SCHOPENHAUER Y 20 SIGLOS DE PLEITO FILOSÓFICO

 La sabiduría de la vida
 Schopenhauer

 Como arañas que espera que la mosca caiga en su telaraña…

 Como un péndulo de reloj, va el pensamiento de los humanos, de un extremo a otro, pasando por una infinidad de puntos intermedios. El que intente detener el péndulo en cualquier lugar de su recorrido, enfermará de escorbuto.

“Puede comprenderse, en general, la filosofía de todos los tiempos como un péndulo que se mueve entre racionalismo e iluminismo, o sea, entre el uso de las fuentes del conocimiento objetivo y subjetivo”.

El escorbuto degenerará a tal grado que el transgresor puede llegar a adquirir la naturaleza de una araña, piensa éste filósofo.

 En el terreno de la laicidad los filósofos son los que nos dan luces para vivir. En el terreno religioso los sacerdotes. Aquellos son los que tienen la vocación o profesión de pensar. La definición clásica es que son los amigos de la sabiduría. Y como esa es la actividad de su vida, son los que llegan a profundizar en la observación de la manera de existir de la gente, en contraste del individuo que se dedica a otras actividades profesionales.

 Son una guía para la manera de vivir de los demás. Marco Aurelio, emperador romano, dice que la filosofía es no sólo una manera intelectual de explicar la vida sino también una guía para la vida.

La filosofía es el arrecife del que se sirven los novelistas, ensayistas, periodistas, sociólogos, psiquiatras y pedagogos. Después cada quien procesa esa información según sus posibilidades cognitivas o los intereses de secta intelectual a la que pertenezca.

Al estilo de un mercado de comestibles del que se surten las amas de casa y después cada una de ellas sigue la receta de su preferencia con los jitomates, las cebollas, los chiles y los perejiles adquiridos en el mercado.

 Hay una cantidad inmensurable de manera empíricas de pensar en el hombre de la calle. El filosofo lo que trata es de poner orden en el nihilismo y propone una manera, un sistema, de pensar.

 Pero luego llegamos al punto que de tantos sistemas de pensar los filósofos han hecho otro caos. Y casi todos se olvidan de ofrecer luz al pueblo y se dedican a hablar entre ellos. Los filósofos escriben para los filósofos.

Y lo que era una manera sana, amplia y diversa, explicación de la vida, se volvió otra cosa. El eclecticismo se hizo factor más erosionante que la roca de la alta montaña entre la nieve y el hielo.

 La sana diversidad se volvió controversia. La dialéctica no alcanzó la  síntesis. Cada sistema filosófico anda como pollo descabezado, dando tumbos. Los maratonistas se convirtieron en boxeadores. Es conocido el pleito que el mismo Schopenhauer se traía con Hegel. No obstante es uno de los pocos pensadores que todavía hablan al hombre sin rostro.

 Dice que los poetas son los que llevan la batuta en señalar líneas centrípetas de conducta para la sociedad, por más individualistas que parezcan:

“Otra de las grande ventajas de las obras poéticas sobre las filosóficas es que pueden convivir, y hasta las más heterogéneas pueden ser apreciadas por el mismo lector. Mientras que todo sistema filosófico piensa ya, apenas nacido, en la desaparición de todos sus hermanos, como un sultán asiático al subir al trono. Así como en el panal sólo puede haber runa reina, así sólo puede haber una filosofía de actualidad. Los sistemas son tan insociables como las arañas que están sentadas en su red, mirando cómo las moscas se dejan coger pero se pelean cuando otras arañas se aproximan. Las obras poéticas pacen tranquilamente como corderos, mientras que las filosóficas son animales dañinos y hasta en su deseo de destrucción se dirigen, en primer lugar, contra la propia especie, como los escorpiones y las arañas. Se presentan como hombres con coraza, como la semilla de los dientes de dragón de Jasón destruyéndose mutuamente. Ya dura esta lucha más de dos mil años".


 Billete de Danzig con la efigie de Schopenhauer (1923). Nótese el valor nominal, consecuencia de la hiperinflación: 500 millones de marcos.




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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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