaban a prisiones de guerra. Sacaban  el corazón y untaban   a los ídolos con la sangre. De preferencia se sacrificaban niños. Si la sangre no alcanzaba sacrificaban más.

 Esta montaña encierra un aspecto de suma importancia sobre el que hay que profundizar. Durán relata que los tlatoanis y gente importante que subía a la ceremonia anual, llevaba comida y presentes como cuentas, etc. que dejaba en el recinto donde había tenido lugar la práctica ritual. Pero al retirarse los mexicanos la gente de los pueblos adyacentes próximos subían después a comerse los alimentos de los dioses.

A raíz de esto los aztecas adoptaron la práctica de dejar cien guardias durante algunos días para impedir ese sacrilegio. No obstante, la gente seguía subiendo a comer. Como los mexicanos eran muy ladinos, dice el historiador, se fingían dormidos y dejaban que los otros comieran hasta llenar. Cuando consideraban que ya estaban pesados por el proceso de la digestión, salían y mataban a todo el que dieran alcance que perseguían por cañadas y riscos.

 El que conoce esta montaña (20  o 10 kilómetros de distancia, según  de dónde se empiece a subir, y cerca de  2,000 metros de desnivel,  a una altitud arriba de los 4 mil) sabe que es lo más absurdo.

 Se gasta más energía en ascender y bajar tales desniveles, con clima muy cambiante, que lo que se puede ganar en una comida.

¡Sobre todo si en ello le va la vida! Y en un pensamiento tan sumamente religioso como es el del México prehispánico a nadie se le ocurriría semejante sacrilegio de robar el alimento de los dioses. Eso se puede pensar en la cultura occidental con sus dosis de laicismo pero no en la cultura mexica.

Es probable que estemos aquí ante una situación de auto sacrificio. Al estilo de lo que sucedía en el monte Teocuicani, en la ladera sur del Popocatépetl. Cada año se armaban los ejércitos del lado de la actual Puebla y los del lado de México para bajar de su adoratorio la escultura del que representaba al dios Tezcatlipoca y llevárselo para su tierra. Había cantidad de muertos en cada guerra ¡pero el ídolo jamás nadie lograba bajarlo! Al año siguiente volvía la guerra...

Varias ocasiones hemos hecho la travesía  saliendo de Río Frio, recorriendo los valles altos entre el Telapón y el Tláloc y  bajando a Coatlinchan. Es un de las más bellas travesías por la alta montaña mexicana. Sólo una vez bajamos hacia Tequexquinahuac, por un camino amplio de terracería que no existía cuando nuestra primeras ascensiones  a esta montaña.

 Se requieren varios días para la mencionada travesía. En una ocasión la realicé sólo con mis dos hijos Armando y Omar, de 16 y 10 años de edad, respectivamente.

Eso fue hace tiempo, cuando todavía los maleantes no asaltaban y asesinaban a los alpinistas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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