J.CASTILLO FARRERAS, EL ESPEJO, ELLOS NOSOTROS

José Castillo Farreras
 Arturo Schopenhauer


 Cuando un perro se ve en un espejo cree que es otro perro y empieza a ladrarle. No sabe que es él mismo. En los humanos se trata de un proceso doloroso y algo velado, complicado, pero, al señalar a otras personas, deberíamos estar agradecidos porque al fin, en ellas, descubrimos cómo somos.

 Farreras (José Castillo Farreras) fue un hombre sabio que enseñó filosofía (Ética), durante muchos años, a incontables generaciones de estudiantes en la Universidad Nacional Autónoma de México. La biblioteca del Plantel 7 de la Preparatoria Nacional lleva su nombre. En su abundante creación intelectual escribió un trabajo que lleva el título La Fenomenología del chisme (Proyectos Académicos Institucionales Número 6, año 2003)

En cierta ocasión lo entrevistamos y se refirió a la idea del espejo. En la calle encontramos a una persona gorda y notamos su obvio excesivo peso corporal porque no sentimos el exceso de peso corporal propio (el maestro Farreras era algo robusto). En cambio hacemos gala de nuestra supuesta esbeltez. Citó un refrán español: “Herradura que chacolotea, clavo le falta.”

 Señaló la conocida frase del Evangelio que vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Porque, agregó, el ojo puede ver hacia afuera pero no hacia adentro. El espejo sí permite conocernos. Por eso el ver los defectos de los otros es un valioso medio para conocer los nuestros. Fue a su librero que tenía en la Preparatoria 7 y extrajo una obra de Schopenhauer, pensador al que tenía en alta estima, y nos leyó lo siguiente: “Del mismo modo que se lleva el peso del propio cuerpo sin sentirlo, como se sentiría el de todo cuerpo extraño que se quisiera mover, asimismo sólo se notan los defectos y los vicios de los demás y no los propios. Cada cual pose en otro un espejo en el cual puede ver con claridad sus propios vicios, sus defectos, sus modales groseros y repugnantes. Pero hace, comúnmente, como el perro que ladra al espejo porque no sabe que es él mismo quien se ve allí y se imagina ver a otro perro. Quien critica a los demás, trabaja en su propia enmienda.”

Lo último: “Trabaja en su propia enmienda”, dijo Farreras, es lo que puede ser positivo porque nos está diciendo cómo somos, igual que como el médico nos muestra nuestra radiografía. Ese es el gran servicio que nos hacen los otros, mediante la crítica que de ellos hacemos. Ya sólo falta que sepamos vernos en el espejo. Oscar Wilde no soportó verse en el espejo de Dorian Grey y lo destruyó. Tampoco el Dr. Frankestein soportó verse en el ser que él mismo había creado y trató de perderse entre los hielos del Ártico.

Sin embargo otros, al estilo del Dr. Bob, uno de los fundadores del movimiento de Alcohólicos Anónimos, si pudieron versen en el espejo…

 José María Castillo Farreras (23 de octubre de 1930 – 17 de marzo de 2008) fue un abogado, catedrático y filósofo mexicano. Realizó estudios de licenciatura en la Facultad de Derecho y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente cursó estudios de posgrado de derecho y filosofía en la Universidad Central del Ecuador (1960), en el Goethe Institute en Iserlohn y en las universidades de Bonn y de Hamburgo en Alemania (1965).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

Seguidores