Eric von Rosen en Salta y Jujuy





El barón Erland Nordenskiöeld encabezó una expedición sueca Chaco- Cordillerana de carácter arqueológico y etnográfico, en el norte de Argentina, al comienzo de 1901. El autor de la obra es Eric von Rosen.

Los resultados de este viaje se publicaron originalmente en sueco. Tal circunstancia causó que el libro fuera entonces escasamente conocido en América. Carlos F. Stubbe, por encargo del Instituto Miguel Lillo, lo tradujo al español (en México a este idioma se le llama español en tanto que en España se le llama castellano).La edición era muy costosa por el acabado fino que se le dio. Fue gracias a la donación, anónima, de un industrial sueco, que fue posible su publicación. Fue editado en la Imprenta de la Universidad Nacional de Tucumán, de la provincia de San Miguel de Tucumán.




El viaje de la expedición empezó en Estocolmo, Suecia, y llegó a la Ciudad de Nuestra Señora de  Buenos Aires, Argentina. Rosen consigna el nombre original que tuvo esta ciudad en el siglo dieciséis puesto por los españoles. En el proceso zenonizante de los últimos siglos se le dejó el nombre como ahora lo conocemos. La expedición fue  por Las Pampas, Córdoba, la Cordillera, Salta y Jujuy.

A partir de Salta van encontrando un mundo preargentino y otro argentino que los deja asombrados por su riqueza cultural, su belleza orografica y etnográfica. Avanzaron más al norte hasta la Puna de Jujuy.

Tres de la expedición subieron al monte Chañí, de 6,100 metros de altitud. Siguieron una vía sencilla y conocida  pues en la antigüedad esta montaña  era ascendida hasta su cumbre para adorar a la diosa Pachamama. Si bien experimentaron fuertemente los malestares propios de la falta de oxigeno debido a la altura. Al explorar las cumbres uno de ellos anota en su diario: “Me encontré al borde de un abismo de 1000 metros de profundidad”.

En la cima encontraron algunos restos arqueológicos: “Es posible que la cima más elevada del Chañí haya sido un lugar de sacrificios, ya que tanto los muros de piedra, como la leña de cardón, los fragmentos de alfarería y la cuenta así lo indican”.

Esta bella obra de antropología fue editada en Estocolmo en 1916. Se publicó en español en Tucumán, Argentina, en 1957. Esta última en papel couché, con un acabado en la impresión de texto y grabados de mucha calidad para su tiempo. Con los nuevos materiales, que buscan la economía, ese libro ahora es de súper lujo. Su título original es En Förgangen Värld y lleva en español Un mundo que se va. El nombre del capítulo XIV es Un mundo desaparecido.

Más o menos por esa época cayó en mis manos un ejemplar de esta obra. Desde entonces lo conservo como si se tratara de un códice azteca. Quiero decir como algo especial. Y puedo agregarle muy especial.De algún modo este libro de Rosen es un códice aymará, por llamarlo de algún nombre indio de esas latitudes.  Con el tiempo este libro me inspiró un viaje a la provincia de Jujuy, con la intención de escalar ese  “abismo de 1000 metros” del monte Chañí.

Fue en el verano argentino (invierno mexicano) de 1974. Acabábamos de ascender el filo noreste del monte Aconcagua (era la ascensión número siete a partir de su conquista en 1934 por los polacos), en una expedición de carácter oficial, financiada directamente por el presidente de México Luis Echeverría Álvarez. La expedición era de 14 escaladores experimentados y contábamos con equipo para escalar abundante y moderno. Unos querían ir a las paredes de Patagonia. Pero el recuerdo del libro de Eric von Rosen me inspiró para imponerme y fuimos al monte Chañí.

 Pero no pasamos de la ciudad de San Salvador. El mal tiempo se había desatado a la sazón en el norte del país con mucha fuerza y durante varios días. Simplemente consideramos inútil acercarse  a la montaña. Como no disponíamos de mucho tiempo regresamos a Buenos Aires. En ese tiempo no había relaciones diplomáticas con Chile y los vuelos internacionales eran desde la capital argentina.

Muestro algunas fotografías tomadas del libro de Eric von Rosen.

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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