Más filosofía y menos pastillas

Por más que no esforcemos en fomentar la buena convivencia  siempre habrá alguien que no nos quiere. El conflicto humano  está presente  en todo momento

Caminar por los senderos de la media montaña.Valle del León Alado, Sierra de Pachuca, Hidalgo, México
Por lo demás es sabido que estar en el pleito subterráneo propicia la presencia de ulceras,  sube la presión arterial y para normalizarla hay que entrarle a las pastillas y éstas su vez, sobre todo si nos auto recetamos, nos estropean el estómago. Hace aparecer la adrenalina y al rato andamos todos acelerados como si acabáramos de tomar cinco  tazas de café. O noqueados como cuando tomamos jarabe para la tos que contiene derivados del opio. No podemos conciliar tan naturalmente el sueño por la noche y al día siguiente andamos todos marchitos, como quien dice, desactivados. Y esas agruras tan frecuentes también puede ser resultado de la  actividad intrigoza  que llega a ser nuestro contexto de vida.

 Sólo vivimos dos días, escribió alguien, y no merece la pena quemarlos de manera tan superficial  Por muchas causas el individuo prefiere ver hacia afuera y no hacía su interior. Por eso hay  críticos de tiempo completo o   frecuentadores de la charla banal. La televisión, lo mismo que la radio, son  inventos tecnológicos formidables donde la gente se abstrae de la realidad viendo o escuchando ochenta por ciento de comerciales, ocho por ciento de tonterías y el resto, hasta completar cien, de calidad. Y de manera insensible la televisión nos va moldeando. Hablamos como la televisión o comentamos el mundo de la televisión. No es error de la televisión sino nuestro  porque la televisión está para vender, no para enseñar! El equívoco es nuestro.

Es en la filosofía donde se aprende de la vida pero antes donde se aprende de sí mismo. Lo primero es relativamente sencillo pero lo segundo solamente en la soledad dialogando con los maestros filósofos de todos los tiempos. Entre el barullo eso no es posible.  El “metro”, ese invento encomiable de la tecnología, es sumamente agradable viajar en él  pero en las horas “pico” es una  ofensa que recibe la dignidad humana. Pero tampoco es responsabilidad del metro. Lo que sucede es que  cada día  nacen muchos humanos y los espacios se masifican hasta la absurdidad.

Thoerau y varios otros pensadores, y ahora casi todos los médicos, recomiendan que se camine en lugar de viajar en alguna clase de trasporte. Al menos, decimos nosotros, para las distancias comprendidas en los diez kilómetros. Volver al viejo arte da caminar por las calles, los parques de la colonia o por los caminos del bosque o los senderos de la media montaña. O subir pirámides. En México hay al menos treinta mil pirámides.  En una palabra, irse hacia la soledad terapéutica. Si se encuentra exótica esta idea hay que recordar que hace dos mil quinientos años eso hacían los filósofos griegos peripatéticos.  Pensaban y charlaban mientras  iban caminando.

 Caminar aun dentro de la ciudad que es donde más tiempo pasamos de nuestra vida. La ciudad es el invento maravilloso de la mujer para que la humanidad no perezca. El hombre por esto o por aquello tiene propensión centrífuga. En muchos aspectos, no sólo el geográfico. Un amigo mío su profesión es escribir biografías. Para escribir una biografía en ocasiones se necesita una investigación bibliográfica y hemerográfica de años. Pero cuando le preguntaba cosas de su vida apenas sabía cuestiones más allá de las que pondríamos al llenar la solicitud de la credencial para votar.

José ortega y Gasset es escéptico respecto de las ciencias de la conducta humana que hacían mucho ruido en el primer tercio del siglo pasado. Decía en cambio que la filosofía ha vivido con esos temas que llaman al hombre desde mucho siglo antes. Y Allan Percy, en Nietzsche para estresados, recomienda  la filosofía como terapia. Y la mejor manera de hacer filosofía es caminando. Como hacían los peripatéticos.

Que pongamos filosofía en nuestras vidas porque  “ninguna medicina conseguirá que una persona se conozca a sí misma…Si bien es cierto que hay personas que necesitan ser medicadas  o incluso ser internadas en centros psiquiátricos, la inmensa mayoría de la población no está enferma. Sencillamente, pasa por un mal momento, y un poco de buena filosofía puede ser de gran ayuda para superar esos periodos de crisis”.

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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